Tengo por costumbre, después de explicar la Revolución Francesa, cada año comentar con mis alumnos de la Universidad de Alcalá la película Diálogo de carmelitas. Y este curso no ha sido la excepción: hemos juntado tres horas de clase para poder verla completa en el aula y comentarla a continuación. Recomiendo la experiencia a todos los profesores de Historia, sobre todo a los de Bachiller, porque esta película vale por mil explicaciones de la Revolución Francesa. Y además se encuentra gratis en la red en varios sitios.

Y justo al día siguiente de haber visto en clase Diálogo de carmelitas, la Santa Sede anuncia que próximamente van a ser canonizadas las dieciséis carmelitas del monasterio de la Santísima Encarnación de Compiègne, que murieron mártires en la guillotina durante la Revolución Francesa, diez días antes de que cayera del poder Maximilien Robespierre el 27 de julio de 1794, fecha que pone fin a la etapa jacobina de la Convención. San Pío X las declaró beatas en 1906.

La película es un clásico de la historia del cine, tiene más de sesenta años y todavía se deja ver, con ese final tan sublime que desata a borbotones el sentimiento de la piedad. Y todos los años pasa lo mismo: cuando al acabar la película se enciende la luz en la clase…, no falla, y al ver los ojos enrojecidos siempre digo lo mismo:

—¡No os reprimáis, chavalotes! Llorad a gusto, que es una exigencia del guion.

La dirección y el guion de esta película son de Philippe Agostini y de Leopold Bruckberger. Y cuenta en el reparto con actrices tan geniales como Jeanne Moreau y Alida Valli. Esta última representa el papel de la madre priora, con el nombre de María Teresa de San Agustín. El mismo nombre que adoptó la hija menor del rey de Francia Luis XV (1715-1774), Lousie-Marie (1737-1787), cuando ingresó en el carmelo de Saint-Denis en 1770, por lo que en alguna ocasión he observado que se confunden los personajes. Cierto que la hija de Luis XV, desde el carmelo de Saint-Denis tuvo relación y ayudó cuanto pudo a sus hermanas de religión de Compiègne, pero la hija del rey no fue víctima de la Revolución Francesa, porque murió dos años antes de que estallara.

Sin duda uno de las escenas más didácticas es la del juicio. Las carmelitas vestidas con la sencillez de sus capas blancas, comparecen ante el tribunal en el que parece un fiscal todo emperejilado con plumas, porque los revolucionarios franceses siempre han sido muy cursis en vestir a sus autoridades judiciales y políticas. Y en el juicio tiene lugar el siguiente diálogo del fiscal con la madre priora:

—Ciudadanas, ¿tenéis alguna cosa que alegar?

Somos las siervas del Señor.

—La República no necesita siervas. Yo soy el guardián del alma de la patria. Vosotras, que no reconocéis la autoridad de las leyes, habéis atentado contra la ciudad.

—También somos ciudadanas de otra patria.

 —Os sobra una. Agradeced haber encontrado en esta patria que traicionáis un tribunal que os escuche y os juzgue y esta noche una tumba para acogeros.

Sin duda la sentencia estaba fijada antes de celebrarse el juicio

Todo su delito es que habían asistido a los oficios de Viernes Santo, a escondidas, en un pajar, en una ceremonia celebrada por un sacerdote que se negó a jurar la Constitución Civil del Clero, condenada por el papa Pío VI (1775-1799) por cismática. La exigencia de prestar juramento a La Constitución Civil Clero, que desligada de la obediencia de Roma a sacerdotes y obispos, clasificó al clero francés en juramentados, a los curas y obispos cismáticos, y refractarios, a los que por mantenerse fieles a Roma o tuvieron que huir de Francia, o se quedaron en su patria jugándose la vida, que tantos perdieron.

Y tras el diálogo entre el fiscal y la priora de Compiègne, el juez proclama la sentencia:

—Por haber celebrado conciliábulos contrarrevolucionarios. Por haber sostenido correspondencia fanática, albergado a sacerdotes refractarios y a emigrados, conservado escritos libertarios… Son condenadas a la pena de muerte.

Solo Sor Juana de la Divina Infancia no entiende lo que pasa, porque es sorda:

—¿Qué ha dicho ese señor? —pregunta a la que está a su lado.

—Que nos han condenado a muerte.

Y prosigue a continuación el diálogo, ahora entre el juez y la priora de Compiègne:

—Sentencia ejecutoria inmediatamente.

—Que Dios nos acoja en su seno. —Replica la priora, lo que saca de sus casillas al fiscal e interviene en tono descreído:

—¿Quién sabe si os reconocerá como suyas? —A lo que responde la priora, como lo hacen los mártires por Cristo, con palabras de perdón para sus verdugos:

—Tenemos esa confianza porque no hemos querido ofenderle. Además, que nos perdone nuestros pecados como nosotras os perdonamos, hijo mío.

