«No pedía comida ni ropa; pedía ser escuchada y acompañada», recuerda Jiménez, voluntaria y usuaria de Fundación Madrina, todavía con la voz tomada. «Ese momento me impactó profundamente porque me recordó que, además de las pérdidas materiales, hay heridas emocionales muy profundas que muchas veces no se ven, pero que necesitan atención urgente.»

La escena se repite estos días en los puntos de acogida de San Martín de Valdeiglesias, Villa del Prado y Almorox, tres de los municipios de la Comunidad de Madrid golpeados desde hace una semana por incendios forestales que han obligado a evacuar y confinar a miles de vecinos. Entre el humo y las cenizas, Fundación Madrina ha decidido dar la vuelta, de un día para otro, a toda su estructura logística.

De Venezuela a la puerta de casa

Hasta hace apenas unos días, los almacenes de la fundación en Madrid trabajaban a pleno rendimiento para un único destino, a miles de kilómetros de aquí: la operación humanitaria Venezuela SOS, que la entidad lleva meses sosteniendo con envíos de insumos, testimonios de campo y una red de voluntarios movilizada tras el terremoto y la crisis social del país caribeño. Esa ayuda sigue su curso con normalidad -los envíos a Venezuela no se han detenido ni un día-, pero esta semana el fuego ha obligado a la fundación a sumar un segundo frente: Madrina ha anunciado la apertura inmediata de todos sus locales de acopio como puntos de recogida de ayuda, distinta y específica, para las personas afectadas por los incendios, poniendo la misma red de voluntarios y de espacio logístico al servicio de las dos emergencias a la vez, sin mezclar ni desviar el material de una y otra.

«Ante una catástrofe de esta magnitud, no podemos mirar hacia otro lado. Nuestros locales están para ayudar, y hoy toca ayudar aquí, a nuestros vecinos»

Willmary Jiménez encarna ese giro casi al pie de la letra. «Lo que me impulsó fue la convicción de que, cuando una persona está pasando por una tragedia, lo más importante es no mirar hacia otro lado», explica. «Llevo tiempo colaborando en ayuda humanitaria para Venezuela y he aprendido que el sufrimiento no tiene fronteras. Ver las imágenes de los incendios y saber que había familias, personas mayores y también animales que habían perdido sus hogares me hizo sentir que debía estar aquí. Si tenemos la posibilidad de ayudar, aunque sea con una pequeña acción, creo que es nuestra responsabilidad hacerlo.»

Colchones, pañales y un microondas que se agradece como un abrazo

Desde el sábado 25 de julio, Madrina atiende varios refugios que han solicitado ayuda humanitaria de urgencia: colchones, higiene femenina e infantil, pañales de adulto y de niño, sábanas y mantas. También ha entregado electrodomésticos básicos -un microondas, una nevera- a personas que, de un día para otro, se han quedado sin cocina y sin nada parecido a un hogar. «Lo han agradecido mucho», resume la fundación, consciente de que en una emergencia hasta el gesto más pequeño devuelve algo de normalidad.

«Yo estoy colaborando en la organización de la ayuda y los voluntarios, y haciendo contacto para saber sus necesidades reales y poder suplirlas en la medida de lo posible. Aunque a veces una conversación, una palabra de ánimo o simplemente sentarse al lado de alguien también forma parte de la ayuda.»

La entidad insiste en que se trata de una respuesta ordenada, no de una avalancha de cajas sin destino: las donaciones se gestionan de forma controlada para evitar saturaciones, y el material que se envía es siempre y exclusivamente el que piden en concreto los propios refugios y ayuntamientos -ni un artículo más-, con entrega al día siguiente de la solicitud, precisamente para no restar tiempo ni espacio con donaciones innecesarias. Para canalizar esas peticiones, Madrina ha habilitado de forma permanente su línea MadrinaSOS, en el 900 670 353, un servicio de 24 horas a disposición de los servicios de emergencia municipales y de los refugios que atienden a las víctimas de los incendios en Madrid, Ávila, Toledo, Valencia y Castellón. La fundación ofrece además atención sanitaria y psicológica a quienes lo necesiten.

acopio

 

«Además de las necesidades básicas como alojamiento, alimentación y atención médica, lo que más percibo es una enorme necesidad de apoyo emocional», relata, Jiménez. «Muchas personas están desorientadas, con miedo, sin saber qué ocurrirá mañana. Especialmente los mayores, que sienten que han perdido su entorno, sus recuerdos y la sensación de seguridad.»

