Espléndida y genial carta abierta de George Weigel, el biógrafo de San Juan Pablo II, al obispo y cardenal luxemburgués, Jean-Claude Hollerich, quien fuera presidente de la Conferencia de Obispos Europeos y miembro del famoso G-8 del Papa Francisco, su consejo asesor de altura. Un consejo que, afortunadamente, ha pasado a mejor vida, y que no le sirvió de mucho porque algo que a menudo olvidamos es que el Papa Francisco no se inclinaba ni por conservadores ni por progresistas: sencillamente no hacía caso a ninguno y gobernaba la Iglesia, según él aseguraba, en comunicación directa con el Espíritu Santo.

Todo esto me recuerda la anécdota que me comentó un párroco madrileño: "me viene un feligrés que me dice que él se confiesa con Dios". Le digo que me parece excelente que se confiese directamente con Dios. Añade: “Es que tengo mucha confianza con él”. Aún me parece mejor, le respondo. Pues entonces, qué, ¿me dará la comunión? No, como tienes tanta confianza en Dios, que te la dé Él'. 

Moraleja, Dios, que nos creó sin contar con nosotros, no nos salvará sin nosotros. Es decir, que la clave de la historia es la libertad del hombre. Sólo hay algo que Dios no puede: violentar la libertad que Él mismo otorgó al hombre. 

Los católicos malvados, aseguran que Francisco no modificaba la teoría, sólo la práctica. Con ello querían resaltar que vivía en una política de gestos. Sin llegar a esa dureza con el pontífice anterior, lo cierto es que León XIV es más amigo de guardar el protocolo papal, que debe impregnar, no solo los actos sino también el espíritu de un pontificado.

Sólo hay algo que Dios no puede: violentar la libertad que Él mismo otorgó al hombre

Y ahora vamos con el jesuita Hollerich, que es uno de los purpurados más progresistas de la progre Europa. Es decir, de los del caca/culo/pedo/pis. Traducido, partidarios del aborto, divorcio y feminismo, ideología de género e inversión moral y real de la doctrina, más conocida como blasfemia contra el Espíritu Santo: lo bueno se convierte en lo malo y lo malo en bueno. 

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Naturalmente, Hollerich se ha apresurado a convertirse en abanderado del sacerdocio femenino. Y naturalmente, siempre hay alguien, un laico, por ejemplo George Weigel, el biógrafo de Karol Wojtyla, quien le tenga que recordar que el celibato forma parte del cuerpo doctrinal de la Iglesia, que no es un simple añadido y que no se puede modificar así como así. Pero lean la carta: de vez en cuando, merece la pena escuchar a quien entiende de lo que habla. 

Esto de las sacerdotisas me recuerda la vieja lucha de los sufraguistas por conseguir el voto. ¡Qué cosas, en teoría reclamaban el voto pero ya entonces hablaban de eugenesia!…  pero dejemos eso. 

Chesterton no estuvo con el movimiento sufraguista y en uno de sus artículos se refería al derecho a voto que llevaba a las feministas a chillar delante de las oficinas del primer ministro y, de vez en cuando, a recibir algún palo de la policía. Chesterton no estaba contra el voto femenino pero tampoco a favor, porque afirmaba que las mujeres no sentían inclinación alguna a votar y que preferían atender a la limpieza de las alfombras. 

La frase provocó muchos rasgados de vestiduras y filacterias pero Chesterton no se desdijo: aseguraba que si las mujeres estuvieran realmente interesadas en votar lo conseguirían en una semana sin necesidad de enfrentarse a la policía. Simplemente: la mayoría femenina, al menos de aquel entonces, consideraba que la política era una inutilidad manifiesta, propia del narcisismo masculino, que cree, el muy ingenuo, que el mundo se cambia con el BOE

En todo caso, la mujer católica de verdad sabe que puede amar a Cristo sin estar ordenada

Las mujeres, saben, en opinión de Chesterton, que forjar una hogar y hacer la vida más llevadera a las personas que quieres es lo que realmente cambia el mundo… y para lo que se necesita madera de héroe. 

Yo digo que el sacerdocio es lo más antifemenino que existe y que las mujeres católicas, consagradas o no, son sacerdotes de lo tangible y sin que por ello renuncien a las mismas metas sobrenaturales del varón. 

Y para las no cristianas, lo que aseguraba Clive Lewis, en boca de un diablo experimentado, de nombre Escrútopo, le comenta a otro espíritu maligno novato: descubrirás que un hombre converso realiza, a los cinco años de haber entrado en la Iglesia, los mismos trabajos que una mujer descreída aborda a lo largo de toda su vida.  

Sí, el sacerdocio es lo más antifemenino que existe, por eso se ha convertido en un reclamo de clérigos 'feministos'. Pero mejor leer a Weigel. 

En todo caso, la mujer católica de verdad sabe que puede amar a Cristo sin estar ordenada. Y yo, que no soy ni cura ni mujer, también lo sé.