Esta semana, no sólo he seguido la información suministrada por mis medios favoritos, sino que he ampliado la panoplia a otros medios muy diversos. Pues bien, al contemplar el panorama de la situación del mundo y específicamente la de nuestro país, y reflexionar sobre ellas, cabe concluir que el mal, en sus diversas facetas, avanza inexorablemente y parece triunfar sobre el bien.
En el orden político, sin ánimo de ser exhaustivo y a vuela pluma, podríamos hacer referencia a la enorme extensión de la corrupción institucional del partido que nos gobierna, cada vez con más ramificaciones y con más personas y empresas públicas y privadas implicadas; al peligro que supone para la convivencia y la identidad de España la regularización masiva y descontrolada de inmigrantes ilegales; al enorme fraude y a las consecuencias imprevisibles de la “ley de nietos”; y a la situación de incertidumbre respecto al futuro que todo ello plantea.
En otros órdenes, en especial en el de los fundamentos éticos de toda sociedad, cabría destacar la generalización de la mentira en todas sus formas; el aumento exponencial de la discordia entre hermanos; el incremento de los abortos y las eutanasias; la propaganda masiva de la ideología de género; y la corrupción de distintas maneras de la infancia y la adolescencia.
En el orden político, sin ánimo de ser exhaustivo y a vuela pluma, podríamos hacer referencia a la enorme extensión de la corrupción institucional del partido que nos gobierna
Y, en el orden espiritual, por resumirlo en pocas palabras, la constatación de una generalización del cinismo y la hipocresía, de la apostasía, y de la blasfemia contra el Espíritu Santo.
Un amigo, muy buena persona y que está enormemente preocupado y triste por esta situación, hasta el punto de estar planteándose “huir” de España, tras achacar todos estos males a la masonería globalista que inspiraba, apoyaba y estaba detrás de sus “actores” españoles, se preguntaba -y me cuestionó también a mí- que cómo habíamos llegado hasta estas cotas de maldad.
Tras matizarle sus afirmaciones primeras, en las que inevitablemente tuve que citar a Dostoievski -“Si Dios no existe, todo está permitido”; “la historia de la Humanidad es la historia de la lucha entre el bien y el mal que se da en el corazón de cada hombre”-. Y le comenté, expresado de modo muy sintético, que el diablo no sólo utiliza las ideologías anticristianas y los ritos mefistofélicos, sino también las pasiones humanas innobles, sobre todo la avaricia, la soberbia u orgullo y la lujuria, para que los hombres sean fieles instrumentos de sus fines maléficos.
Tras una pequeña pausa, y sorprendiéndole con el giro argumental, concluí, esta vez citando a Edmund Burke -“para que el mal triunfe solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”-, que, sin embargo, la causa fundamental de la situación en la que nos hallamos ha sido y es la tibieza e incoherencia de la mayoría de los que tenemos, por fe y razón, la obligación de proclamar y defender la verdad -que también consiste en desenmascarar la mentira- y de vencer el mal con el bien.
En el orden espiritual, por resumirlo en pocas palabras, la constatación de una generalización del cinismo y la hipocresía, de la apostasía, y de la blasfemia contra el Espíritu Santo
Las omisiones de “los buenos” son muchísimas y abarcan todos los ámbitos de la actividad humana, desde la política a la educación, pasando por los medios de comunicación. Y, además, vienen muy de lejos.
Ciñéndonos a los comienzos del conocido como “Régimen del 78”, cualquier persona sensata puede maravillarse de que, en un país de identidad y tradición secular católica, con un 95,1 por ciento de la población que en ese año se declaraba creyente, en su nueva Constitución no hiciese referencia alguna a Dios. Y que, además, no se hayan recogido en ella principios de la Doctrina Social de la Iglesia tan claves como, entre otros, el de la subsidiaridad, el de limitación del poder y el de la responsabilidad ética y social de los actos políticos, teniendo como referente primordial la dignidad humana y la autonomía de las distintas realidades previas al orden político…
No se puede saber las repercusiones que ha tenido en nuestro país el desprecio manifiesto al Creador y Redentor nuestro en su Constitución, pero sí las que ha originado el no atender a esos determinados principios cristianos. De hecho, el sistema que se creó y que se ha desarrollado posteriormente no es, de hecho, una auténtica democracia, sino el de una partitocracia que, poco a poco, por falta de fundamentos y contrapesos éticos y de controles institucionales de su poder, ha devenido en una caquistocracia cleptocrática y cercana al totalitarismo, tal cual es hoy.
La causa fundamental de la situación en la que nos hallamos ha sido y es la tibieza e incoherencia de la mayoría de los que tenemos, por fe y razón, la obligación de proclamar y defender la verdad -que también consiste en desenmascarar la mentira- y de vencer el mal con el bien
Otro ejemplo sangrante donde “los buenos” han estado “dormidos”, mientras los lacayos del diablo sembraban las semillas del mal, como expresa la parábola del Señor, es en las leyes sobre el aborto. Hay bastantes testimonios coincidentes en afirmar que uno de los padres de la Constitución, el socialista Gregorio Peces-Barba, se manifestó abiertamente contrario acerca de que se hiciera mención en ella a la Iglesia Católica. Sin embargo, parece que fue menos combativo en oponerse al artículo 15 que comienza diciendo que “todos tienen derecho a la vida”.
Cuando otro socialista le reprochó esa actitud poco beligerante contra la vida, y que eso imposibilitaría la aprobación del aborto, el ponente constitucional le respondió que no se preocupara, pues eso dependía de cómo se interpretara por quien tuviera el poder.
Lógicamente, desde que el Partido Socialista alcanzó el poder ha tenido como una de sus prioridades avanzar en el negocio diabólico de la muerte. Sin embargo, como todos sabemos, el Partido Popular, que durante años ha sido el que se llevaba la mayoría del voto católico, no ha sido fiel a las convicciones de su electorado ni a la de una parte de sus afiliados y parlamentarios cuando ha detentado el poder, pues sus dirigentes no han tenido el mismo afán por defender la vida que por agradar al “Regresismo” del Nuevo Orden Mundial.
En este sentido, es aún más triste que durante los años en que había una mayoría conservadora en el Tribunal Constitucional y algunos magistrados eran conocidos como católicos comprometidos, éstos no hicieran nada por declarar la inconstitucionalidad manifiesta de las leyes abortistas socialistas.
No encuentro un ejemplo mejor y más triste para dar la razón a Edmund Burke.
Sin embargo, no nos podemos quedar en la añoranza de lo que podía haber sido, sino en la convicción de que hay que seguir batallando por la Vida, la Verdad, la Justicia y la Libertad. Y como la batalla es, primeramente, espiritual, por si Usted no pudo leer Hispanidad estos días pasados, le recuerdo que el Papa nos pide a todos, como intención especial para este mes de julio, que recemos por el respeto y protección de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural.