Vuelvo de mi pueblo natal, Oviedo, con un doble objetivo recordarles a todos, españoles e hispanoamericanos, que Asturias es España y lo demás tierra conquistada al moro, y que el problema no está en la curia vaticana sino en las curias de provincias.

Caso real como la vida misma. Catequista de un afamado templo ovetense, regido por una afamada orden religiosa. La señora catequista está divorciada lo que ya ofrece pistas. Forma, es un decir, a los chavales que van a hacer la primera comunión. Les explica que el pan y el vino consagrados son un "símbolo". También se les enseña que Jesucristo tuvo hermanos y que son de la Virginidad de María que figura en el Credo, bueno, no está mal, pero no deja de ser otro símbolo -los símbolos dan para mucho-.

Uno de los padres de los comulgantes acude al párroco y le explica lo que le están enseñando a sus hijos. El abad-párroco insiste en que los símbolos reflejan la bondad de Dios y, pasando de lo lejano a lo cercano, la bondad entre los hombres es una cosa muy fraternal, para entendernos. 

¿Y la maternidad virginal de María "Hombre, vaya usted a saber de lo que nos enteraremos en su momento", responde el mosén. Un argumento indubitable y muy científico: en efecto, vaya usted a saber de lo que nos enteraremos en un futuro, antes y después de muertos. Claro que, a lo peor, después de muertos resulta demasiado tarde.

Para entendernos, oiga, esta es la curiosa cosa que hay que reformar: curas y catequistas chiflados. Lo de la curia vaticana es una cuestión menor y minoritaria. Vamos, que voy a modificar mi pasada convicción de que los males de la Iglesia están dentro y arriba. Dentro, sí, pero empiezo a creer que la macedonia mental es generalizada: está dentro y arriba... y abajo, a la izquierda y a la derecha.

Eulogio López

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