El Papa Francisco no fue un gran filósofo, como fue el caso de Juan Pablo II ni un gran teólogo, como lo fue Benedicto XVI, pero no fue mal periodista. Insensato a veces, como lo somos todos los periodistas, pero autor de grandes resúmenes.

Ejemplo: la historia del mal, mejor, del hombre malvado... que no suele tener cara de malo. Ahí va Bergoglio: “La codicia es un escalón, abre la puerta. Después viene la vanidad, que es importante, creerse potente, y, al final, el orgullo. Y de ahí vienen todos los vicios, todos los puntos son escalones pero el primero es la codicia, el deseo de amontonar riquezas”.

Yo tomaría el concepto de codicia en su sentido más amplio porque con él ocurre lo mismo que con los bienaventurados pobres de espíritu, concepto que va mucho más allá que el llegar justo a fin de mes.

En efecto, existe una codicia de riquezas y existe una codicia, en mi opinión más peligrosa, que es la codicia de honores y reconocimientos ajenos. Soy tanto como me aplauden. Y saben: de los tres enemigos del alma -el mundo, el demonio y la carne-, la vanidad mundana puede ser el más omnipotente de todos.

Vamos, que el primer escalón, como dice Francisco, puede ser la codicia, pero el último, sin duda, es el orgullo, la soberbia, defecto muy superior al de la mera vanidad.

En cualquier caso, volvamos al resumidor Bergoglio, cuando también explicaba aquello de que la vida del cristiano se compone de tres palabras (una de ellas doble): por favor, perdón y gracias. Un grandísimo acierto del Papa Francisco: el primero tiene que ver con la buena educación. Sería una cuestión menor si no fuera porque la mala educación constituye el primer peldaño hacia el desastre. Lo del perdón, en un mundo como el actual, cuya maldición es que no se arrepiente de nada... también tiene su validez perpetua.

Y creo que el elemento más importante de ese vademécum para el siglo XXI es la gratitud, parece desaparecida del mundo ideológico vigente. Permanente estado de gratitud sobre todo hacia Dios, que nos ha creado porque le ha dado la real gana y gracias a eso vivimos. Hemos salido de la nada, una realidad que resultaría aterradora si no fuera acompañada por la gran verdad de que Cristo, además de creador, es redentor y padre, en especial esto último.