Y no cuento más porque, como he dicho, esta película es toda una lección magistral para no seguirse creyendo a pies juntillas esa trola de la Liberté, Égalite et Fraternité, así de rotundo y sin matizar, como todavía lo siguen explicando tantos que desconocen lo que fue el genocidio de La Vendée o que ni les suena un historiador que se llama Jean de Viguerie.

Jean de Viguerie es autor de una espléndida y muy breve biografía de la hermana de Luis XVI, Madame Elisabeth, magníficamente escrita y cuya lectura es de gran provecho para nuestros bachilleres. Pues bien, este autor francés ha dado con la clave del proceso descristianizador de Francia.

Ciertamente durante la Revolución Francesa hubo mártires, que como sabemos su sangre es semillas de cristianos. Por lo tanto, algo más tuvo que ocurrir para que descendiera la práctica religiosa en Francia, descenso del que no se recuperó ni cuando concluyó la Revolución Francesa. De modo que al día de hoy todavía permanece gélida el alma religiosa de la nación que en otro tiempo se sentía orgullosa de ser la “hija primogénita de la Iglesia”.

Por lo tanto, algo más tuvo que ocurrir para que descendiera la práctica religiosa en Francia, descenso del que no se recuperó ni cuando concluyó la Revolución Francesa

Tal retroceso religioso se explica porque entre los perseguidores durante la Revolución Francesa hubo sacerdotes y obispos (que, aunque renegados, son sacerdotes in aeternum), que conocían perfectamente que el catolicismo es una religión sacramental y que es a través de los sacramentos por donde circula la gracia que produce la santidad. Y ese fue el objetivo de las leyes antirreligiosas, privar a los católicos de los sacramentos. Lo que pone de manifiesto, una vez más, que los peores peligros de la Iglesia nos son los que están fuera, sino los que están dentro.

Si había que someter la Iglesia al poder político, se entiende que las diócesis cambiaran sus límites históricos para adoptar los de los departamentos recién creados, así lo establecía el artículo primero del Título I de la Constitución Civil del Clero: “Cada departamento formará una sola diócesis y cada diócesis tendrá la misma extensión y los mismos límites que el departamento”.

De un plumazo las 139 diócesis se redujeron a 83, y de paso se reformó también la extensión y los límites de las parroquias, lo que supuso la supresión de 4.000 iglesias parroquiales

El sacerdocio prácticamente desapareció. Además de los asesinados, un tercio del clero francés huyó de Francia. Los cálculos más rigurosos establecen el número de 40.000 emigrados, lo que equivalía a un tercio del clero francés. Se refugiaron por toda Europa y América. Llama la atención que fuera la anglicana Inglaterra la que más sacerdotes refractarios acogió hasta un total de 10.000. Le siguió en hospitalidad España y Suiza, que dieron cobijo a 6.000 cada país. Otros 1.000 se establecieron en Baviera.

Por lo tanto, solo quedó en Francia un reducido número de sacerdotes refractarios, que se jugó la vida manteniendo el culto en la clandestinidad. Y, naturalmente, permanecieron en Francia los curas juramentados que sujetos al poder político perdieron todo el sentido religioso, y quedaron para dar lustre a las ceremonias civiles, bendiciendo árboles y edificios. Al poco tiempo la mayoría de ellos se casaron y fueron perdiendo feligresía, de modo que al cabo de diez años sus parroquianos iniciales se redujeron al 5 %.

Los revolucionarios también se incautaron de todos los bienes de la Iglesia, comprometiéndose a pagar el mantenimiento del clero, pero solo a aquellos sacerdotes que jurasen la cismática Constitución Civil del Clero. Ningún soberano absoluto del Antiguo Régimen tuvo al clero tan sometido como le tuvieron los revolucionarios franceses.

Los revolucionarios se incautaron también del tiempo, que empezó a correr desde el día que se proclamó la República, el 21 de septiembre de 1792. Ese sería el año I. De manera que el cambio de era dejó de marcarlo el nacimiento de Jesucristo.

Los días dejaron de estar referidos a los santos y a cada jornada se le asignó un animal o un elemento de la naturaleza. Las cuatro semanas de los meses fueron sustituidas por tres décadas, de manera que el día festivo fue el décimo y así desparecieron los domingos que se convirtieron en día laborables.

Frente a esta situación se produjo un levantamiento religioso conocido como la guerra de La Vendée, del que no se suele hablar en nuestras aulas, a pesar de que en España contamos con un magnífico estudio del profesor Alberto Bárcena. Los revolucionarios masacraron a los campesinos, por lo que la Vendée puede considerarse como el primer genocidio de la Edad Contemporánea. Para acabar, del libro del Bárcena copio el informe enviado por el general Westermann a las autoridades de Paris: “ya no hay Vendée. Ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeres y sus niños. Acabo de enterrarlos en la marisma de Savenay. He aplastado a los niños bajo los cascos de mis caballos, masacrando a las mujeres que ya no alumbrarán más bandidos. No tengo un prisionero que reprocharme. He exterminado todo”.

 

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.