Quién no ha pisado un bar hace poco. Los hay que lo hacen todos los días y de todos los tipos y colores. Vibrantes, bulliciosos, ruidosos, abiertos hasta madrugada. Los preferidos, los de pueblo. Hay ambiente, tapa, tertulia, tocata  y fuga. Los mayores, con el tapete verde y el ir y venir de fichas y naipes en la sobremesa. Los hay que merecen ser declarados Patrimonio histórico de la Humanidad. Como los Paradores de Oscar, que pese a las bacanales, sobreviven al paso del tiempo para envidia de los Airbnb y hoteles.

Trump decía: 'Cuando entres a un bar y veas la puerta principal sucia, no entres. Porque si la puerta está sucia, la cocina también lo está'".

Mejor hagamos la vista gorda en España. Hay bares con olores y sabores, y muchos caen en manos chinas. Ya nos han quitado hasta lo auténticamente genuino español. 

Tanto talento de tabernero para acabar los fogones de la cocina en manos de orientales copiando tapas españolas de cualquier parte, sin olvidar los torreznos. Donde se detecta cierto déficit es en algunos sanitarios. Si hay quien se niega a traspasar la puerta tras detectar embriagadores olores, menos mal que no lo hace por echar un vistazo al WC. Los hay unisexo, pero lo normal es para ñores y ñoras, incumpliendo la discriminación de género. Falta el tercero, para los ñoros. Sí, muchas risas, pero hasta unos años antes de la reunificación, el Bundesbank alemán en Frankfurt no tenía en la planta noble del Directorio baño para señoras, solo un cuarto elegante de mármol para evacuar la ortodoxia de caballeros de la política monetaria teutona. Impensable algo así con Lagarde en el BCE que te monta un cirio por cosa menor. Imaginen un euro digital sin WC. De vuelta a España, el negocio confesional de los bares se ha traspasado y los chinos conservan el secreto de confesión, así como el patrimonio de las barras y vitrinas de cristal. Algunos deberían estar catalogados por preservar en el WC una réplica en cerámica blanca de Roca, la primera huella del hombre en el suelo de la Luna. 

El negocio confesional de los bares se ha traspasado y los chinos conservan el secreto de confesión, así como el patrimonio de las barras y vitrinas de cristal

Digan que lo que digan, los bares se han vuelto un pilar del estado de bienestar. En los bares se socializa por eso causan admiración entre los guiris, más acostumbrados a quedarse en casa sin mediar palabra ni con su pareja. Otros acuden al diván, o se van de putas como los progres. Muchos optan por el bar, que te da masaje emocional y rebaja el estrés tras un par de copas en compañía. Quien diga que nos falta algo en el abanico de las prestaciones a cargo de la Seguridad Social, está sin razón. Tenemos más bares que media Europa entera; ellos costean centros de día y residencias para la tercera edad, nosotros bares con terraza para socializar a todas horas. Y con derecho de admisión. Que si no se cuela cualquiera. De la buena afluencia tomaron nota los chinitos que vieron un maná en España. Los camareros genuinamente españoles son ya una casta en extinción. Y ahí están los mandarines, chapurreando español pero cortando jamón. En mi antiguo barrio madrileño, el Mesón La Rueda o el Bar ParDos ya estarían traspasados a orientales para disgusto de la generación donostiarra.

Que somos un país alcoholizado que tanto aprecian los de fuera, se nota en los bares y los precios. Aún seguimos vendiendo en los establecimientos consumiciones con graduación  más baratas que bebidas sin alcohol. El mundo al revés. En España el bautismo parece que siempre se hizo con alcohol en vez de agua bendita. Y luego negamos los botellones, las listas de enfermos con trastornos y los accidentes de circulación. El Ministerio de Consumo sin tomar cartas en el asunto. A taxistas he visto estacionar sobre la acera para comprar deprisa una lata de cerveza de 500ml. Seguramente sería 0,0. 

Pero los forasteros encantados que el alcohol esté tan asequible y se sirva a ojo aunque sea de garrafa. Esto sí que es un “gran experimento socio-demográfico” en Europa y no la regularización masiva de Sánchez como alertaba hace poco el FT (Financial Times) sobre España. Nos llegan menas, carteristas, criminales, yihadistas camuflados y arroceros de fuera para acabar con nosotros  y los bares, mientras resistimos gracias a los guiris enrojecidos dispuestos a beberse hasta el agua de las fuentes. Si se dan cuenta, los regularizados subvencionados que se pasan media jornada en los bares, lo hacen en baruchos sin jamones colgados del techo.

Tenemos más bares que media Europa entera; ellos costean centros de día y residencias para la tercera edad, nosotros bares con terraza para socializar a todas horas

La tragedia de la pandemia no fue tanto por  no salir de casa sino por no bajar al bar a socializar el cafelito, la caña y la tertulia con la sensación del tiempo estancado o para seguir atontadamente en el VAR de la tele a los sancionados por saltarse el confinamiento. Mi principal sensación sensorial en el Covid, fue pagar por primera vez un cortado con tarjeta. Naturalmente fue a un chino que estaba normalizando  acabar con la masa monetaria en circulación y, sin quererlo estrenaba la digitalización de los micro-pagos. Desde entonces las chistorras han quedado para la caza mayor. De caza han ido muchos sociatas y peperos, que pese a las multas y condenas, han normalizado el delito de no devolver ni un duro. El pecado originario del mamoneo con el dinero de otros, no se cura sin un escarmiento. Hasta en esto somos un chiste.

Nos tememos que si se descontrola el hantavirus habrá clausura de bares y se pondrá en cuarentena la higiene de partidos, bodegas, alacenas y cocinillas. Ni los chinos se salvarán de las inspecciones, tanto de la OMS como de la NASA. Moisés cruzó el Mar Rojo e inventó la cogobernanza; la misma que disputan nuestras autoridades sin ningún orden y rumbo para gestionar la undécima crisis, otra vez sanitaria. No hay vacuna pero sí medallistas con la OMS. Si el hantavirus es capaz de desatarse en un crucero de lujo para acaudalados, qué no traerán a tierra las pateras de los irregulares. Pero tranquilos, siempre quedan figuras como el pedante “gurú” Iván Redondo, que siempre tiene una explicación sobre el devenir del país, avalado por muchos estudios empíricos. Seguro que él tiene plaza fija en alguno  de los muchos bares de la capital del café. Desde el espejo y la ventana, hace de vigilante de Las Meninas para tomar buena nota de quién entra y sale de las tascas  para elaborar sus teorías conspirativas electoralistas. La tertulia de estos días: cómo políticos alemanes, europarlamentarios y auditores comunitarios han puesto el grito en los cielos por el desvío de Sánchez de fondos europeos para tapar agujeros presupuestarios. Y otra no menos grave: las investigaciones judiciales que acorralan a Zapatero por blanqueo de capitales a gran escala.   

Por lo visto, pese a tanta entropía, nuestros poderes son incapaces de echar una mosca fuera. Nuestra democracia está más entretenida vigilando el catering de la tasca del Congreso y la rueda de prensa de Florentino Pérez, que ha demostrado el perfil poligonero poco afín en un chairman del Ibex y de un club mundial. Como los macarras del poder ejecutivo a sueldo, la consigna es inequívoca: que parroquianos hartos de la degradación (democrática-deportiva) abran el pico, ya sea en el vestuario, el palco o en las urnas. Esto sí que no es un “accidente laboral”.