Hay muchas cosas que nos enorgullecen, pero no justamente a las que recurren las autoridades en el poder para ocultar justo lo que más despreciamos. Por eso, la propagación de los incendios es algo sintomático. Estamos perdiendo el control tanto a nivel operativo como ejecutivo y humano, en sentido literal y figurado. La desesperación guarda instrucciones que nunca llegan y, en medio, las disputas entre mamarrachos. En una emergencia de máximo estrés es intolerable el cruce de acusaciones, los insultos y la propaganda política. Y aunque el fuego pueda ser regenerador no se termina de apreciar. Al contrario.

Porque con tanto fatalismo, negamos el uso, el destino y el afán patrimonial de nuestros atributos. Lo cortés no quita lo valiente, y más si se trata de regalos de reyes de Oriente, como el oro, la plata y la mirra que llegan al pesebre. Hay una superestrella que llegó con fortuna al expresidente ZP. A otros le llegan a base de cortejar con dinero público puestazos en la OIT. Digo bien la OIT y no la OTI que es un festival de música que mejor encajaría nuestra vicepresidenta porque se sentiría como en casa. Siendo ministra se encargó de enarbolar la bandera de la “abolición del trabajo”. Al frente del organismo de la ONU promete ahora trabajar por el trabajo y los trabajadores de la clase trabajadora en los cinco continentes, pero lo justo como en España, que allí desde Ginebra hay muy buenas boutiques cercanas para visitar. 

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Comprar la OIT no es como comprar a los sindicatos españoles que han estado enmudecidos y sin huelgas –ni siquiera por las nefastas condiciones de los bomberos– preparándose para movilizarse cuando gane la derecha. Pero siempre hay un mamarracho que estropea la faena por culpa de la UME. A falta de harina está la OTAN, como bien recurrió Alemania en unas inundaciones históricas en el país en los 80. 

En una emergencia de máximo estrés es intolerable el cruce de acusaciones, los insultos y la propaganda política

Aquí preferimos optar por las bofetadas ideológicas mientras incineramos miles de hectáreas este año y el anterior y el anterior y el siguiente. No escarmentamos ni cuando hay sequía ni cuando llueve en exceso y luego llegan las olas de fuego del verano. Los incendios al parecer son ahora más propios del cambio climático que de pirómanos y del nefasto mantenimiento desde hace lustros de nuestros montes, bosques, rieras y campos. Hay propietarios que se llenan la boca de ira cuando muchos no desbrozan sus parcelas y practican la pirojardinería.

Ni en el más absoluto descontrol de la naturaleza hay voluntad de arrimar el hombro y ayudar, a pesar que alguien se encargó de gritar: “Si quieren ayuda, que la pidan”. Pero cuando la piden, no llega.

Todas las negligencias y atascos pasan por el mismo patrón: nunca arriban los fondos públicos para su prevención, actuación, extinción y/o ayuda a las víctimas. Sea la pandemia, la DANA, el volcán de la Palma, el gran apagón, los accidentes ferroviarios o los afectados por la invasión de migrantes.

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A pesar de todas las miserias y penurias, somos un país de envidia. Y no solo por ganar el Mundial de la FIFA 2026. A diferencia de los cánticos de sirena de Pedro Sánchez, nos quieren, admiran y enaltecen por el país tan fabuloso que tenemos pero que no apreciamos, cuya calidad de vida no tiene parangón en casi ningún otro punto de Occidente. Prueba de ello son los más de 100 millones de turistas que cada año llegan a España. Muchos de ellos si pudieran se quedarían a vivir aquí, o flirtean con hacerlo cuando puedan. 

Somos un pueblo generoso, afable, divertido, envidiado que sabe vivir, gozar y trabajar para vivir, ejemplar en el deporte, de reconocida gastronomía mundial, paisaje, sociable, con muchas ventajas climáticas, con la mayor esperanza de vida del mundo, primer donante de órganos humanos del planeta, adopciones, con la dieta mediterránea más saludable, así como con un reconocido alto potencial creativo, flexible y resiliente ante las adversidades. 

Tenemos a los mejores artistas, cocineros, enólogos y especialistas médicos del mundo, aunque muchos se ganen las medallas y reconocimientos fuera de nuestras fronteras. Contamos con algunas de las mejores infraestructuras del mundo, vanguardia en tecnología (por ejemplo, renovables) y estamos en el podio mundial de bienes declarados Patrimonio de la Humanidad. Sin ser tan ricos como otras potencias, nos permitimos el lujo de costear una sanidad pública universal sin precedentes aunque esta osadía ideológica nos pase pronto factura y fracture las cuentas públicas.

