Mariano Rajoy (en la imagen) lleva 16 meses en el poder. Recibió una herencia envenenada del socialista Zapatero ciertamente, pero lo cierto es que ya debería haberse dado el punto de inflexión por sus primeras medidas, que, en pocas palabras, consistieron en subir los impuestos. Ya no caben excusas sobre la actual situación: el paro se ha disparado y la demanda se ha hundido: conclusión, si la salida a la crisis se fiaba en 2012 para 2013 ahora se fía para 2014.

Así que está claro que la política económica del Gobierno Rajoy tiene que cambiar. Y encima ahora tiene aún menos margen para el cambio que cuando llegó a La Moncloa.

Sí, las alternativas de PSOE e IU son tan peregrinas que no merece la pena ni escucharlas. Pero eso no quita responsabilidad al PP.

Ese cambio tiene que ir por la defensa del emprendedor y de profesionales y microempresas. Podríamos resumir el giro necesario en permitir que cada cual encuentre su propia máquina de facturar, que cada español, sobre todo los jóvenes, busque crear su propia empresa. Para ello necesita crédito, pero, antes que crédito, necesita que le quiten burocracia e impuestos. En plata: o se rebajan los impuestos laborales y se sube el salario mínimo o no se creará empleo. O se reduce el impuesto de sociedades para emprendedores y micropymes o no habrá nada que hacer. O se reducen las tasas de todo tipo que asfixian a la pequeña empresa o nos olvidamos de la creación de empleo neto.

¿Y cómo se pueden reducir impuestos y luchar contra el déficit Pues no hay otra forma que reduciendo el tamaño del Estado y de las subvenciones públicas. Y no al rito del PP, sino a toda velocidad. Y sí, es posible que quien se atreva con eso sea un cadáver político en muy poco tiempo.

Rajoy tendrá que plantearse si quiere sacrificar su carrera política por los españoles o pretende sacrificar a los españoles para mantenerse en el poder el mayor tiempo posible.

Eulogio López

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