Sorprendente es una palabra muy poco indulgente para calificar lo que está sucediendo -y sobre todo, ha sucedido- en Andalucía.

Es la región europea con mayor tasa de paro, según los datos ofrecidos este martes por Eurostat. Y, a juzgar por la investigación de la Policía y de la Fiscalía Anticorrupción, es también, desgraciadamente una de las regiones más corruptas de Europa, salvando el Este, en cuya herencia post-comunista todavía pesan con fuerza los malos hábitos en los que degenera la economía planificada.

En Andalucía, que es el caso, nos topamos con un escalofriante porcentaje: 36,3 de cada 100 andaluces están en el desempleo. Esa hiriente radiografía social cuestiona muchas cosas. Aparte del drama en sí para tantas familias, deja un inquietante interrogante la propia recuperación económica en esa región.

Es evidente que los políticos que gobiernan esa comunidad -socialistas o comunistas, depende del momento, desde la Transición, hace la torta de años- tienen, no un poco, sino toda culpa de esa situación. Han gobernado con fuegos de artificio -eso es lo que han hecho durante años-, con inoperantes luces de bengala, con maniobras de distracción.

El problema prioritario en la  autonomía andaluza no está, por ejemplo, en las leyes antidesahucio -que, además, como casi todo lo populista, choca con la legislación europea-, sino en una política económica audaz que juegue todas sus bazas para que el PIB crezca: reindustrialización en las zonas que pudieron presumir en su día de ello, un turismo de calidad -con la defensa añadida del patrimonio, que incluye a la catedral-mezquita de Córdoba, sin entrar al trapo de insinuaciones ridículas-, un campo competitivo para dar salida a sus envidiables productos dentro y fuera de España. Pero no, ni Chaves, ni Griñán, ni, ahora, Susana Díaz, se pueden poner ninguna medalla. Andalucía es la autonomía eternamente estancada y ya está bien.

Paralelamente, esa cruda realidad incuestionable choca con el protagonismo creciente de la corrupción. El 'caso de los ERE' pasará a la historia reciente como la mayor trama corrupta que sufrido la España democrática. Más de mil millones de euros, que se dice pronto, han encharcado el bolsillo de políticos, sindicalistas, gente afín al Partido Socialista. La juez Alaya (en la imagen) sigue manteniendo vivo el sumario, con o sin secreto -más filtraciones en un caso son imposible-, con o sin presiones y de todos, del PP, como arma electoral, y del PSOE, para que deje de meter el dedo en su herida. Ahí sigue la juez, ella y su maletín, con su imperturbable caminar sobre guijarros de piedra.

Pero los ERE no van a ser lo último. Aparece ahora la investigación de un fraude masivo en los cursos de formación que ha eclipsado de repente tanto los realojamientos en los que se empeñan los comunistas de IU o el mismo pacto de gobierno y la estrategia probable del PSOE para seguir gobernando, pero solito. La Policía ha interrogado ya a más de 300 personas, sólo en Málaga, que asistieron a cursos que no se dieron. El escándalo es especialmente grave en Almería y Granada. Hablamos de nuevo de fraude de decenas de millones de euros. Hay más datos -escalofriantes, como los del paro-: el 89% de las ayudas concedidas en 2009, aunque el periodo de investigación abarca seis años: de 2007 a 2013, años en que la Junta destinó 2.000 millones a formación. Hasta se crearon empresas simplemente para captar esos fondos…

Urge una reflexión sensata. La corrupción y la pobreza son más propias de otras latitudes. No es sólo la añoranza por el trabajo bien hecho el único agujero, sino otro, más grande y decisivo: la ausencia de ética -política personal, social y empresarial- para gobernar con los cánones que marca el bien común, sobre el cimiento de unos valores que los andaluces tienen, pero que sus gobernantes aparcan al capricho del rumbo de un partido concreto, el socialista, en el que son los que más pesan para todo, como se ven en cada uno de sus congresos. ¡Porca miseria!

Eulogio López

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