La izquierda española ha enloquecido. Su nerviosismo es evidente porque ha perdido lo que durante años pensaba que era de patrimonio exclusivo: el control del relato. Ese relato que le permitía situarse siempre en el lado moral, supuestamente correcto, el que le permitía repartir carnés de demócrata, o quién señalaba de fascistas a discreción y, sobre todo, de presentarse como la vanguardia ética de Occidente. El problema es que el relato estaba construido sobre un decorado de cartón piedra, y como ocurre siempre con la mentira, termina siendo devorado por sí mismo.
Durante años, la izquierda ha vivido cómodamente en una superioridad moral ficticia. Bastaba con proclamarse antifascista, feminista y progresista para quedar automáticamente exento de rendir cuentas. Pero hoy el decorado se resquebraja desde dentro. El llamado “gobierno más feminista de la historia”, presidido por Pedro Sánchez, aparece rodeado de escándalos donde la prostitución, las mordidas económicas, las sospechas de financiación irregular del PSOE y el enriquecimiento de intermediarios, forman un cuadro difícil de disimular. No es solo corrupción en sentido penal; es corrupción moral del discurso. Y una de sus grandes banderas de guerra, el feminismo, se ha convertido en una foto para la pancarta, una farsa que ha convivido sin rubor con prácticas que dicen combatir. Una de las razones por las que la intención de voto de cientos de miles de mujeres ha desaparecido en la izquierda.
No hay condenas, no hay ruptura política, no hay defensa efectiva de los derechos humanos. Y eso, en política, tiene un nombre: complicidad silenciosa
A este deterioro interno se suma un elemento aún más corrosivo: las cloacas venezolanas. La figura de José Luis Rodríguez Zapatero emerge una y otra vez como muñidor de negocios opacos vinculados al régimen venezolano, a intereses energéticos, geoestratégicos y a entornos donde confluyen drogas, petróleo, oro y poder político sin control. Que en Estados Unidos se haya puesto el foco de investigación sobre estas redes, no es una anécdota ni una conspiración ultraderechista. Es la consecuencia lógica de haber normalizado durante años relaciones con un régimen criminal como si se tratara de un actor democrático legítimo. Y esa sombra no se proyecta solo sobre Zapatero, sino sobre el actual Gobierno, que ha preferido mirar hacia otro lado.
La posición equidistante -cuando no directamente cómplice- respecto a Venezuela es una de las grietas más evidentes del discurso progresista. Mientras, el régimen de Nicolás Maduro reprime, encarcela y empuja a millones de personas al exilio, la izquierda española se refugia en el lenguaje tibio, en el silencio calculado o en la relativización obscena que pretenden justificar con frases grandilocuentes como los derechos humanos o el derecho internacional. No hay condenas, no hay ruptura política, no hay defensa efectiva de los derechos humanos. Y eso, en política, tiene un nombre: complicidad silenciosa.
Resulta obsceno comprobar cómo quienes se presentan como salvadores, los liberadores feministas, son incapaces de solidarizarse con mujeres que luchan contra un régimen que las lapida, las encarcela y las asesina por mostrar su cabello
Lo mismo ocurre con Irán. Las calles iraníes arden y miles de personas mueren, mientras que las mujeres se juegan literalmente la vida por no someterse a una teocracia criminal. Sin embargo, la ultraizquierda española calla de forma ensordecedora. No hay campañas, no hay boicots, no hay gestos ni declaraciones. Resulta obsceno comprobar cómo quienes se presentan como salvadores, los liberadores feministas, son incapaces de solidarizarse con mujeres que luchan contra un régimen que las lapida, las encarcela y las asesina por mostrar su cabello.
En cambio, esa misma izquierda sí encuentra energía militante para boicotear partidos de baloncesto donde participa un equipo israelí, para incendiar universidades occidentales o para repetir consignas enlatadas sin el más mínimo análisis propio. La lucha siempre va en una sola dirección. Nunca contra los regímenes teocráticos, comunistas o dictatoriales que, casualmente, coinciden con su mapa ideológico de afinidades internacionales.
Figuras como Pablo Iglesias o Irene Montero, y toda su alineación de partido, guardan silencio, no por ignorancia, sino por interés. Son estómagos agradecidos de un sistema que les ha dado poder, altavoces y recursos. La ultraizquierda -hoy también el PSOE- se siente más cómoda orbitando alrededor de regímenes autoritarios que defendiendo una libertad real que no controlan. La libertad auténtica, la que no se puede instrumentalizar políticamente, no les interesa porque en la izquierda en general, se forman partidos de castas: los gobernantes y los votantes sumisos, sin capacidad de pensamiento crítico, los denominados tontos útiles.
¿Y cuál es la razón política de todo este comportamiento? Es simple y profundamente cínica: la ultraizquierda ha sustituido los principios por la supervivencia. Sabe que su proyecto no se sostiene sin alianzas, sin poder institucional y sin redes internacionales que le proporcionen financiación, legitimación y respaldo ideológico. Criticar a Maduro, a Irán o a cualquier dictadura “amiga” supondría romper ese ecosistema. Y eso, para ellos, es inasumible.
La ultraizquierda -Podemos y hoy también el PSOE- se siente más cómoda orbitando alrededor de regímenes autoritarios que defendiendo una libertad real que no controlan
Por eso el relato se ha hundido. Porque no era un relato de verdad, sino de conveniencia. Porque hablaban de feminismo mientras toleraban la explotación. De derechos humanos mientras blanqueaban tiranías. De democracia mientras justificaban dictaduras. La izquierda española no está en crisis porque la ataquen desde fuera, sino porque ha quedado atrapada en sus propias contradicciones. Y cuando el cartón piedra se moja, ya no hay propaganda que lo sostenga.
La trampa de la diversidad (Akal), de Daniel Bernabé Marchena. El libro analiza cómo el discurso identitario y la exaltación de la diversidad han desplazado la atención del conflicto de clase en las sociedades contemporáneas. Una obra que se ha convertido en una referencia dentro del debate político y cultural de la izquierda española. El texto plantea que, desde finales del siglo XX, las luchas sociales se fragmentaron en torno a identidades del tipo clima, orientación sexual, etnia… en detrimento de la conciencia de clase. Esta fragmentación favorece al neoliberalismo, que promueve la diversidad como valor de consumo y neutraliza la solidaridad de clase trabajadora.
El fin de la Izquierda (Sekotia), de Paloma Hernández. Este ensayo examina cómo la ideología del Globalismo oficial ha penetrado en las izquierdas del siglo XXI. Analiza el giro ideológico producido desde 1999, cuando los movimientos antiglobalización acabaron integrados en el mismo sistema que combatían. Paloma Hernández sostiene que las llamadas izquierdas han sido neutralizadas y alineadas con intereses plutocráticos e imperiales, diluyendo su identidad política hasta convertirse en simples “fuerzas progresistas” funcionales al orden global dominante.
La izquierda traicionada (Península), de Guillermo del Valle. En un momento de máxima fragilidad y debilidad en la izquierda sociológica y política, el autor sostiene que su deterioro responde a dos amenazas convergentes: la asimilación del dogma del mercado, que diluye cualquier diferencia con la derecha mientras crecen la precariedad y la desigualdad, y el auge del identitarismo, un individualismo fragmentario que absolutiza identidades, y especialmente el nacionalismo. El libro critica desde dentro estas derivas y reclama una socialdemocracia renovada, centrada de nuevo en libertad e igualdad.










