David Sánchez, el hermano del presidente del Gobierno ha sido condenado a nueve años de inhabilitación para cargo o puesto público. No podrá dirigir el Instituto de Artes Escénicas de Badajoz, que se supone iba a dedicarse a las artes escénicas y eso.
Su amigo y querido compañero, facilitador de su puesto de trabajo, creado a medida de David Sánchez, candidato socialista a la Junta de Extremadura, Miguel Ángel Gallardo, ha sido condenado justo al doble: 18 años de inhabilitación.
¿Cuál ha sido la reacción del PSOE, de los Patxi López, Elma Saiz y hasta de sus amigos de la ultraizquierda, Gabriel Rufián, Sumar, etc? Pues la instauración del cinismo por etapas, que en la noche del martes 14, Telemadrid resumía con mucho rigor: primero, soy inocente. Segundo, si se inicia un proceso judicial contra mí utilizo a la Fiscalía como abogado defensor del poder. Tercero, exhibo respeto a la justicia pero no al juez que me condena... magistrado que es un prevaricador de mucho cuidado, sobre todo cuando se atreve a juzgar a mi hermano o a mi mujer.
Por supuesto, ni arrepentimiento ni enmienda de nada. Y claro, cuando no hay arrepentimiento hay victimismo, pues el arrepentimiento es humildad y el victimismo es soberbia.
Pero lo más importante de la jornada del martes, no ocurrió en la Audiencia de Badajoz sino en el Consejo de Ministros de la mañana y en el pleno del Congreso por la tarde. La corrupción rodea a Pedro Sánchez y cada vez son menos los españoles, no ya que confíen en el, de esos quedan pocos, sino que todavía le soporten. ¿Y aún así puede ganar las elecciones de 2027? Sí, puede ganarlas o, por lo menos, continuar como jefe del Gobierno. La clave está en la llamada ley de nietos, que no es sino una disposición de la Ley de Memoria Democrática (19 de octubre de 2022).
Pero lo lógico es que, después de haber forjado, durante ocho años, una España irrespirable, Pedro Sánchez caiga y no rodeado del afecto popular.
Dependencia. El Estado sustituye a la familia, en una economía de la subvención estatal... y encima rácana
No, el escorpión quiere morir matando. Así, todo el mismo día, martes 14, el Sanchismo termina la legislatura con la legalización de la blasfemia y de la profanación. En el Congreso, la mayoría de investidura, siempre cristófoba, rechazó las objeciones de PP y Vox a la supresión del delito contra los sentimientos religiosos.
Al mismo tiempo, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, insistía con el proyecto de la ley de violencia vicaria que, se apruebe o no, entroniza la necedad feminista: la mujer siempre es buena, canonizable, el hombre es malísimo, a pesar de que las mujeres atentan contra sus hijos para hacer daño al varón, tanto o más que los varones con la misma mala leche.
Instauración del cinismo por etapas: soy inocente, utilizo a la fiscalía como abogado defensor, respeto a la justicia pero no al juez que me condena... ni arrepentimiento ni enmienda
Más hipocresías sanchistas. Minusvalías y dependencias: el Estado sustituye a la familia, en una economía de la subvención estatal... y encima rácana. De los ancianos siempre han cuidado sus hijos. Bien está, por tanto que el Gobierno ayude a las familias, con dinero, a sobrellevar las cargas que proporciona el anciano en una sociedad envejecida, pero no que el Estado sustituya a los poderes pues el Estado no hace otra cosa que pervertir a los niños y cosificar a los abuelos.
Y encima, presumen de solidarios y son unos rácanos de mucho cuidado. Por supuesto, dinero para los ancianos, poco, y ni un euro más para ayudar a la maternidad, que aún es más importante.
Sí, el alacrán puede morir, pero morirá matando.