La pornografía, en su acepción clásica, remite a la exposición explícita del sexo muy lejos de la intimidad de un vínculo de vida y desde luego de significado humano trascedente. Pero hoy en día, su sentido ha evolucionado hacia muchas más y hoy lo pornográfico es todo aquello que admite la exposición total de la persona, la eliminación de lo simbólico y la reducción de lo humano a lo inmediato, convirtiéndolo en un producto de consumo con ciertas dosis de adicción, y vale para casi todo como la violencia, las emociones de alegría o tristeza, la política o la estética entre otras muchas cosas.
En ese desplazamiento conceptual, los medios de comunicación se han convertido en uno de los escenarios más fértiles de esta forma de degradación, que es la pornografía informativa. Sí, el pornoperiodismo está de moda, una moda impuesta desde arriba y asumido con rapidez por el miedo a la crisis financiera de las entidades mediáticas.
El periodismo, en su esencia, nace de un principio de autoridad muy concreto: la búsqueda y comunicación de la verdad contrastada. No de la verdad que conviene, sino de la verdad sometida a la verificación y la responsabilidad de ser el emisor. Y este principio es su pura esencia moral y cuando se abandona, el periodismo deja de ser periodismo y se convierte en propaganda.
El problema no es únicamente ideológico —toda línea editorial implica una cosmovisión—, sino estructural. Muchos medios han dejado de perseguir la verdad y no es importante informar, si no dar consignas e interpretar previamente los hechos desde su óptica mediática. No investigan ni contrastan porque solo importa el efecto final, no la verdad.
Los programas presuntamente dedicados a informativos de 'Mañaneros 360', presentado por Adela González y Javier Ruiz, y el de 'Malas Lenguas', dirigido por Jesús Cintora, son ejemplos muy destacados por su alto voltaje de pornoperiodismo. Así como el de 'La Revuelta', conducido por David Broncano
Siguiendo con el símil de la pornografía -todos sabemos que es un espectáculo basado en actos sexuales explícitos- donde ellos y ellas son actores que cobran por hacer un papel determinado en un guion de escaso diálogo, en que cobran lo que cobran porque están poniendo precio a su dignidad personal a pesar de estar mancillando uno de los actos más hermosos e íntimos entre personas que se aman. Con los medios de comunicación, especialmente en televisión, sucede lo mismo, son actores que siguen un guion, esta vez sí, con más diálogo, pero que, como los anteriores, cobran lo que cobran porque ponen precio a su dignidad personal y profesional, a pesar de estar mancillando una profesión que exige una deontología por excelencia. El periodismo, como el amor en la pornografía, es reducido a la nada.
La diferencia es que las consecuencias aquí son mucho más graves. Porque si la pornografía sexual degrada la intimidad, el pornoperiodismo informativo degrada la verdad pública. Y sin verdad pública, no hay libertad ni democracia posible.
En este contexto, el fenómeno más preocupante no es la mentira abierta —que puede ser identificada y combatida—, sino la proliferación de lo que llamamos pseudo-mentiras. No se trata de engañar con descaro, sino de construir una percepción. Y eso es más eficaz, pero también más corrosivo. El resultado es una sociedad crecientemente polarizada, porque los medios no solo informan sobre el conflicto, sobre todo lo alimentan porque saben que el conflicto vende, moviliza y fideliza audiencias —como la pornografía—.
Dentro de este panorama, el caso de RTVE resulta especialmente perverso. No porque el fenómeno sea exclusivo —ni mucho menos—, sino porque lo hacen desde la financiación pública, con sus impuestos y los míos. Al tratarse de un medio público, adquiere una dimensión de ética distinta.
Los programas presuntamente dedicados a informativos de 'Mañaneros 360', presentado por Adela González y Javier Ruiz, y el de 'Malas Lenguas', dirigido por Jesús Cintora, son ejemplos muy destacados por su alto voltaje de pornoperiondismo. Así como el de 'La Revuelta', conducido por David Broncano, dedicado al entretenimiento, otro ejemplo muy determinante de cómo desde la pantalla se puede estar haciendo política subliminal a través de la proliferación de lo que ya hemos llamado pseudo-mentiras con las noticias, chistes o ciertos “derechos de expresión”, proporcionando enfoques sesgados, cancelaciones muy significativas o interpretaciones de la realidad para alcanzar finalmente una conclusión determinada.
¿Es el periodismo veraz y objetivo? La percepción creciente de que determinados espacios informativos y de entretenimiento responden al alineamiento político y no a criterios periodísticos, es un síntoma de deterioro institucional. Cabe preguntarse si cumplen con la función que justifica su existencia, es decir, servir a la sociedad con criterios de pluralidad, rigor y neutralidad. Este desfase entre relato y realidad es, de nuevo, profundamente “pornográfico” en el sentido ampliado del término.
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿es reversible esta deriva? ¿Puede el periodismo recuperar su función original? Sin duda la respuesta pasa por un elemento clave: la recuperación de la dignidad profesional. Del mismo modo que la crítica a la pornografía apunta a la mercantilización de lo íntimo, la crítica a la pornografía mediática señala la mercantilización de la verdad. Mientras informar siga siendo menos rentable que persuadir, la tentación de convertirse en un actor pornomediático será enorme, casi irrenunciable.
Quizá parte de la crisis del periodismo no radique únicamente en la caída de las ventas en papel, ni en la disrupción publicitaria provocada por plataformas tecnológicas. Quizá, y conviene decirlo sin rodeos, resida también en una decisión individual que afecte a lo colectivo.
Al final, la pornografía —sea sexual o mediática— existe porque hay quien la produce, pero también porque hay quien la consume. Y en esa relación, ambos lados comparten responsabilidad.
La vida ética (Encuentro), de Giuseppe Capograssi. Propone una fenomenología de la acción humana y retrata al individuo contemporáneo en una época «metafísica» y especialmente reveladora de sus impulsos, tanto constructivos como destructivos, en su desafío al orden moderno y su afán de empezar de nuevo. En estas páginas el lector hallará una mirada lúcida al cambio de época que estamos viviendo y que tanto necesitamos comprender para, precisamente, poder vivir.
¿Tiene futuro la verdad? (Almuzara), de George Steiner. Por primera vez, la humanidad afronta un desafío radical en la búsqueda de la verdad, que entra en tensión con ideales como la justicia social e incluso la supervivencia. Ya no se trata de riesgos individuales, sino del futuro mismo de la sociedad. Steiner reflexiona con lucidez sobre este dilema, recorriendo historia, literatura y pensamiento para ofrecer una visión profunda y erudita sobre el destino de la verdad y del ser humano.
Ética del periodismo (U. Barcelona), de Norbert Bilbeny García. En este ensayo se exponen y fundamentan los principios esenciales que orientan una práctica libre y responsable: veracidad, independencia, servicio al interés público y justicia. El libro muestra con claridad la conexión entre profesionalidad y ética, clave en un contexto marcado por la digitalización, la concentración mediática y la crisis de identidad del sector. Su enfoque trasciende el periodismo e interpela al conjunto de la sociedad contemporánea.