Óscar Puente es un ministro desastroso y es un ministro injuriador. Y en ambas cuestiones merece un sobresaliente. 

Como ministro-desastre, porque no se crean que es tan sencillo acabar en unos pocos años con la alta velocidad española que, durante mucho tiempo, se llevaba la medalla de oro en reputación tecnológica. En España podían fallar muchas cosas, pero el AVE no fallaba nunca. Hasta que llegó Óscar Puente. Hoy el AVE es sinónimo de chapuza.

Como ministro-matón, insultador, injuriador, prepotente y, sobre todo, una auténtica víbora de las redes sociales, también se merece un notable alto. Mejor, el sobresaliente. ¡Pero qué bien insulta don Óscar! Los vídeos de las redes sociales le presentan como un simio gigante o como un macarra, pero deberán reconocerme que, además de todo eso, el ministro Puente posee el virtuosismo del asesino profesional. Cuando habla no es elegante pero cuando mata, sí. Me descubro ante su pericia.

Relacionado

Lo único que me asombra, es que su excelencia en el desastre y su agudeza en el insulto, ambas cosas al unísono, chocan con la imagen que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, intenta dar de sí mismo: un hombre que se guía por el rigor y, que no se me olvide, la evidencia científica (si es evidente no es científico y si es científico es porque no es evidente), y un pobre hombre, zaherido por el vendaval reaccionario mundial, que apenas levanta la voz para recordarle a sus adversarios, la fachosfera, lo errados que andan por el mundo.

O estilo Sanchez o estilo Puente: ambos al mismo tiempo, es algo difícil de casar, hasta para el poderoso y sin duda cualificado, equipo de propaganda de Moncloa, el mejor de toda la historia democrática española.