¡Turón! Este es el nombre de dos pueblos españoles diferentes, que lanzan contra la historia del PSOE una doble y terrible acusación. Del Turón de Asturias ya escribimos hace tiempo, cuando nos referimos al golpe de Estado que los socialistas dieron contra la República en 1934, la mal llamada -a mi juicio- Revolución de Asturias.
Pero hay otro Turón en la provincia de Granada que acusa al PSOE de algo peor que haber dado un golpe de Estado, porque el 3 de mayo de 1938, los socialistas pusieron en marcha el primer campo de exterminio de Europa occidental. Y la verdad es que si en esto la Rusia comunista les ganó la delantera por años, el campo de exterminio del granadino pueblo de Turón supera con creces en crueldad lo que sabemos de los campos de Stalin.
Les confieso que hacía tiempo que quería haber escrito este artículo, pero las lecturas de los documentos de archivo me dejaban paralizado, porque el relato de tanta crueldad y el trato inhumano que dieron allí a 265 españoles me ahogaba y tenía que tomar oxígeno con otros temas de historia diferentes. Por fin hoy puedo empezar a contar lo que sucedió en el campo de exterminio de Turón.
A partir del estallido de la Guerra Civil el número de presos en Almería aumentó de tal manera que hubo que habilitar espacios, que no habían sido concebidos como presidios. Desbordada la cárcel provincial de Almería, conocida como Gachas Colorás, convirtieron en prisión el convento de la Adoratrices, tras ser expulsadas las monjas. También fueron encerrados los detenidos en las bodegas de barcos mercantes anclados en el puerto, el Capitán Segarra y el Astoy-Mendi; en el segundo eran tantos los presos en su bodega, que por la noche había que hacer turnos porque al no caber todos tumbados, unos cuantos tenían que esperar de pie sus horas de sueño. De estos dos barcos procedían varías sacas de presos, de los 154 que fueron asesinados en los pozos de La Lagarta y Cantavieja. Aprovecho para rectificar, tras consultas posteriores a mi publicación sobre el pozo de la Lagarta, pues los asesinados en estos dos pozos fueron 154 y no 152, como dije en el artículo anterior.
En Almería, tras habilitar otros espacios para cárceles, como el colegio de la Salle, se recurrió a una fábrica de azúcar abandonada, que en Almería era conocido como El Ingenio. Y es aquí donde comienza la historia del campo de exterminio de Turón, coincidiendo con la llegada a mediados de abril de 1938 de un nuevo gobernador civil, el socialista Eustaquio Cañas Espinosa (1893-1969), máximo responsable de lo que ocurrió en Turón.
Trazado su plan el gobernador civil, nada más llegar, con el responsable militar de la zona de Turón, José María Galán y cuando ya todo estuvo dispuesto, anunció su proyecto en un teatro de Almería con motivo de la celebración del Primero de Mayo. Durante su mitin, dirigiéndose a José María Galán, dijo Eustaquio Cañas Espinosa: “Te voy a mandar 300 fascistas, y cuando se te acaben pide más”.
Hay otro Turón en la provincia de Granada que acusa al PSOE de algo peor que haber dado un golpe de Estado, porque el 3 de mayo de 1938, los socialistas pusieron en marcha el primer campo de exterminio de Europa occidental
Al día siguiente, el 2 de mayo, el socialista Eustaquio Cañas Espinosa se presentó en la prisión del Ingenio, en cuyo patio formaron a los presos. El gobernador civil, acompañado de unos milicianos provistos de garrotes, iba de un lado para otro del patio y el preso que no le saludaba con el puño cerrado o no lo hacía con el entusiasmo propio de tan cordial saludo, por indicación de Eustaquio Cañas Espinosa recibía una descarga de garrotazos.
Una vez formados, comenzó la lectura de una lista de 301 presos, algunos de los cuales estaban marcados con una cruz roja. De este grupo, 36 eran presos comunes y 265 presos políticos. Sin decirles el destino ni su misión, se les anunció que al día siguiente saldrían de la cárcel del Ingenio, así es que por lo que ya había ocurrido otras veces, temieron que se trataba de una saca más para ser asesinados.
El 3 de mayo de 1938, llegaron a las puertas de la cárcel del Ingenio doce camiones donde subieron a los presos y con ellos para vigilarlos a los milicianos, armados con el fusil con la bayoneta calada, pistola y bombas de mano. Antes de ponerse en marcha, el teniente jefe de la expedición, Maximiliano Céspedes, recorrió los camiones dando la consigna en voz alta a los guardianes para que la escucharan los presos. “Al que intente escapar o haga movimientos extraños atravesarle con la bayoneta, porque en la vida de un miserable fascista no vale la pena gastar un cartucho”. Y entonces se acabaron de convencer de que se trataba de una saca, camino de la muerte. Pero, desgraciadamente, se equivocaron porque el suplicio al que se dirigían iba a ser todavía más cruel e inhumano que morir de un disparo en la cabeza.
“Al que intente escapar o haga movimientos extraños atravesarle con la bayoneta, porque en la vida de un miserable fascista no vale la pena gastar un cartucho”
A las tres de tarde llegaron al cortijo de Chirán, un gran caserón de una vasta propiedad, convertido en cárcel en el término de Béjar. Y allí les sorprendió la noche sin haber comido nada desde el día anterior. La primera comida se la dieron al día siguiente, el 4 de mayo: un puñado de arroz cocido, sin ningún condimento. Ese día por la noche, sin mediar motivo ni explicación asesinaron a dos presos, para dejar claro al resto que sus vidas pendían del capricho de los milicianos. Son los primeros de la serie de presos asesinados en el campo de exterminio de Turón. La noche del 4 mayo asesinaron al teniente de carabineros, Rodrigo López Quiñones, y al procurador de Almería, Fernando Escobar Navarro.
