No lo digo yo, lo dice San Pío X, cuya festividad hemos celebrado el pasado jueves 21. Como en todos los grandes papas, los Papas santos, Pío X, de origen más que humilde, pobre de solemnidad, unía un amor profundo con una sabiduría inconmensurable. Empecemos por lo segundo: es el Papa que emitió la encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907) contra el modernismo, conocida como la herejía madre de todas las herejías modernas y que, con perdón de los teólogos, yo traduzco como un cristianismo de mentira, bueno para la historia, el arte y la ciencia pero, en todo caso, uan semificción, una carcasa sin contenido.
Pero al mismo tiempo, a Pío X se le conoce como el Papa de la Eucaristía, por dos motivos: animó a la comunión diaria -no sólo en día de precepto- y a que los niños recibieran la primera comunión cuanto antes, a los siete años de edad, en cuanto tuviera "uso de razón".
Sí, ya sé que la eucaristía diaria no la inventó Pío X en el siglo XX. Ya el bueno de Ambrosio de Milán, siglo V, apostaba por la comunión diaria, por lo mismo: "La Iglesia vive de Eucaristía (Karol Wojtyla, es decir, San Juan Pablo II) o "La Eucaristía hace la Iglesia" (Jorge Bergoglio) pero es Pío X quien lo pone negro sobre blanco.
Y lo dicho: lo que más me sorprende de la práctica católica habitual es que mientras disminuye el número de los católicos que acuden a misa en día de precepto, unido a que los que reciben la comunión duplican a los que se confiesan (los confesionarios crían telarañas) es que lo que sí aumenta es el número de católicos que acude a misa a diario.
Y dado como están las cosas, yo creo que el propósito de todos los cristianos debería ser ese: vivir de Eucaristía, comulgar a diario. Tampoco es tan difícil y, además, es lo lógico.