Sr. Director:

Ciertos acontecimientos que estamos observando en España y en el resto del mundo no obedecen ya a lo que hasta hace poco se llamaba "batalla cultural".

Obedecen a una clara batalla espiritual, a una lucha entre el bien y el mal, a una durísima y decisiva batalla entre Dios y el diablo. Batalla, por cierto, que arranca prácticamente desde los orígenes.

El hombre se rebeló contra Dios y quiso ser como Dios en el conocimiento del bien y el mal. El hombre pecó, y todo pecado tiene sus negativas consecuencias personales, grupales y sociales.

Sin embargo, Dios que es amor y que quiere el bien, la felicidad y la salvación de todas sus criaturas, no nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que le encuentre el que lo busca.

Primeramente envió a los Patriarcas, después a los Profetas, después a los sabios de Israel, y al llegar la plenitud de los tiempos nos envió como Redentor a su Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, el único y definitivo Salvador de todo lo creado.

Aun así, muchos no reconocieron ni reconocen a Cristo como Salvador universal y le consideran quizá un personaje muy importante, pero no el Hijo de Dios, el Hijo de la Virgen María, el Salvador definitivo y universal, el Primero y el Último, el que es siempre el mismo, ayer, hoy y siempre.

Con todo, y a pesar del amor que nos mostró entregando libremente su vida en la Cruz por nosotros, le dimos muerte y muchos ni le aceptaron ni le aceptan como quien verdaderamente es.

La fe en la Santísima Trinidad y el santo bautismo nos dan gratuitamente la vida eterna.

Pero el enemigo, el diablo, Satanás y sus ángeles hacen todo lo posible para que los hombres no crean en Dios Padre,  ni en su enviado Jesucristo,  ni en el Espíritu Santo. 

El príncipe de este mundo nos tienta y nos presenta el mal como bien.  En ocasiones, la tentación es tan fuerte que sucumbimos y caemos en el pecado.

Ciertamente, hemos de velar y orar para no caer en la tentación, pero cuando caemos en ella, podemos, con la gracia de Dios, levantarnos de nuestros pecados, reconocer que hemos obrado contra la voluntad de Dios, pedirle perdón y pedirle también que nos ayude a convertirnos a Él de todo corazón, de manera que obremos siempre el bien y nunca el mal.  Dios ha dispuesto en su Iglesia el remedio para nuestra debilidad:  el sacramento de la Penitencia o Reconciliación.

Por medio de él obtenemos la paz con Dios, con nosotros mismos, con los demás, con todo lo creado por Dios.

En verdad, si Dios permite los males, es para sacar un bien mayor, porque su Providencia rige los destinos de nuestra vida y del mundo entero. Como dice el Señor: "los que hayan obrado el bien saldrán a una resurrección de vida, los que hayan hecho el mal a una resurrección de juicio"

Es hora de despertarnos, es hora de volver a Dios, es hora de orar siempre y de pedir por nosotros y por el mundo en que vivimos.

Es hora de elegir el bien y de renunciar a Satanás, a sus obras y seducciones. 

Y no hay que esperar a mañana; el momento es ahora.

Siempre con la gracia de Dios y con la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, la cual nos precede en la peregrinación de la fe.

Nuestra meta no es el cementerio, sino la Vida eterna, el Cielo.