El ambicioso proyecto de unir Europa y África mediante un túnel bajo el Estrecho de Gibraltar ha dejado de ser, a finales del 2025, una fantasía de ingeniería para situarse en el epicentro de la agenda geopolítica entre España y Marruecos. Impulsado por la cercanía del Mundial de Fútbol de 2030, este megaproyecto submarino de unos 42 km de longitud promete transformar la logística regional, pero también despierta en algunos círculos profundas alarmas sobre la seguridad y la soberanía nacional españolas.
Dicho en otras palabras. La conexión del Estrecho constituye un dilema español entre el progreso logístico de unir dos continentes y la vulnerabilidad nacional que bien puede afectar hasta al tío Sam en EEUU. Aunque la viabilidad técnica ha avanzado gracias a estudios de empresas como la alemana Herrenknecht, los riesgos diplomáticos y de seguridad son el verdadero "freno" emocional para no pocos círculos en España. Por no hablar de los riesgos de ingeniería.
A diferencia del Eurotúnel en el Canal de la Mancha, que es uniforme, el fondo del Estrecho es montañoso, con valles, crestas, placas tectónicas y volcanes de lodo. Además, las fuertes corrientes marinas podrían socavar el lecho marino y comprometer la estabilidad de los pilares o la estructura. Con razón algunos ingenieros que se mantienen en el anonimato comparan el túnel del Estrecho con levantar un rascacielos sobre una cinta transportadora en movimiento.
Pero uno de los mayores riesgos identificados no es técnico sino geoestratégico: el impacto sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Observadores advierten que Marruecos mantiene una estrategia de "soberanía gradual" sobre estos territorios. Al conectar Tarifa directamente con Tánger (Punta Malabata), el túnel podría dejar a Ceuta en una especie de "isla logística", aumentando su aislamiento estratégico y su dependencia de la voluntad de Rabat.
Uno de los mayores riesgos identificados no es técnico sino geoestratégico: el impacto sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla
Existe, además, el temor de que España, con un gobierno tan pro-aluita como el de Sánchez, termine accediendo a la obra prevista para el 2040 como una cesión tácita ante las tesis territoriales marroquíes, a cambio de estabilidad económica.
La infraestructura del Túnel de Gibraltar es descrita en algunos informes técnicos como un "grifo geopolítico". Al igual que los gasoductos en el este de Europa, una conexión física permanente otorga un enorme poder de negociación a quien controla el extremo sur. Así lo vimos con el gasoducto Nord Stream para la entrada de gas ruso a Alemania y al resto de Europa central.
En momentos de tensión diplomática (y raro es que no la haya entre Madrid y Rabat desde los últimos siete años), Marruecos podría utilizar una relajación de los controles en el túnel para ejercer presión mediante el flujo de inmigración irregular o el narcotráfico.
Nada nuevo con la llegada de migrantes en pateras y la invasión de la frontera en las plazas españolas de Ceuta y Melilla, en especial desde que gobierna Pedro Sánchez. Todo ello pese a la cesión unilateral a Marruecos del Sahara Occidental contraviniendo Moncloa la doctrina de la ONU que exige una solución que permita la autodeterminación. Cuando interesa, el Ejecutivo español se escuda en las Naciones Unidas y en otras ocasiones hace caso omiso.
Asimismo, la futura dependencia energética —especialmente si el túnel transporta hidrógeno verde, la energía del futuro— situaría a España en una posición de vulnerabilidad extrema ante disputas menores para la seguridad nacional y amenazas híbridas.
El Estrecho de Gibraltar, tan codiciado por Hitler en la II Guerra Mundial, es una de las rutas marítimas más vigiladas y transitadas del mundo, en especial por la OTAN, con más de 65.000 barcos anuales. La introducción de un túnel submarino a casi 500 metros de profundidad añade una variable crítica como es la dificultad de protegerlo contra sabotajes o ataques terroristas interesados en desestabilizar la frontera sur de la UE según expertos. A pesar de los controles previstos para el Mundial del 2030, la porosidad fronteriza seguirá siendo un reto para la seguridad nacional.
La presencia del Reino Unido en "la Roca" añade otra capa de complejidad. España ve en el túnel Tarifa-Tánger una forma de reafirmar su control sobre la logística del Estrecho frente a la influencia post-Brexit de Londres, que también habría mostrado interés al parecer en conectar la colonia británica de Gibraltar directamente con Marruecos.
Marruecos podría utilizar una relajación de los controles en el túnel para ejercer presión mediante el flujo de inmigración irregular o el narcotráfico
El Gobierno de Sánchez nos vende el proyecto, cuya inversión inicial asciende a 15.000 millones de euros, como un "seguro de paz": la interdependencia económica sería tan alta que ninguna parte podría permitirse una ruptura. Sin embargo, la historia de esta vecindad compleja enseña que los "cisnes negros" —eventos inesperados de gran impacto— son comunes en la relación hispano-marroquí.
Construir un túnel que una España y Marruecos es una empresa inaudita que podría hacer realidad el sueño de unir dos continentes. Pero también conlleva un riesgo geopolítico para Europa y EEUU, con invasiones migratorias, terrorismo internacional, contrabando y puerta de entrada a actos de sabotajes a la economia y seguridad nacionales como estamos viviendo actualmente de forma moderada.
Sería como instalar una puerta permanente en una valla que antes era un muro de agua porque aunque facilita el paso de personas y mercancías, también obliga a estar constantemente en alerta sobre quién tiene la llave.
Además, existe un riesgo de fractura social en España debido a cambios demográficos y la falta de una estructura económica que permita integrar el aumento de la población de origen marroquí, lo que podría derivar en conflictos étnico-religiosos en unos momentos que Europa trata tímidamente por eso de cerrar las fronteras a la entrada de ilegales.
Por otro lado, la influencia de Marruecos en nuestro territorio se extiende al ámbito religioso y cultural, ya que el rey Mohamed VI actúa como "comendador de los creyentes" para muchos ciudadanos musulmanes en poblaciones españolas, al tiempo que Rabat se esfuerza por controlar mezquitas, imanes, escuelas y hasta cátedras en universidades en España mediante financiación propia y prebendas otorgadas por Moncloa.
Mientras el PSOE considera el megaproyecto una infraestructura clave para la “autonomía estratégica en Europa”, los de Sumar prefieren destacar ciertas virtudes ambientales para reducir el tráfico marítimo pero ocultan su sobrecoste en medidas de protección y sostenibilidad de la obra hasta un 15% respecto a un túnel convencional en tierra. El PP critica la opacidad de las negociaciones con Marruecos y la nula discusión una vez más en el Congreso de los Diputados, cuya votación está prevista no antes del 2027 o 2028. Para Vox lo califican de “rendición nacional”. Solo algunas voces regionalistas temen que el túnel consolide el hub logístico de Tánger-Med en detrimento del Puerto de Algeciras.
De Bering a Gibraltar, los túneles transcontinentales abren grietas políticas
Europa ha dado un giro en su política migratoria y algunos países de la UE pretenden volver a los controles fronterizos para contener las amenazas y la inestabilidad interna. EEUU. se esfuerza por levantar un muro a lo largo de su frontera con México para impedir el flujo de ilegales hispanoamericanos. España, por contra, está dispuesta a abrir una puerta más de entrada de todo el continente africano desde el Túnel de Gibraltar sin mediar debate público y sin sopesar aparentemente las consecuencias a largo plazo para la seguridad nacional de un vecino poco fiable.
El Pentágono aunque parece favorecer el proyecto de Gibraltar con tal de alejar a Rusia y China del Mediterráneo, mantiene sus reservas respecto a la vulnerabilidad de la base de Rota y el control del tráfico submarino. Un túnel introduce una variable de riesgo para el paso de submarinos nucleares y la vigilancia acústica del Estrecho. Más de uno afirmaría que es una infraestructura crítica ante el desafío de un vecino imprevisible. No sabemos si se refiere al anti-atlantista Sánchez o al socio preferente en el norte de Africa.
Pero en un punto más Sánchez coincide con el desestabilizador número 1 de Europa, Putin, quien curiosamente ha lanzado también la idea de unir por otro túnel Alaska (EEUU) con Rusia que conecte los dos continentes en el estrecho de Bering. Habrá que esperar a conocer si Trump admite la tentación rusa a cambio de facilitar el acceso a recursos naturales y el tráfico marítimo en el Ártico cuando además Washington está decidido a controlar Groenlandia muy a pesar de la negativa de la UE.