Dos abuelos de un mismo amigo. Falangista el paterno, quien peleó en el frente de Cartagena. El segundo, militante de la UGT convertido en sargento le tocó lidiar en Madrid.

El primero se encargó de que en su pueblo no tocara nadie a los dos únicos rojos del lugar, escondidos por los propios falangistas de sus colegas falangistas. Eso sí, se pasó toda la postguerra, y en especial la transición recordando el "para esto ganamos la guerra", mientras escuchaba los partes de Radio Nacional.

Al segundo, en el bando perdedor, le conmutaron la pena de muerte por la de prisión porque sólo había matado en el frente. Salió a los cuatro años, le pillaron en una reunión clandestina y volvió al trullo otros dos. Sí, hubo muchos fusilamientos, pero como él decía: "si nosotros hubiéramos ganado a Franco le habríamos pasado por las armas. Vaya que si fue un gran general sí, pero un fascista de cuidado".

Y ahí acababa todo. Nada de rencores eternos. Sabían lo que era una guerra, la libraron y durante toda su vejez ninguno se rasgó las vestiduras por el pasado. Mataron, sí, pero no asesinaron, en el frente, y luego siguieron viviendo sin tantas pamplinas y sin falsear la historia. ¿Para qué No necesitaban convencer a nadie, la habían vivido.

Los abuelos de Martín, si por edad les hubiera correspondido, hubieran errado la transición de manera más fiel a como lo hicieron sus hijos, que sólo han trasladado a sus nietos el mismo resentimiento de los años treinta, la misma incapacidad para ver nada bueno en el adversario y un oído mucho más refinado que aquel que impelía a abrir cabezas. El refinado odio de no te abro la cabeza porque podría ir al trullo, que si no. O con una bancada socialista que pide que saquen los huesos de Franco de su tumba en el Valle de los Caídos.

¿España está en peligro de una nueva guerra civil No lo sé, pero me extrañaría que el nuevo y refinado odio de buscadores de tumbas, de un PSOE empeñado en exhumar los restos de un Franco en el que nunca creyó, enterrados en una basílica en la que nunca creyeron.

Una España que persigue a los cristianos con la misma saña que en el 31 y en el 36. En definitiva, una España que ha olvidado aquella petición de uno de los culpables del conflicto, pero hombre capaz de rectificar, el mismo que clamaba a sus compatriotas paz, piedad y perdón.

Eulogio López

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