La transición a la democracia después de 40 años de dictadura fue ejemplar para medio universo hasta que todo se estropeó con un tal ZP. Por eso en algo nos señalan con el dedo: nuestra funesta clase política. Llevamos siglos peleados como decía el canciller de hierro alemán Otto von Bismarck en 1870: “La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverá a ser la vanguardia del mundo”. 

La transición a la democracia después de 40 años de dictadura fue ejemplar para medio universo hasta que todo se estropeó con un tal ZP

Pese a todo, descubrimos América, fuimos Imperio sin que se pusiera nunca el sol, creamos la primera divisa del mundo (el Spanish dollar), el español es uno de los idiomas más hablados del planeta….y aunque perdimos las últimas colonias en la guerra de Cuba contra EEUU en 1898, en la primera potencia del mundo que administra Trump más de 60 millones de hispanos hablan hoy español.

Más recientemente en la historia, infiltramos espías españoles en la II Guerra Mundial que lograron el principio del fin con el Desembarco de Normandia, combatimos en la guerra fría mientras que actores anónimos salvaron a miles de judios de la muerte segura en los campos de exterminio nazi.  

El problema hoy en el país no es España ni los españoles, son los políticos mediocres contemporáneos a los que se les ha subido la vanidad a la cabeza anteponiendo sus egos y privilegios por encima de los intereses generales. De espíritu colectivo carecemos, por eso nuestra individualidad afecta a la indisciplina y la falta de referentes ejemplares. 

Pese a todo, nos volcamos por ayudar y solidarizarnos contra la devastación. Indultamos y amnistiamos a quienes en otras latitudes cumplirían pena por malversación, deslealtad y alta traición, encubriendose como un acto de magnanimidad. Hay ríos de tinta de observadores extranjeros que ensalzan en qué país tan afortunado, indulgente y rico vivimos y no precisamente por los relatos que difunden desde Moncloa dedicados a hacer caricias al caballo para montarlo. 

El problema hoy en el país no es España ni los españoles, son los políticos mediocres contemporáneos a los que se les ha subido la vanidad a la cabeza anteponiendo sus egos y privilegios por encima de los intereses generales

Héros fugaces... pero en pie de guerra

Sin embargo, somos poco conscientes de esta gracia divina. Al contrario, no nos cansamos de pelearnos, hostigarnos y echarnos trastos a la cabeza sin acertar nunca en el captcha.

Los bomberos hoy son nuestros héroes nacionales por apagar el fuego de los incendios, como también lo fueron en su día los sanitarios durante la pandemia a quienes aplaudíamos desde el confinamiento todas las noches desde el balcón. La mala memoria nos hace olvidar el maltrato que sufren hoy años después del COVID estando en pie de guerra para que se les reconozca su trabajo y sus derechos.

No creemos equivocarnos que varios millares de europeos sin conexión consanguínea alguna se harían españoles si pudieran sin dudarlo por alguna de las muchas razones que nos negamos nosotros mismos. Nosotros nos haríamos de cualquier otra nacionalidad con tal de dar la espalda a un país corrompido y putrefacto por una élite que se cree con privilegios inmunes, aforados e inmortales.

A la memoria nos vienen altos cargos que incendian, abusan y han abusado del poder detentado, creyéndose con licencia de vulnerar la legalidad por falta de valores éticos y morales que durante siglos presumimos, olvidando a día de hoy que si ante la ley no somos todos iguales, sí ante Dios y la historia. 

Este elogio a España por tanto sí que debe tener uso, destino y afán patrimonial. Somos el país más afortunado, auténtico y genuino donde se puede elegir plato, clima, pareja y paisaje. Lo opuesto que algunos se encargan de vendernos se merece el desprecio y el eclipse total. La propaganda del régimen actual nos trata de convencer y ocultar que los escándalos de corrupción son pecata minuta en comparación con la abominable amenaza de la alternancia política en el Parlamento. 

Si Macron ya se encarga de vender merchandising sobre el Elíseo y Francia, la Españita de Sánchez pretende mercadear con el faro moral de mil causas internacionales y en especial contra la execrable ultraderecha con tal de ocultar el hedor judicial y los pellizcos en forma de comisiones. En vez de las ya clásicas campañitas para atraer turismo, nos haría más falta vender otros atributos e intangibles que ayuden a exportar Marca España y crear otra leyenda dorada. 

Pero hay que fiarlo para cuando se extinga el fuego de los próximos años, los frentes de disputa y no emulemos una nueva guerra incivil. Para entonces sí que una declaración de elogios a España y buenas intenciones merecería un pacto de Estado.