Los medios de comunicación registran toda clase de calamidades: robos, atracos, homicidios, feminicidios, abusos y perversiones contra los niños. Actualmente nos aterramos ante semejantes delitos, pero la historia enseña que, en otros siglos, ha ocurrido igual. ¿Cómo se explica esta realidad? En el género humano no han faltado héroes y próceres; gente que se ha dedicado al servicio de los demás. El panorama religioso nos presenta santos: ellos han vivido en la tierra aspirando al Cielo. Con la mirada puesta en la Madre de Jesús, que se ha manifestado en La Salette, Lourdes y Fátima; eligiendo como testigos a los pequeños.
Pero, también, la historia ha registrado a los malvados, que han vivido para ellos mismos, y han despreciado a los justos, a los que vivían según Dios. Han empeñado su libertad en hacer el mal. Es un verdadero misterio esa doble potencialidad de la libertad humana, condición de la criatura. Dios es la libertad máxima, adherida indefectiblemente al Bien, que es Él mismo. La criatura tiene como tarea propia imitar a Dios haciendo siempre el bien. El delito más grave es el desprecio de la vida humana. La historia del cristianismo conoce el martirio, que es el testimonio prestado a la Fe. Durante los tres primeros siglos se multiplicaron los mártires, víctimas primero de los judíos y, luego, de los romanos. Pero los mártires protagonizan la historia, sobre todo en tiempos de Revolución. En estos períodos –estamos en uno de ellos-, los mártires se multiplican, y los testigos de la Fe se acumulan de a miles. La crueldad manifiesta el fondo negro del alma humana, lo cual plantea el interrogante: ¿se nace malvado o se hace uno después de la inocencia, sobre todo cuando ésta es la inocencia bautismal? El Bautismo perdona el pecado original y confiere la Gracia, que inclina al bien. Pero no anula la inclinación al mal, contra la que es preciso luchar, con el influjo de la Gracia.
La Biblia presenta casos ancestrales de Bien y de Mal. La primera mujer, seducida por el demonio, cometió el primer desliz, e hizo participar a su marido. El símbolo más claro es la relación de Caín y Abel. Se explica que la envidia del fratricida no pudo soportar que los dones de Abel fueran preferidos por Dios. La envidia representará siempre una causa. Lo más terrible ocurre cuando el delito se verifica en el seno de una misma familia, en la que el amor ha de ser el vínculo que una a sus miembros. El misterio del mal no puede atribuirse solo a la libertad humana. Obra maestra del demonio es la disolución de la familia, en la que se refleja la Familia de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo; fuente del amor comunicado a las creaturas.
+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata









