Si una jurista del renombre de Pilar Bardem considera que la Sala del Tribunal Supremo encargada del caso debe dimitir, se acabó la discusión.

 

No seré yo quien apueste contra doña Pilar. Lo que ya resulta más curioso es que el acusado, el juez Baltasar Garzón, no crea en la justicia, bueno, en la Administración de Justicia. No se puede entender otra cosa si nos atenemos a las recusaciones de sus compañeros (todos están contra él) y a las maniobras dilatorias del juzgado. La última, en la mañana del martes, porque Garzón plantea cuestiones previas y pide que sea la Sala 61 sea quien decida el recurso en caso de condena por violar el secreto entre abogados y acusados en la trama Gürtel.

Es una barbaridad. Al estar aforado al Tribunal Supremo, debería ser juzgado en primera y única instancia por el propio TS. La Sala del 61 no tiene competencia para resolver apelaciones. Y así lo ha decidido los juzgadores, pero, en el entretanto, se sigue dilatando el proceso.

Es igual: los jueces ya están suficientemente coaccionados por el Grupo de la Ceja, los manifestantes que les tildan de fascistas, medios como El País y siga usted contando.

En cualquier caso, yo tampoco creo en la Administración de Justicia, pero es que yo no soy juez, sobre todo un juez como Garzón, empeñado en dirigir todos los casos con repercusión pública. Yo puedo no creer en los tribunales, sencillamente los soporto y trato de defender mis derechos, más bien mis posibilidades. Pero Garzón está obligado a creer, porque es juez y ha juzgado, y condenado, a mucha gente.

Por cierto, ¿se imaginan que todos sus acusados hubieran puesto las mismas pegas al ser juzgados que las que él ha interpuesto cuando ha pasado de juez a reo? Al parecer, para don Baltasar, el único juez justo que existe en España es Garzón.

De cualquier forma, el problema de Garzón es de egolatría. Como cantaba Cecilia, "si no fuera por miedo, sería la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro, con tal de dejar su sello".

Eulogio López

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