Desde que era muy joven he tenido una aversión profunda al hecho de hablar sin saber, de opinar de algo sin tener la menor idea. Posiblemente, tal actitud tuvo mucho que ver con que, al acabar la Licenciatura en Ciencias de la Información, eligiese dedicarme a investigar y enseñar la documentación periodística y, tras ella, la desinformación y la manipulación, la ética informativa, una Teoría del Periodismo como saber prudencial…
Los que hayan leído algunos de mis libros y artículos sabrán que, dentro de los efectos desinformativos del periodismo objetivista, me he referido a la “opinionitis” como una de las enfermedades del Periodismo, cuyo virus ha ido poco a poco infectando a la entera sociedad. Y que, como no ha habido una vacuna educativa eficaz para paliarla o frenarla, hoy adquiere carácter de epidemia global.
El que todo el mundo se permita opinar de si Florentino Pérez ha hecho bien o mal sustituyendo a Xabi Alonso por Álvaro Arbeloa, y de otras muchas cosas por el estilo, no es grave. Es más, puede ser, en algunos aspectos, hasta bueno. Por lo menos, para los dueños de los bares. Pero ya la cosa cambia cuando se trata de la honorabilidad de las personas e instituciones, donde se puede aplicar aquello de la maldad de los “juicios temerarios”, que aprendimos desde niños los de mi generación y que a día de hoy se puede aplicar, por ejemplo, al caso de Julio Iglesias, donde especialmente ciertas televisiones han pecado con una alevosía tremenda. Y, tras ellas, muchos telespectadores.
Ese opinar sin tener los datos pertinentes, y sin aplicar la reflexión previa a todo juicio ponderado, puede hacerse también con la mejor intención y con los mejores deseos de bien, producto del entusiasmo por alguna realidad emergente.
Tal es el caso de algunos artículos periodísticos y comentarios en redes sociales, dentro del universo digital de índole católica, sobre el renacer de la fe en los jóvenes, que se han dado esta semana a raíz del macroencuentro de oración, alabanza, testimonio y música, denominado Llamados-Unidos hacia el 2033, que tuvo lugar el lunes 12 en Madrid.
Uniendo lo sucedido en ese encuentro, con las actuaciones y el auge del éxito del movimiento Hakuna o de los retiros Effetá, con el aumento de youtubers e influencers católicos en las redes, con Rosalía y la película Los Domingos, y con alguna cosa más que ahora no recuerdo, algunos articulistas han deducido que España, por fin, vuelve a ser católica por la fuerza y el ímpetu de esos jóvenes; que esa “primavera de la Iglesia”, esperada tanto tiempo, está a punto de llegar...
Mientras que algunos comentarios a estas opiniones entusiastas y de buena fe, ante los mismos hechos, opinaban que todo eso era pura moda y mero marketing; o que era una consecuencia clara de la protestantización de la Iglesia; o que esos jóvenes representan un porcentaje mínimo de la población y, además, en cuanto se encuentren con las dificultades de la vida, con la cruz y el esfuerzo, dejarán de cantar y bailar; o, incluso, que muchos de esos jóvenes hacían compatibles los cantos de alabanza con la promiscuidad sexual, lo cual puede ser difamación o calumnia.
Lógicamente, también ha habido opiniones “intermedias”, que se alegraban mucho de ese renacer del testimonio católico de muchos jóvenes, pero que eso podía ser una golondrina que no hace verano.
Ahora bien, lo que ha caracterizado por igual a los tres grupos es la carencia de datos y de estudios que avalaran sus opiniones. Y algunos pueden argüir que no han encontrado esa documentación.
Pues bien, hace unas dos semanas ha aparecido un número especial de la Revista de la Facultad de Comunicación Institucional de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma, Church, Communication and Culture, que recoge, en inglés y español, los resultados de una investigación de varios años, pilotada por el profesor español Norberto G. Gaitano, sobre la fe y la religión entre los jóvenes de ocho países, realizada, con una intencionalidad, un esmero, una preparación, una metodología y un rigor científico admirables.
Uno de esos países es España. Por lo que, a partir de ahora, quienes se interesen, opinen y escriban sobre este tema ya no podrán tener la excusa de que no hay documentación alguna sobre la fe de los jóvenes en nuestro país y, si sirviera para algo, podrían incluso compararla con la de otros países de diversos continentes y tradiciones.
Además de como documentación fehaciente y necesaria sobre la que basar las opiniones, que ya no serían producto de impresiones y buenos deseos en el mejor de los casos, ni de prejuicios y fobias en el peor, para lo que este magnífico estudio sociológico sirve también, primordialmente y con total seguridad, es para dar luz a la reflexión sobre los desafíos significativos a los que deben enfrentarse todos aquellos que tienen que ver con la formación espiritual, moral y cultural de los jóvenes, desde los Obispos a los catequistas, pasando por los profesores de universidades católicas y los directores de movimientos o grupos como los precitados al principio de este artículo.
Pues bien, lo más necesario y urgente, es que, además del encuentro con Cristo en la Eucaristía, de la mano de Su Madre y Madre nuestra, formen su conciencia según la ley moral, pues muchos que dicen tener fe y devoción y cumplir algunos mandamientos no la siguen, sobre todo en materias de sexo y natalidad
Como no quiero hacer algo así como un “spoiler”, pues pienso que todas esas personas deben leer si no el estudio entero, al menos el artículo que contiene los resultados y las conclusiones, fijándose especialmente en el caso español, no voy a enumerar tales conclusiones, desgajadas de su génesis y contexto.
Pero sí quiero poner énfasis en lo que, a mi entender, tras leer detenidamente este magnífico estudio, y atendiendo especialmente a las principales carencias de diversa índole de los jóvenes que en él se constatan, es urgente promover para que esos indicios claros de un renacer entre los jóvenes de la búsqueda de la fe que da sentido a la vida (que, en efecto, son ciertos y esperanzadores) no se quede en agua de borrajas, sino que se conviertan en una maravillosa realidad de aumento de familias cristianas fecundas, de vocaciones sacerdotales y religiosas y de excelentes profesionales en todos los ámbitos que, con la Gracia divina, actúen con coherencia cristiana en la vida pública, siendo adalides en la defensa de la Vida, la Familia, la Justicia, la Concordia y la Libertad.
Pues bien, lo más necesario y urgente, es que, además del encuentro con Cristo en la Eucaristía, de la mano de Su Madre y Madre nuestra, formen su conciencia según la ley moral, pues muchos que dicen tener fe y devoción y cumplir algunos mandamientos no la siguen, sobre todo en materias de sexo y natalidad. E integren libre y reflexivamente, en su belleza original, la armonía entre Fe, Razón y Corazón en todo su obrar, pues ahí también se observan fallos evidentes.
Y para eso, no se me ocurre nada mejor que, junto con la lectura de la Biblia, estudien detenidamente, con buenos maestros y en un ambiente adecuado, el Catecismo de la Iglesia Católica, el maravilloso legado que nos dejó San Juan Pablo II. Y como lo he escrito con esa finalidad catequética y el director de Hispanidad piensa que lo debería leer todo el mundo, no les vendría nada mal que leyeran el libro Aquel que se salva, sabe. Breve diccionario de palabras de Luz. Ahí, por cierto, entre otras muchas verdades y bondades, explico detenidamente la necesidad y la maravilla de saberse y vivir el Catecismo.