El Tribunal Supremo ha rechazado la paralización cautelar del decreto de regularización de 500.000 inmigrantes, que, según los sindicatos policiales, acabarán por ser 1,3 millones.
Con ello, podría suceder que la norma fuera prohibida cuando ya los irregulares hayan sido regularizados. Y entonces, ¿quién podrá dar marcha atrás?
La cuestión de fondo continúa siendo la misma: se otorga la regularización a cambio de nada, ergo, vivir en España no se valora. Es simplemente un chollo de país, desde que Sánchez está en Moncloa, que permite vivir de subvenciones publicas y seguir odiando al país de acogida.
Y todo ello en mitad de una catarata de mentiras. Por ejemplo, el embuste preferido del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska: no hay relación entre inmigración y delincuencia.
O la de que se necesitan inmigrantes para mantener el Estado del Bienestar... como si los inmigrantes pudieran financiar una nómina de pensiones de más de 14.000 millones de euros mensuales por más de 14 pagas.
O aquello de que esta medida no provocará un efecto llamada, cuando se va a convertir en el brindis de las mafias.
Ya hemos dicho que la migración, toda emigración, es de suyo negativa. Significa que una persona huye de su patria, del lugar y de la sociedad que le ha visto nacer. Lo lógico es ayudarles a cambiar su país, no meterles en un mundo nuevo en el que, con suerte, sólo podrán medrar en la tercera generación.
Otrosí: el inmigrante debe respetar el modo de vida europeo. Por ejemplo, los musulmanes deben respetar a la mujer española y no formar guetos de odio a todo lo español.
Además, no se trata de abrir las puertas sino de facilitar la integración. ¿Está dispuesto el muy solidario Gobierno Sánchez a pagar a todos esos inmigrantes clases de español y de historia de España, así como la educación que exigimos a los españoles? ¿Está dispuesto a proporcionarles trabajo? Pues entonces no les dejes entrar, porque eso es arrojarles a las calles y colapsar los servicios públicos, especialmente la Sanidad.
En todo caso, Europa empieza a recordar el viejo aforismo: un lugar donde se mezclan las culturas y se hunden las morales.