(Mateo 24, 1-48)

-Jesús, no sé qué pensar.

-¿Sobre qué?

-Sobre el fin del mundo.

-Pues no pienses en ello.

-¿Y todas las revelaciones experimentadas y narradas por gentes bien sensatas?

-No te preocupes, Cristina. Está científicamente demostrado: las experiencias místicas no perjudican a la salud.

-Sí, Vos os burláis, pero yo siento que algo está pasando. Y la culpa es vuestra.

-¡¿También de eso?!

-Todo viene porque no me quito de la cabeza aquellas palabras vuestras: "Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?". Todo indica que el momento ha llegado: hasta los que oficialmente tienen fe se comportan como si no creyeran. Este no parece un mundo de malvados sino de tibios, de indiferentes.

-¿Y por qué tienes que darle vueltas a algo tan ignorado como mi Segunda venida? Yo no te lo he pedido, hija mía.

-Porque muchos hablan de ello, porque todos lo piensan y porque yo, Cristina Baretti, estoy ligeramente obsesionada con la cuestión.

María Cristina Baretti era una periodista argentina, viuda desde hacía ya muchos lustros. La prematura muerte de su esposo la había dejado a cargo de cuatro hijos. Su padre era un inmigrante italiano que se había trasladado a Argentina huyendo de la penuria italiana tras la II Guerra Mundial. Cristina había nacido ya en el acogedor Buenos Aires de los años cincuenta. Lamentaba no haber sufrido una infancia de psicoanalista, un padre feroz que la golpeaba o algo peor, ni una madre morbosa, un punto neurótica, que la hubiera abandonado a su soledad, entre la indiferencia del mundo. Desgraciadamente, Cristina había tenido unos padres aburridamente normales, de los que arrean collejas tras las travesuras y consuelan en las dramáticas tragedias infantiles, sin tomarse demasiado en serio los dramas imaginarios, salvo por la angustia real que provocan en los adolescentes. Vamos, que había sido educada para disfrutar de la vida, no para prevenirse ante ella. Ni tan siquiera había sufrido el cívico hábito de perder la fe en la juventud. Su historial resultaba repugnantemente ordinario.

Más tarde se había enamorado y, para sorpresa del mundo, se casó con un muchacho de su edad, sin plantearse dudas ni sobre el amor, ni sobre su amor. Bueno, se las planteaba de vez en cuando pero no las analizaba, le bastaba con rechazarlas, porque su sentido común le decía que la felicidad, como la libertad de la que parte, no se demuestra, sólo se muestra y se disfruta. Ese nítido sentido de la realidad le llevaba a concluir que el peor recuerdo de sus años de formación eran las visitas al dentista. Aquello sí era dolor y no los sufrimientos psicológicos.

Casose, y como su cónyuge era tan raro como ella, se apresuraron a tener cuatro hijos. Hubieran tenido más, de no ser porque llegó el hachazo. Su esposo, Marco, sufrió un cáncer fulminante y apenas duró dos meses. Eso sí fue un mazazo pero Cristina ratificó con ello una de sus convicciones: la necedad de tantos sufrimientos interiores, cuando te acomete una pena real.      

Con todo, se las arregló para sacar adelante a sus hijos. Se dedicó con ahínco a su profesión de periodista en el diario La Nación. En el periodismo descubrió que los audaces se lo pasan demasiado bien intentando cambiar el mundo mientras los cobardes, siempre tristes, se regodean en lo mal que marcha el mundo y se citan para la hecatombe que se aproxima. Y una vida triste –se repetía Cristina- no merece la pena ser vivida.

Además le gustaba el periodismo, le pagaban por contar historias. Los editores eran el cuarto poder ciertamente, pero el escribano –el cagatintas, como cruelmente les bautizara el presidente Carlos Menem- posee algo mucho más importante: influencia. Influir en los demás, no dominarlos, es la forma de cambiar el mundo, a veces incluso para bien.

Pero, además, Cristina era mujer. Por tanto, no le gustaban las noticias sino las historias. Las de los grandes hombres tanto como las de la gente menuda. Y no quería dejar de e reportera tampoco ahora, cuando ya se aproximaba a los sesenta años.

Fue tras la muerte de su esposo cuando empezó a pensar en el fin del mundo. Parecía un tema tabú, como lo había sido el sexo en aquella Argentina de su mocedad, tan moderada en las formas como pasional en los sentimientos. Si algo agradaba a aquella hispana, que llevaba sangre italiana en sus venas, de sus compatriotas es que aún distinguían entre el bien y el mal.

En sus andanzas reporteriles Cristina se había topado con videntes sinceros y con iluminados majaderos, en proporción de 1 a 10 a favor de los majaderos. Era como si la sensación general de estar viviendo un fin de ciclo no pudiera ser evitada por nadie. En el caso que nos ocupa, Cristina no estaba convencida de vivir un final de etapa por ninguna revelación extraordinaria, sino porque se palpaba. Aquella vigésima centuria homicida había alumbrado un siglo XXI postmoderno, donde la maldad se había sofisticado, el pensamiento culminaba en pedantería y la desesperación en sarcasmo. La postmodernidad del tercer milenio no ardía en pasiones totalitarias sino que vegetaba en aborregamiento hipnótico y en la indiferencia. El hombre del siglo XXI era un desesperado elegante.

