Ignacio S. Galán es un gran empresario que no respeta a las personas, porque considera que todo hombre tiene un precio... y no precisamente el de sus principios o ideales. 

Más que inmoral, Galán es amoral... Es más, es un fiel cumplidor de las normas mercantiles -que no me cojan en un renuncio-, pero considera que las normas morales son cosa del pasado y que, en cualquier caso, evolucionaron con el tiempo. Si el nuevo mandamiento es el medio ambiente, la adoración del planeta, se coloca una corbata verde, que convierte en bandera ecologista y corporativa y hemos terminado. Y si ahora mismo hay que resucitar la energía nuclear, pues se resucita y en paz. Y no porque crea en la energía nuclear; en lo único que cree Galán es en su carrera. Y ha sido un gran gestor, no lo duden.

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Si el feminsimo se convierte en principio moral, con el dinero de sus accionistas, patrocina la selección femenina de fútbol y se deja fotografiar con las nuevas estrellas del fútbol femenino, aunque antes le tengan que explicar que el balón de fútbol es redondo. 

El problema es que esto de separar al hombre del gestor, una práctica de apariencia lógica, jamás funciona, porque la esquizofrenia resulta de lo más ineficaz.

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Eso sí, es un personaje de lo más familiar: de hecho, Iberdrola se sigue gobernando, desde el mediodía de los viernes hasta el mediodía de los domingos, en su finca salmantina, con su esposa y, sobre todo, con otros tres elementos: su yerno, David Mesonero y sus dos hijos varones, Ignacio Sánchez Galán García-Tabernero, y el pequeño, ingeniero como su padre, Pablo Sánchez Galán García-Tabernero

Los tres ya trabajan en Iberdrola. El problema es que el más joven, a quien el padre quisiera ver al frente de las infraestructuras es el que necesita aún años para formarse... y su padre ya ha cumplido los 75.

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El otro problema es que los fondos presentes en el accionariado de Iberdrola, que son los únicos a los que respeta Galán, no son muy amantes de las dinastías. Ahora bien, Galán les ha hecho ganar mucho dinero.

Por tanto, Galán puede ceder la presidencia a su yerno o a uno de sus dos hijos: el problema es que se le acaba el tiempo.