El escenario político actual puede entenderse como el resultado de una estrategia deliberada de embarrar el terreno para maximizar ventajas a corto y medio plazo. El liderazgo del PSOE sanchista en el poder ha logrado construir un contexto en el que, aun existiendo riesgos evidentes de desgaste estructural de su propia organización, también se abren posibilidades reales de fortalecimiento definitivo gracias a dos palancas fundamentales: el control del relato mediático y la gestión de los recursos públicos.
El dominio sobre una parte sustancial de los medios de comunicación, unido a la capacidad de asignar presupuestos, subvenciones y contratos desde el Estado, permite asegurar fidelidades clientelares y reducir de manera efectiva los costes políticos de decisiones controvertidas. Este entramado no solo protege al poder ejecutivo frente a la crítica, sino que también condiciona el comportamiento de actores políticos y sociales que dependen directa o indirectamente de estos flujos.
La neutralización del espacio a la izquierda
En el flanco izquierdo del espectro político, la estrategia ha sido especialmente eficaz. Se ha conseguido una desestabilización casi total de todas las opciones competidoras, provocando su fragmentación y posterior debilitamiento electoral. Para ello se han utilizado de forma instrumental una serie de elementos emocionales y simbólicos profundamente arraigados en amplios sectores de la sociedad.
Entre ellos destaca el uso reiterado de consignas pacifistas clásicas («No a la Guerra»), la explotación del rechazo visceral hacia Estados Unidos e Israel, así como un antiamericanismo transversal que comparten tanto votantes de izquierdas como de derechas. A esto se suma la utilización política de la escalada de precios asociada a conflictos internacionales recientes (Ucrania e Irán), presentada como consecuencia inevitable de dinámicas globales ajenas a la responsabilidad del gobierno, y que más bien hace lo posible por evitar (supuesta oposición al aumento de su contribución a la OTAN, negativa a autorizar el uso de bases militares en España).
Finalmente, la asimilación de los contenidos más populistas de las fuerzas situadas más a la izquierda ha terminado por vaciarlas de espacio propio. Al apropiarse de su discurso sin asumir sus costes, el PSOE ha provocado su hundimiento electoral y una concentración del voto en torno a sus siglas, consolidándose como única opción viable dentro de ese ámbito ideológico.
La fragmentación inducida en la derecha
Si la izquierda ha sido neutralizada mediante absorción, la derecha lo ha sido mediante división. Aunque no todas las fracturas han sido creadas desde el poder, sí están siendo alimentadas con habilidad, amplificadas desde medios afines y aprovechadas estratégicamente.
Una de las principales líneas de fractura es el sentimiento antiamericano y antiisraelí, profundamente arraigado en la cultura política española. Mientras una gran parte de la base electoral de la derecha mantiene estas posiciones, sus principales partidos han impuesto un relato de apoyo incondicional a intereses extranjeros concretos, alejándose así de sus propios votantes y afiliados.
A ello se suma el conflicto latente en torno a la monarquía. La pérdida de apoyo en determinados sectores de la derecha, primero durante la etapa de Juan Carlos y posteriormente por las intervenciones públicas del actual jefe del Estado, ha generado una creciente hostilidad hacia el modelo de monarquía constitucional. Este desencanto ha sido capitalizado por fuerzas que han entrado en una deriva abiertamente crítica con la institución.
Luchas internas y liderazgos fallidos
La derecha, además, se ha visto atrapada en una lucha intestina por la hegemonía, en la que los principales partidos han olvidado que su adversario real se encuentra fuera de su propio espacio. Esta competición permanente ha erosionado la credibilidad del conjunto y ha debilitado cualquier alternativa sólida de gobierno.
Los problemas de liderazgo han agravado la situación. Por un lado, la falta de ilusión generada por posturas percibidas como tibias y dubitativas ha desmovilizado a parte de su electorado natural. Por otro, el funcionamiento interno de determinadas formaciones, marcado por decisiones cesaristas y purgas constantes, ha provocado divisiones profundas, expulsando o marginando a quienes aspiraban simplemente a tener voz propia.
Ingeniería política y pragmatismo suicida
A este contexto se añade la promoción indirecta de nuevas fuerzas políticas en el espacio de la derecha, alentadas desde entornos mediáticos afines al poder y, según se percibe, con la colaboración de aparatos del Estado. El objetivo es claro: fragmentar aún más el voto, aglutinando disidentes, expulsados y figuras mediáticas sin trayectoria política coherente.
Finalmente, resulta especialmente preocupante la actitud de parte de las élites intelectuales y estratégicas de la derecha. Ante el riesgo evidente de la división, muchas han abrazado un pragmatismo que renuncia a los principios, buscando una unidad desideologizada, vacía de fundamentos éticos y morales. Al hacerlo, han terminado por asumir el marco moral de la izquierda, lo que las incapacita para articular una reconstrucción auténtica y eficaz.
Conclusión: un marco que exige lucidez y coherencia
Este es el marco real en el que se desarrolla hoy la acción política. Ignorarlo conduce a la ineficacia; asumirlo sin espíritu crítico, a la claudicación. Cualquier labor personal, social o política orientada a la defensa de España y de principios como la vida, la familia y la libertad para el bien común debe partir de este diagnóstico, evitando tanto el oportunismo como la renuncia a los fundamentos que históricamente han dado sentido y cohesión a un proyecto político sólido.