Ese es, precisamente, el frente en el que ella misma trabaja. «Ahora mismo la prioridad es atender a las personas evacuadas y garantizar que tengan un espacio seguro donde descansar, alimentarse y recibir atención», cuenta. «Yo estoy colaborando en la organización de la ayuda y los voluntarios, y haciendo contacto para saber sus necesidades reales y poder suplirlas en la medida de lo posible. Aunque a veces una conversación, una palabra de ánimo o simplemente sentarse al lado de alguien también forma parte de la ayuda.»

Según Madrina, los incendios no son un simple capricho del azar ni una consecuencia exclusiva del cambio climático: detrás de las llamas, sostiene la entidad, hay un problema estructural que lleva décadas gestándose -el abandono del medio rural, la hiperburocracia ambiental y la ausencia de una gestión forestal preventiva real

Sostener ese papel tiene un coste. «Lo más difícil de gestionar es el impacto emocional», admite. «Ver la tristeza en los rostros de las personas, escuchar historias de pérdidas y sentir la incertidumbre que viven es muy duro. Como voluntaria intentas mantenerte fuerte, pero también eres humana y no es fácil permanecer indiferente ante tanto dolor. Creo que lo más complejo es acompañar ese sufrimiento sabiendo que no siempre hay respuestas inmediatas para aliviarlo.»

Un incendio que empezó mucho antes de la chispa

Fundación Madrina ha querido ir, además, más allá de la respuesta de urgencia. Según la organización, -que va en la misma línea que muchos agricultores y ganaderos, quienes verdaderamente conocen el terreno- los incendios que este verano han calcinado montes en San Martín de Valdeiglesias, Villa del Prado y Almorox no son un simple capricho del azar ni una consecuencia exclusiva del cambio climático: detrás de las llamas, sostiene la entidad, hay un problema estructural que lleva décadas gestándose -el abandono del medio rural, la hiperburocracia ambiental y la ausencia de una gestión forestal preventiva real.

 

 

«Con el abandono rural y la falta de gestión forestal estamos creando auténticos depósitos de combustible muy inflamable; solo falta una chispa para que se prendan», advierten desde la fundación, que apunta a lo que denomina la «paradoja de la extinción»: cuanto más eficaces son los servicios de extinción sofocando los pequeños conatos sin que exista un manejo previo del paisaje, mayor es la cantidad de vegetación seca y matorral que se acumula año tras año. El resultado, sostienen, es una carga de combustible sin precedentes que, en cuanto llegan las condiciones extremas del verano, se traduce en fuegos que ya no se pueden apagar. «Existe la llamada paradoja de la extinción: cuanto más eficaces somos apagando conatos, más carga de vegetación acumulamos en los lugares que salvamos de la quema para el siguiente gran incendio», resume la entidad.

La fundación es crítica con lo que califica de mirada urbana y «ecologismo de despacho» que trata el monte como si fuera un cuadro de museo intocable, mientras la sobreprotección normativa paraliza talas, clareos y el aprovechamiento de biomasa que antes evitaban catástrofes como esta

La pérdida de la ganadería extensiva y del pastoreo tradicional, añade Madrina, ha hecho desaparecer las barreras naturales que durante generaciones mantuvieron limpio el monte de forma orgánica; y la despoblación no solo ha vaciado los pueblos, sino que se ha llevado con ella un conocimiento práctico del territorio que tardará generaciones en recuperarse. «El campo debe gestionarse, cultivarse y aprovecharse; no es una bonita postal que admirar», defiende la fundación, crítica con lo que califica de mirada urbana y «ecologismo de despacho» que trata el monte como si fuera un cuadro de museo intocable, mientras la sobreprotección normativa paraliza talas, clareos y el aprovechamiento de biomasa que antes evitaban catástrofes como esta.

 

 

La organización extiende su advertencia más allá del fuego: denuncia que ese mismo abandono afecta al mantenimiento de cauces, ríos y barrancos, agravado por la proliferación de cañas y otras especies invasoras que taponan los cursos de agua y multiplican el impacto destructivo de las riadas torrenciales. Y reclama que se abra una investigación transparente sobre los intereses económicos y urbanísticos -incluidos los grandes proyectos energéticos instalados en los últimos años sobre antiguos terrenos agrícolas y forestales- que, a su juicio, están detrás de buena parte de las decisiones que han dejado al campo español cada vez más vacío y más expuesto al fuego.