-Rabbí, Sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él –aseguró Nicodemo, aquel judío influyente en Jerusalén, miembro del Sanedrín, quien había acudido a entrevistarse con el Maestro Señor en una noche cerrada, embozado en una túnica y acompañado por un criado amante de la mudez. No todos conocían el lugar donde pernoctaba el maestro cuando venía a Jerusalén por lo que se dejaba ver que se trataba de un notable bien informado.

Nicodemo era miembro de pleno derecho del Sanedrín, entonces compuesto por 70 archipámpanos, presididos por el sumo sacerdote. No pertenecía ni a la aristocracia clerical ni a la seglar, sino que se incluía en el tercero de los grupos que componía el Consejo que regía el Israel religioso y que pretendía regir el Israel político. Al menos, en la medida en que se lo permitieran Roma y el sátrapa Herodes. En definitiva, Nicodemo era un escriba, adepto a la secta de los fariseos, los que en aquel momento controlaban ese 'tercer estado' en el que se había convertido el Sanedrín. Eran los más celosos de la ley, los más expertos en las Sagradas Escrituras. Entre los judíos de aquel tiempo, no eran pocos los que escuchaban a los fariseos y se aferraban a sus posturas. Doctrina en muchas ocasiones insufrible pero, al menos, eran celosos de la ley de sus padres, que tanto se había aguado durante las últimas generaciones. Mal que bien, los fariseos representaban la fidelidad a la ley, la ortodoxia, siempre insultada, siempre anhelada.

Sin embargo, Nicodemo no había perdido el sentido de las proporciones a la hora de interpretar los mandatos. Vamos, que era un doctrinario amante de la letra de la norma pero no había olvidado el espíritu de la misma: el amor al prójimo, que no venía de Cristo sino que hundía sus orígenes en Moisés. Y la caridad es lo que hace que el hombre no pierda el sentido común. Si aquel galileo hacía milagros no había que negar el milagro ni atribuirlo al Maligno, sino plantearse el posible origen divino de quien curaba a enfermos incurables y resucitaba a muertos bien muertos.

Jesús respondió a Nicodemo con lo que Simón Pedro llamaría una de "las largas travesías del maestro por el desierto de la oratoria":

-En verdad, en verdad te digo que quien no naciere de arriba no podrá entrar en el Reino de Dios.

En ese momento, el bueno de Simón se imaginó un parto aéreo, una mujer dando a luz en una nube. Pero la fértil imaginación de Simón Pedro resultaba más inocente, y más profunda, que el engreído razonamiento de Nicodemo. Una sombra de sarcasmo asomó en los labios del fariseo:

-¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?

El Maestro no se dejó llevar por lo que Mateo, tan aficionado a la especulación moral como a la contable, hubiera calificado como justa ira ante la impertinencia del senador, e insistió en ayudarle con lo que podríamos llamar un curso intensivo de formación sobre la vida.

Por su parte, Santiago, el más atento al contenido de  la conversación, reconoció el estilo del Maestro: insistir en la verdad aunque la verdad se haga difícil, incomprensible, aún más, inaceptable para el interlocutor. Porque la verdad puede explicarse de muchas formas pero no modificarse para ser entendida, o deja de ser verdad.

-En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos.

-¡Ay, ay! –se lamentó Felipe, el más mordaz de todo el colegio apostólico, mientras se volvía hacia la madre del Maestro, mi Señora Miriam-: por dos veces ha invocado a 'la verdad'. Eso sólo lo hace cuando quien le escucha no se ha enterado de nada.

Miriam sonrió…

-…lo que nace de la carne, carne es; lo que nace del Espíritu es espíritu.

El preboste Nicodemo exhibía la mirada perdida propia de quien, en efecto, no se ha enterado de nada pero se resiste a jugar el papel de idiota…

-No te maravilles de lo que te he dicho: es preciso nacer de arriba. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a dónde va: así es todo nacido del Espíritu.

Felipe sonrió de nuevo a Miriam y, aunque más parecía su hermana que su madre, se dirigió a ella con el tratamiento que todos habíamos adoptado sin proponérnoslo:

-Madre, ¿crees que el ilustre Senador se está enterando del precio de los higos?

-No tiene que entender su cerebro, Felipe, debe comprender su corazón. Mi hijo es un experto en abrir el corazón: Nicodemo comprenderá. Y cuando comprenda… no le hará falta entender nada.

Andrés, el hermano de Pedro pensó el papelón que harían en la plaza si alguien viera a doce hombres hechos y derechos pendientes de las palabras de una aldeana, a la que acudían como el levita acude al maestro en las escuelas rabínicas, para que le explique las escrituras, con tanto afecto como respeto, con tanta reverencia como solicitud. Aquella mujer de timbre firme y hablar pausado, a la que se le entendía todo, porque vocalizaba con toda la fuerza de su serenidad, hacía fácil lo difícil y constituía el oráculo de los apóstoles. Solían hablar todos a la vez, quitándose la palabra unos a otros, pero cuando hablaba mi Señora Miriam, callaban como muertos.

-¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras? En verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos y de lo que hemos visto damos testimonio pero vosotros no recibís nuestro testimonio.

Mateo, que no sentía especial aprecio por los fariseos, intervino:

-Le está sacudiendo los bolsillos.

-Calla, recaudador –le espetó Santiago.

-¿Nuestro testimonio, madre? –preguntó Pedro, siempre en cabeza de la manifestación:

-Claro, Pedro, el del nuevo pueblo que tú mismo vas a dirigir.

-¿Quién? ¿Éste? –preguntó el mayor de los Zebedeos, señalando al presunto líder.

- Sí, Santiago, seremos el pueblo de Pedro –le corrigió mi Señora Miriam-. Continúa escuchando:

-Si hablando de cosas terrenas no creéis, ¿cómo creeríais si os hablara de cosas celestiales? Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

-Bajó pero sigue allí, ¿os dais cuenta? –explicó Miriam mientras la concurrencia intentaba seguirla, con poco éxito.

-…a la manera que Moisés Levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el hijo del hombre, para que el que cree en Él tenga la vida eterna.

Mi señora Miriam se estremeció y Juan, siempre pendiente de ella, se percató. Era el discípulo que mejor la conocía. Si mi Señora Miriam siempre estaba pendiente del Maestro, Juan siempre estaba pendiente de Miriam:

-¿Qué os ocurre Madre? ¿Qué significa eso de que será levantado como la serpiente? ¿Por qué tiemblas?

-Significa, Juan, que van a matar a mi hijo.

Estaba claro que, sobre este punto, Nicodemo no se estaba enterando ni del precio de los higos, pero, a cambio, los apóstoles tampoco.

-¡¿Matar al Maestro?! –rugió Pedro-. ¿Matar a quien puede hace volar por el aire a todos las legiones de Roma con sólo levantar el dedo? Además, ¡antes probarán el filo de mi espada!

-Ten cuidado, no te hagan probar a ti el filo de la suya, pretoriano –apuntó su tocayo, Simón, quien, como buen Zelote, algo sabía de espadas y guerrillas.

-…porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su unigénito Hijo para que todo el que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna.

Siempre he pensado que, de todo el grupo, Pedro era, en su rudeza, el más sabio, Juan el más sensible, pero Jacobo el más instruido:

-Pero, Madre, no te salvas por creer, ¿verdad?, te salvas por amar. Él mismo lo dijo.

-Déjala en paz –terció Juan-, ¿no ves que no se encuentra bien?

Mi Señora Miriam estaba pálida, como si le hubieran clavado un puñal en el corazón pero, al igual que su hijo, nunca renunciaba a la palabra requerida:

-No hay confusión, Jacobo. Creer en mi Hijo no sólo consiste en pregonar que es el Mesías sino mucho más: es confiar en Él, en sus palabras, aún cuando no las entiendas; en sus obras, aunque no las comprendas; en sus promesas, hasta cuando parece que no queda ninguna esperanza. Lo que nos pide es que confiemos en Él aunque le contradigan todos los sabios del mundo, todos los poderes de la tierra, aunque le contradiga el peor de nuestros enemigos: nosotros mismos, nuestro propio yo, el más engreído y petulante de todos.

Nos habíamos quedado pendientes de las palabras de Miriam, así que mi Señora se vio obligada a desviar la atención desde ella misma hacia su hijo:

-Escuchadle –advirtió, y todos volvimos la cabeza hacia la pareja principal de aquella escena. Mientras, la madre del Maestro se retiró a la cocina para ayudar a las dos Marías, entre ellas la madre de Santiago. y a Salomé, que preparaban pan, vino y frutos secos para honrar al visitante.

-Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo –explicaba el Maestro a su invitado- sino para que el mundo sea salvo por Él; el que cree en Él no es juzgado…

-Condenado –tradujo Jacobo.

-…el que no cree ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios.

-Es como dijera eso de nosotros mismos –presagió Simón-. Oye –preguntó, sin dirigirse a nadie en particular-: nosotros confiamos en él, ¿no es cierto?

Jacobo caminaba hacia la almendra de la cuestión:

-…entonces, ¿todo consiste en eso? ¿En abandonarnos en sus manos? ¿Y ya está?

-Sí, ya está –aseguró mi Señora Miriam, de vuelta al primer cinturón de oyentes-, pero debes abandonarte de verdad. ¿Te arrojarías al vacío si él te lo pidiera, confiando en que nada te iba a ocurrir? ¿Confías en Él hasta ese punto?

Ominoso silencio.

-…y el juicio consiste en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que aborrece la luz… 

-Y aborrece a los hombres –puntualizó el incontinente Simón Pedro.

-…no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

Jacobo seguía a lo suyo:

-Está clarísimo, madre: el que no tiene fe en Dios no es porque Dios se la haya negado sino porque está en pecado, porque le gusta el pecado, es decir, las tinieblas. Es como si tuviera una venda en los ojos y no puedas ver la realidad, sí –Jacobo se emocionaba con cada descubrimiento-, pero está en tu mano quitarte esa venda y, no obstante, te niegas a hacerlo. Si no crees en el maestro eres culpable-, concluyó, orgulloso de su argumento.

Mi Señora Miriam nunca respondía a su interlocutor si éste era capaz de concluir por sí mismo. Ella, la que más sabiduría atesoraba de todos los presentes, con excepción de su hijo, parecía empeñada en que todos asumieran la verdad por sí mismos:

-¿Comprendéis? –completó Jacobo, cada vez más entusiasmado, dirigiéndose al conjunto del grupo, aunque en voz queda para no ahogar las voces del Maestro y su invitado-: es la mezquindad personal lo que nos impide confiar en Dios. Por tanto -concluyó con el índice acusador señalando al conjunto de la raza humana allí representada- es culpable. Y además, el juicio de Dios siempre es justo.

-Te veo muy perspicaz hermano –ironizó Juan-: acabas de descubrir que Dios es justo.

-Más bien he descubierto que el maestro es Dios.

La voz del Maestro interrumpió el debate fraterno:

-Sin embargo, el que obra la verdad viene a la luz, para que sus obras sean manifestadas, pues están hechas de Dios.

Nicodemo ya había aceptado su papel de discípulo:

-Mis obras deben pertenecer a las tinieblas, pues de noche y a escondidas he venido a verte.

-Pero has venido –aseguró desde el fondo de la estancia, Mateo, el antiguo recaudador, siempre dispuesto a mejorar su opinión sobre la autoridad, en este caso, sobre un miembro del Sanedrín. Los recaudadores de impuestos poseen un alto sentido de la autoridad, y les cuesta aceptar que, investido de ella, se comporte de forma espuria.

Nicodemo estaba agitado:

-¡Quiero creer en el Unigénito de Dios,  quiero creer en ti! Pero tú Señor, aquí, hablando conmigo, el Hijo único de Dios, cuyo nombre, por primera vez, me atrevo a pronunciar en voz alta.

-Otro listo: acaba de darse cuenta de que habla con El Mesías, y eso que sólo se lo ha insinuado tres veces –rugió Pedro.

-…tu, mi Dios, aquí, en una colonia perdida del Imperio romano, que eso y no otra cosa es lo que somos a los ojos de los hombres, de todos los que ignoran que Dios nos ha elegido como su pueblo. Yo hablando con Dios. Maestro, compréndeme, es tan difícil: ¿cómo puede el milagro convertirse en algo cotidiano, casi palpable?

Dicho esto, se levantó y se marchó sin despedirse, seguido por su criado, el campeón mundial de la mudez.

Juan aprovechó la ocasión para abalanzarse sobre las almendras e higos no tocados por el egregio visitante, que estaban diciendo: ¡Cómeme, ciudadano! Mientras, mi Señora Miriam se acercó a su hijo e intercambió unas palabras con él. Al finalizar, el Maestro se fue a bromear con Pedro sobre su espada, que siempre ceñía su túnica y sobre su reto a los pretorianos. Juan interpeló a Miriam con la mirada. Quería saber lo que había hablado con el Maestro.

-No me gusta que haya venido a verle de noche, a escondidas, como si mi Hijo fuera un delincuente. Pero ahora sé que no será la última vez que veamos a Nicodemo. Aún vendrá otra noche y otro día. Es cierto que aún siente vergüenza de que le vean en nuestra compañía. Aún siente vergüenza pero intenta superarla, y eso a mi Hijo le basta, así que a mí también debe bastarme. Como tú, Juan, Nicodemo tiene reservado un papel en este drama.

-¿Y el drama termina bien, madre?

-Termina estupendo Juan. De hecho, yo deseo que finalice cuanto antes, pero, ¡Ay Señor!, el nudo de la historia será terrible. Los ángeles lloran ante ese día.

-¿Los ángeles de Dios o los del averno?

-Los espíritus puros, claro. ¿Crees, acaso, que los otros saben lo que va a ocurrir? Son perspicaces pero les falta información y les sobran prejuicios. Los espíritus de Dios, ignoran los pormenores pero presienten que va a ocurrir, algo tan terrible como hermoso.

