Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando tu vida está amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa, con tu gente, donde has crecido, sin pasar hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que la miseria destruya el futuro de tus hijos.

Vamos, que no emigres. Que lo que hay que intentar, lo primero, es que nadie tenga que llegar a España para sobrevivir, arriesgando su vida y separándose de los suyos.

Sí, cuando, a pesar de lo anterior, un hombre se ve obligado a huir de su país y llega a España debe ser recibido con los brazos abiertos y ayudarle a integrarse en una sociedad que no conoce.

Como el ruido es fuerte, habrá que repetir los principios de la migración para un creyente:

1.Emigrar es malo. Lo ideal es que la gente no tenga que emigrar y pueda seguir viviendo en su patria.

2.Si aún así fuera necesario, hay que recibir al inmigrante con todo afecto. Ni el menor deje racista. Ahora bien, en este punto, repartir papeles no sirve de nada, lo que hay que hacer es integrar al emigrante, ayudarle, por ejemplo, a aprender el idioma, y exigirle respecto al país de acogida. Y si no respeta al país de acogida, hay que tener la opción de echarle. 

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3.Sí, un país tiene derecho a regular el número de migrantes que acepta. Debe ser generoso, ciertamente, pero eso no priva de ese derecho.

¿El nuevo reglamento europeo sobre inmigración tiende hacia esto? Sí, aunque la marea migratoria en Europa, sobe todo en España, es tan intensa que algunas de las medidas adoptadas, por ejemplo, para las deportaciones, como la posibilidad de crear centros de retorno en el extranjero... suenan mal. 

Y partimos de la base de que la tasa de retorno de ilegales en Europa es del 40%, mientras en España es del 10%. Es decir, que Sánchez es el coladero de Europa.