Si en España se ha legalizado el embuste, la tergiversación y la opacidad, se manipula a antojo, los contrapoderes y los controles brillan por su ausencia, los políticos no dan la talla, son pésimos gestores, no respetan las instituciones, se encubren a dictadores y se banaliza sobre todos los problemas reales, en especial las tragedias con muertes, el saqueo del reino y un largo etcétera ….qué puede salir mal.
Hannah Arendt acuñó el término de "banalidad del mal" tras observar el juicio al nazi Adolf Eichmann (actor del Holocausto y de la solución final para exterminar a los judíos), por la ausencia de pensamiento, de conciencia o de ambos en tipos grises que, cumpliendo dictados del sistema, eran capaces de participar en la mayor de las atrocidades a la humanidad sin despeinarse.
En la España de 2026, esa banalización produce metástasis ante la actitud adoptada de los partidos y la sociedad civil con la corrupción, la destrucción del país, la polarización galopante y los atropellos democráticos.
El primer síntoma de la banalidad del mal en España actual es la muerte de la verdad. En la esfera pública española, la mentira ya no es un pecado capital sino que se rebautiza como "cambio de opinión" y falta de memoria. La mentira una vez institucionalizada será difícil erradicarla. Así, cuando el engaño se profesionaliza y los ciudadanos lo asumen sin miramientos estamos banalizando los daños en democracia y haciendo del contrato social papel mojado.
Se ha llegado a un punto que el mal se ha vuelto parte del paisaje permanente. Pero …“Yo estoy bien”
Lo hemos visto en la gestión de las crisis recientes, desde emergencias climáticas hasta tragedias sanitarias (pandemia), la DANA, el colapso del sistema judicial y político pero también de la red eléctrica, que se une al de los apagones, ferrocarriles, estado de carreteras, presas, inhumanas listas de espera, el SEPE y las citas imposibles, la depravación, las negligencias que cuestan vidas sin apenas consecuencias, la amistad de dictaduras convenidas, la regularización anti-europea de migrantes o la negativa a entregar el pasaporte pese a la insistencia de un juez.
Hay que recordar otras barbaridades como el fraude del voto por correo, y por supuesto los “elefantes blancos” -nada banales que pasaron sin pena ni gloria como: submarinos que no se sumergían, túneles de trenes estrechos, aeropuertos fantasmas, obras desiertas, sobrecostes en megaobras, canales hídricos, reformas de sedes de partidos… que llevaron al FMI a señalar a España como ejemplo de mala gobernanza.
Votar en legítima libertad en contra del sistema es un argumento -según los radicales- para descalificar al votante de “déficit de inteligencia bruta”. Luego te sueltan: “La voz de la democracia no será doblegada (por los amos del algoritmo)”.
A menudo para encubrir las negligencias se recurre a la narrativa del bulo, del fake, la culpa es tuya, al intercambio de disparos y lo que es más grave, en otros casos a disimular los muertos inocentes. “Quien quiera ayuda, que lo pida”.
Así sin llegar a Eichmann, la justicia, los organismos de control, la televisión pública y resto de los medios que son asaltados sin miramientos como botines de guerra, no debe extrañar que el mal se haya vuelto banal y encima estatal. Si los poderes, instituciones y contrapoderes que deben vigilar al lobo son elegidos por el propio lobo, ¿qué puede salir mal? Pues eso.
Hemos llegado a tal punto, que la corrupción ya no indigna, si acaso agota y por tanto se frivoliza. Por eso o a causa de eso, el bucle perverso: no se mueve el gobierno ni la oposición ni los partidos ni la sociedad civil. ç
Si la política española fuera un restaurante, ahora mismo tendría muchas quejas en TripAdvisor, pero las mesas seguirían llenas porque nos hemos acostumbrado al sabor de la mediocridad: paella con cosas, gazpacho con anestésicos, croquetas de post-verdad o la tortilla de huevos adulterados
Y mientras tanto, el robo descarado de nuestros impuestos se impone como un ruido de fondo, una música de ascensor que ya ni escuchamos. Esta es la victoria definitiva de la banalidad: conseguir que el ciudadano medio crea que es imposible cambiar nada y que, por tanto, lo mejor es el cinismo o el refugio en el "y tú más". El desencanto político es otro zigoto que embaraza el mal banalizado.
España si no es un caso perdido, se le parece mucho. Aunque tengamos una sociedad civil que a menudo le da mil vueltas a su clase dirigente (líderes en trasplantes, en solidaridad, en paciencia y pacifismo) padece una especie de síndrome de Estocolmo electoral.
Si seguimos tolerando que la mediocridad sea el estándar y la mentira una herramienta capital, no nos ha de sorprender cuando el sistema colapse, como han colapsado las residencias durante el COVID, las urgencias, los trenes, la red eléctrica, las infraestructuras, los abusos de los dirigentes, la falta de viviendas, las carencias en enseñanza (de ahí el pésimo informe PISA) y con las extenuantes listas de espera, mermando nuestra democracia por falta de respuesta social.
El mal no necesita monstruos, le basta con ciudadanos que miren hacia otro lado y políticos cómplices sin líneas rojas por seguir mamando de las ubres públicas. Se ha llegado a un punto que el mal se ha vuelto parte del paisaje permanente. Pero …“Yo estoy bien”.
Si la política española fuera un restaurante, ahora mismo tendría muchas quejas en TripAdvisor, pero las mesas seguirían llenas porque nos hemos acostumbrado al sabor de la mediocridad: paella con cosas, gazpacho anestésicos, croquetas de post-verdad o la tortilla de huevos adulterados.
Es hora por tanto de acabar de frivolizar el desastre, las tragedias y banalizar el mal que está mutando a la dictadura en una atmósfera intolerable. Porque, como bien sabía Arendt, lo más peligroso de las personas normales que hacen cosas terribles es que nunca sienten remordimientos. Simplemente, estaban "haciendo su trabajo"… como en Auschwitz.
Aunque el cielo pueda esperar, la humanidad en España no. Y ahora disculpen, “que ya son las cinco y aún no he comido”.