Juan iba a repreguntar, pero mi Señora Miriam se alejó. Y su hijo adoptivo sabía muy bien lo que eso significaba: nadie le sacaría una palabra más. Luego más tarde, en lo que vosotros conocéis como Sábado Santo, el pequeño Zebedeo, resucitaría su memoria de aquella noche en que tuvieron como invitado al prócer Nicodemo.

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Cuando Cristo en la cruz romana, tras haber cumplido todo los deberes que se había autoimpuesto para salvar a los hombres, mi Señora Miriam se quedó muy tranquila. De hecho, las mujeres que le acompañaban andaban estupefactas, como si llevaran impreso en la frente un interrogante insoluble. En especial María, la madre de Santiago, conocido como 'el menor', la madre de los Zebedeo, María Magdalena y Salomé. Es decir, las heroínas que no habían huido ante la 'vergüenza' del Dios caído y humillado. Le habían visto desencajada ante el tormento de su hijo y ahora no comprendían su actitud serena y alegre. Tampoco los discípulos, que, tras el entierro del Maestro, habían salido de sus escondrijos y se habían agarrado al único asidero que les quedaba: la madre del Maestro. Avergonzados por su cobardía fueron recibidos con afecto por mi señora Miriam, sin un reproche. Especialmente el recio Simón Pedro, que aprovechó para soltar una llantina como nunca le habíamos visto. Fue allí donde la madre de Jesús pronuncio unas enigmáticas palabras. Hizo levantar a Simón, le puso ante todos nosotros y exclamó:

-Él lo confirmará, pero recordad que, cuando mi hijo se marche, vuestro guía será Pedro: ya desde este instante, debéis obedecedle y guardarle fidelidad.

¿Cómo iba confirmarles nada un cadáver? ¿"Cuándo mi hijo se marche"? ¡Pero si ya se había ido! Estaba enterrado en una cueva, una cueva elegante pero cueva, en la misma ladera del Gólgota. Pero nadie se atrevió a preguntar.

Y Santiago obedeció como solo él, el único que podría reclamar el cargo de rector de la Comunidad, podía hacerlo. Se arrodilló ante el desprestigiado Simón, le cogió la mano derecha y prometió: "Pedro, haré lo que tu mandes". Y todos los demás le imitaron.

Pero antes había acaecido aquello. En la cima del Gólgota, poco después del óbito, parecieron José de Arimatea y Nicodemo, dos judíos poderosos, seguidores del Maestro a hurtadillas, por miedo a sus pares.

Hablaron con el centurión, quien merece mención aparte. Era el mismo oficial romano que había permitido el ensañamiento de sus hombres con Jesús durante el tormento de llevar la Cruz hasta el Gólgota, pero que, cuando el reo inclinó la cabeza y entregó el Espíritu, había exclamado: "Verdaderamente, este hombre era hijo de Dios".

José y Nicodemo le explicaron que habían hablado con Pilatos y que éste les había permitido dar sepultura al Maestro. El centurión no pidió prueba alguna de aquel permiso oficial, simplemente asintió a su propósito. Y es que, en el momento del fallecimiento, el centurión había sentido lo que en aquel mismo instante sintió toda la humanidad por primera vez: se vio en un espejo tal y como era… y se llevó un susto tremendo. Una especie de agonía mortal, sólo comparable a la última oportunidad de que goza el moribundo y que no todos aprovechan. Pero la singularidad del aviso consistía en que aquella generación no murió sino que permaneció en este mundo. Y aún habrá otro aviso antes de que caiga el telón de la historia.

Luego, secundados por sus criados, José y Nicodemo, se encargaron de descender a Cristo de la cruz. Tan sólo suplicaron, con la mirada, el plácet de mi Señora Miriam, quien, dirigiéndose a Nicodemo, exclamó:

-Debiste confiar en él antes, con la misma valentía que lo haces ahora, y que te ha ganado mi gratitud. Y este gesto, como el tuyo, José, será recordado por todas las generaciones hasta el fin de la nueva era que ahora comienza.

A partir de ahí, los dos prohombres demostraron estar habituados a dirigir equipos y mostraron que sabían honrar a los muertos. Venían pertrechados de sudario, mortaja, óleo y esencias. Se habían gastado muchos denarios en todo ello y, por primera vez, ambos tenían la sensación de estar haciendo la mejor inversión, precisamente la que el mundo no consideraría inversión, sino gasto. El entierro de Cristo tuvo el señorío que no habían tenido su proceso y su condena a muerte.

En el instante en que la rueda de piedra cerró la entrada de la cueva, el rostro de mi Señora Miriam se serenó y todos nos preguntamos el porqué. No tardaríamos mucho en averiguarlo.

(Jn 3, 1-21; 19, 38-42)

Eulogio López

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