-Claro, Jesús mío, que podíais haber sido más claro, porque, anda, eso de que cuando veáis todas estas cosa sabéis que es inminente mi segunda venida para luego añadir que acerca de aquel día y aquella hora nadie sabe nada, "ni los ángeles de los Cielos ni el Hijo sino sólo el Padre"… perdonadme Señor, pero suena a pitorreo. Eso es lo que los periodistas –acusó con el dedo índice extendido hacia no se sabía quién- llamamos opacidad.

-Enmendaré mi fallo, Cristina. A partir de ahora, seré más trasparente. Si lo deseas, puedo volver a encarnarme y así reescribir el Evangelio. Incluso podría ofrecerte la exclusiva de la nueva versión.      

-Con Vos no se puede discutir, siempre tenéis razón. A lo mejor es porque sois el Todopoderoso. Pero como periodista exijo saber el cuándo. Escuchad vuestras palabras… 

A continuación abrió el pequeño libro que tenía entre las manos y recitó:

-"Habrá entonces una gran tribulación como no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora ni la habrá". ¡Jesús!: ¡Que tengo cuatro hijos!

.Tienes cuatro hijos libres para elegir entre la luz y las tinieblas. Siempre pensáis en la muerte como lo peor, pero para un cristiano debe ser lo mejor. Al otro lado no hay tribulación, como mucho, purificación, y ésta, temporal.

-De acuerdo, señor pero, ¿falta mucho para tu segunda venida?

-No lo sé, consultaré a mi Padre que es el único que lo sabe, como le dejé bien claro a Mateo, tu autor favorito. Además, ¿has visto, acaso, el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente? ¿Has visto en el firmamento la señal del Hijo del hombre? Yo veo el horizonte bastante despejado. En cualquier caso, si tú lo requieres, las tres personas divina celebraremos una Cumbre para poder informar a la prensa.

La aludida no acusó recibo:

-Conmigo estáis seguro: respeto siempre el 'off the record'. Pero no tengo muchas esperanzas. Con vuestra escisión en tres personalidades tenéis la excusa perfecta para no soplarme nada. Pero debéis saber que yo tengo miedo.

-Es decir, que no confías en mí.

-Confío tanto que a vuestras palabras me atengo.

De nuevo abrió el librito que portaba:

-"Entonces los que estén en Judea huyan a los montes, quien esté en el terrado no baje a tomar nada de su casa…". Claro que estáis hablando de la ruina de Jerusalén, allá por en el año 70. Vamos –adujo, un tanto desconsolada- que eso ya ocurrió. Ahora bien, sabemos que la ruina de Jerusalén por las tropas de Tito es imagen de esa gran tragedia final.

-¡Pero qué gran periodista de investigación tenemos aquí!

-Menudo follón en el que me habéis metido.

-¿Yo? ¿No os dais cuenta de que sois los hombres quienes hacéis la historia? Os he creado libres. Por tanto, sois vosotros quienes tejeréis el final de esa historia. Además, no te preocupes tanto por el fin del mundo: tu fin del mundo, el de cada uno, es tu juicio particular. El juicio universal, cuando termine el tiempo y la historia, no será otra cosa que el tribunal de segunda instancia, que ratificará el fallo individual de cada cual.

-Por así decirlo, un acto protocolario.

-Sí, menos para la última generación antes de la nueva Jerusalén.

-O sea, ésta.

-Periodista hasta el fin.

-Entonces, Jesús, ¿no debo ocuparme de todas las revelaciones individuales, de los muchos cristianos capaces que creen en ellas?

-Si alguien os dijese que el Cristo está aquí o allá no lo creáis, porque surgirán falsos mesías y falsos profetas para engañar, si fue posible, incluso a los elegidos.

Cristina se sabía de memoria aquel inextricable capítulo 24 de Mateo, así que contraatacó:

-Pero "después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor y las estrellas caerán del cielo y las columnas del cielo se conmoverán". Es decir –reflexionó Cristina- que se formará un quilombo como para echarse a temblar. Pero hay algo que no entiendo. Si me decís que no debo pensar en ello: ¿por qué nos advertisteis de lo que iba a suceder?

-Cuando viereis todas estas cosas sabed que es inminente, que está a las puertas. Tenéis que velar, Cristina, porque no sabéis…

-El día ni la hora.

-No os he hablado de mi segunda venida para saciar vuestra insaciable curiosidad, sino para que estéis preparado: "y entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado". La historia tendrá un final pero no debe importarte el cuándo sino el cómo lo afrontes. No me dejé clavar en una cruz por la humanidad sino por todos y cada uno de los hombres. A cambio, sólo pide que el hombre confíe en mi misericordia.

-Pues todas las apariciones de Vuestra Santísima Madre, que cada vez son más numerosas, aseguran que la etapa de Vuestra Misericordia se está acabando y que llega el momento de vuestra justicia.

-La misericordia de Dios es eterna, también actuará el día de la justicia. Por eso, "si tales días no fuesen abreviados, no se salvaría nadie pero, en atención a los elegidos, serán abreviados aquellos días".

-O sea, que sólo cabe esperar.

-Sólo cabe mirar sin preocuparte de cuándo será el aniversario del mundo.

-¿Os dais cuenta, Jesús mío, de que pretendéis que una periodista renuncie al nudo de una noticia, al cuándo?

Algo parecido a un suspiro resonó en el universo y Cristina creyó escuchar una voz que aseguraba:

-Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un periodista entre en el Reino de los Cielos.

Pero el asunto no ha podido ser contrastado.

Eulogio López

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