Decía Chesterton (perdonen pero hace por lo menos una semana que no le cito): "Los credos deben estar en desacuerdo, esto es lo divertido de la cuestión. Si yo pienso que el universo es triangular y usted piensa que es cuadrangular no va haber lugar para dos universos".

Y así, concluye el amigo Gilbert de la siguiente guisa: "La tolerancia moderna es realmente una tiranía. Es una tiranía porque es un silencio. Decir que no debo negar la fe de mi oponente es decir que no debo discutirla". Sí, el silencio es la primera y más profunda manifestación de la tiranía.

Y existe una denuncia aún más grave: "Pero en estas asambleas modernas, que se supone que son tolerantes y científicas, se ha difundido un acuerdo general y tácito de que no debe haber ninguna aserción o negación violenta de una fe. Esto no es solo hipocresía, es una falta de practicidad, porque no se va al grano. Es absurdo tener un debate sobre religiones comparadas si no se las compara".

En efecto, hay que romper ese mandato 'científico' si queremos regresar al sentido común desde los territorios de la locura. Si algo es blanco no puede ser negro y si algo es negro no puede ser blanco: ¿Hasta cuándo tendremos que seguir reivindicando la obviedad.

Por ejemplo, islam y cristianismo son incompatibles. El cristianismo se basa en la filiación divina: Dios es padre. Para el musulmán llamar Padre a Dios es una blasfemia. No se necesita decir nada más.

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Al menos, que el mito de la tolerancia no impugne el principio de contradicción. Recuerden que la verdad protesta contra todo aquello que se oponga a la siguiente proposición: dos más dos son cuatro. La verdad es muy intolerante.