¿Guerra de religión? Todas las guerras son religiosas, decía Chesterton. La de Irán lo es: un cristiano, Donald Trump, un judío, Benjamín Netanyahu, se enfrentan al islam chiíta. 

Y esto resulta ilustrativo, que no definitivo: recuerden que el mayor enemigo del cristianismo no es el islam sino el panteísmo oriental que adora a un qué, no a un quién, con lo que la desesperación de chinos e indios está así asegurada y que, además, ha llevado a la blasfemia contra el Espíritu Santo y, en Occidente, a la desacralización de la Eucaristía, las dos claves de nuestro tiempo.

La degenerada Europa no puede resistir el avance musulmán, que algo tiene de panteísmo, y otro algo de bárbaro, ni mucho menos del panteísmo profundo que viene de Asia, y no puede porque esta Europa no niega a Dios sino que reniega de Dios

Por eso me gusta Donald Trump -por otras cosas me disgusta-: es un hombre que cree en el Dios personal, el único Dios verdadero, el tipo de personaje que no se preocupa de creer en Cristo sino de amar a Cristo.

No tengo claro que haya acertado al atacar a Irán, pero sí tengo claro que tiene razón al hacerlo. No es justo iniciar una guerra, pero tampoco es justo una paz marcada por la injusticia y el liberticidio. Ni un mundo marcado por el derecho internacional que permite la sedimentación de la injusticia en todo el mundo.

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Pero eso, en esta guerra de religión yo digo que deben ganar el cristiano y el judío -nuestros hermanos mayores en la fe- y que deben perderla el musulmán y, sobre todo, el panteísta.