Sr. Director:

Recientemente he tenido oportunidad de ver de nuevo la superproducción cinematográfica italiana “Fabiola”, de 1949, con más de dos hora y media de duración e interpretada por la gran actriz francesa Michèle Morgan. Ello me ha llevado a hojear por segunda vez la novela original “Fabiola o La Iglesia de las catacumbas” (1855) del sevillano Cardenal Wiseman y he comprendido su preclara intención y acierto de crear un ciclo de literatura católica. La novela constituyó un gran éxito tanto en ediciones como en traducciones. Hoy en día se sigue reeditando por lo que ya se considera un clásico. El ambiente de la Roma imperial y la vida de los cristianos de los primeros siglos están perfectamente retratados, así como las intrigas, ambiciones y luchas por el poder le hacen cobrar actualidad. Personajes históricos como Inés, Pancracio, Tarsicio, Sebastián desfilan por las páginas de esta novela. También se pueden leer aforismos como “El verdadero filósofo debe estar siempre dispuesto a morir por la verdad”, y comprobar actitudes nobles, fidelidades, traiciones… y la persecución de los cristianos. Pero, además de su calidad innata, esta novela tuvo el aliciente de inaugurar ese ciclo de literatura católica y a lo largo de los años se escribieron otras grandes novelas, que tal vez quedaron un poco en el olvido debido a las espectaculares versiones cinematográficas a las que dieron origen: “Quo vadis?” del Premio Nobel Sienkiewicz, “Los últimos días de Pompeya” de Bulwer Lytton, “Ben Hur” de Lewis Wallace, ….

Lo escrito, las novelas originales, es mucho más enriquecedor que las películas, por encima del dicho de que una imagen vale más que mil palabras; pero es que lo omitido y recortado del texto en las películas podríamos decir que equivale a mil imágenes. De ahí la ventaja y el atractivo de leer.