El día 5 de mayo los camiones los llevaron a Turón, donde llegaron a media mañana. Los milicianos encerraron a los presos políticos en la iglesia, que iba a hacer funciones de cárcel, previamente profanada, de la que no quedaba nada más que sus paredes sin imágenes, ni altares, ni retablos… Cerraron su puerta, pusieron vigilancia exterior y no les permitieron salir en todo el día. Tampoco les dieron nada de comer, ni siquiera agua para mitigar la sed.
Quedó claro nada más llegar a Turón que los presos comunes tendrían un trato diferente que el de los presos políticos: comerán rancho aparte y no irán a los trabajos forzados, a cambio unos se ocuparán de cocinar y los más serán nombrados capataces, para lo que se les entregaron varas de almendro y astiles de los picos de cavar la tierra. Fue entonces cuando los presos políticos comprendieron por qué los presos comunes, que venían con ellos en los camiones, tenían el perfil más canalla de cuantos había en El Ingenio. A cambio de un mejor trato, los presos comunes aceptaron ser los sicarios de los milicianos del campo de exterminio de Turón.
Los milicianos encerraron a los presos políticos en la iglesia, que iba a hacer funciones de cárcel, previamente profanada, de la que no quedaba nada más que sus paredes sin imágenes, ni altares, ni retablos…
Uno de esto cocineros, después de acabar la Guerra Civil, descifró el significado de las palabras del socialista Esteban Cañas, pronunciadas el Primero de Mayo: “Te voy a mandar 300 fascistas, y cuando se te acaben pide más”. Veamos lo que le dijo el juez:
“Cuando ya llevaba el declarante algún tiempo en su puesto de ayudante de cocina, tuvo ocasión de oír al teniente jefe de la fuerza, Maximiliano Céspedes, que el jefe del 23 Cuerpo de Ejército, Jose María Galán, había pedido al gobernador, Cañas Espinosa, que le remitiese una expedición de presos, para ocuparlos en la construcción de una carretera próxima al frente de Granada y cuya carretera se precisaba ante la contingencia de una posible evacuación de las posiciones rojas y para que le facilitase la retirada de las mismas. Añadió Céspedes que los que figuraban en la lista primitiva con una cruz colorada eran los más peligrosos y con los cuales no había que tener piedad ni compasión alguna, pero que lo mismo sucedería con los que no tenían la cruz, ya que el propósito de Galán era no tener miramiento ninguno y por eso pedía se le mandaran de los peligrosos, para que una vez que liquidaran a todos no pudiera caberles responsabilidad y volver a Almería para atraerse una nueva expedición. Que tales eran las instrucciones que él tenía y que por eso si quería, podía entrar en la iglesia y arrojar contra los presos unas cuantas bombas de mano para que pereciesen todos de una vez, ya que en definitiva por un camino o por otro el final de los presos y va a ser el mismo”.
Desde la iglesia de Turón hasta el sitio donde iban a construir la carretera había que superar un desnivel de tres kilómetros, al que los presos llamaron la cuesta de la Amargura. Las varas de los capataces les obligaban a subirla a paso ligero y con el pico y la pala a cuestas.
-“Con los viejos, enfermos e inútiles, hay que acabar enseguida” -gritó el teniente Maximilaino Céspedes al emprender la marcha el primer día.
Y vaya que si cumplieron sus órdenes. A los que se separaban unos pasos de la formación, los capataces les molían a palos y a los que se rezagan, porque no podían más, los milicianos les acribillaron a tiros. En la subida del primer día, los milicianos asesinaron a tres presos y sus cadáveres se quedaron tirados en el camino, para que se los encontrasen al bajar del trabajo. Y ese mismo macabro espectáculo se repitió en otros días.
Veamos uno de esos asesinatos. Uno de los presos de Turón es un muchacho de 19 años que se llama Juan Moya Collado. Su delito: pertenecía a las Hermandades de Semana Santa de Almería, formaba parte de los congregantes de los Luises y era muy conocido en los hospitales de Almería, porque en sus ratos libres visitaba a los enfermos y hasta había aprendido a poner inyecciones, lo que hacía con los más necesitados. Cuando fueron a buscarle a su casa, él no estaba y se llevaron a su padre, así es que se presentó ante el comité revolucionario y pidió canjearse por su padre y acabó en la cárcel del Ingenio.
Uno de los presos de Turón es un muchacho de 19 años que se llama Juan Moya Collado. Su delito: pertenecía a las Hermandades de Semana Santa de Almería
El 31 de mayo, al subir por la cuesta de la Amargura, uno de los milicianos mandó a Juan Moya Collado bajar por el desnivel hasta un arroyo, para que subiera un cántaro de agua. A todos se les llenó el pecho de angustia, por lo que había ocurrido otras veces. Y en efecto, se volvió a repetir lo mismo. Cuando Juan subió del arroyo, un miliciano le ordenó que dejara el cántaro en el suelo y que se apartara de él unos metros. Y cuando encaró su fusil el miliciano, Juan le pidió que antes le permitiera decir algo. Sorprendido el miliciano, bajo el arma y el muchacho exclamó:
-“Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.
Eso provocó la ira de aquellas bestias infernales y a la descarga del fusil del miliciano se unieron los fusiles de otros milicianos, que le destrozaron el cuerpo. Y cuando descubrieron que tenía una medalla de la Virgen del Carmen, abandonaron su cuerpo en la cuneta, para que se lo comieran las alimañas. Juan Moya Collado fue beatificado el 25 de marzo de 2017.
El beato Juan Moya Toledano fue martirizado en el campo de exterminio de Turón
En el campo de exterminio de Turon no existían las más mínimas condiciones higiénicas. Alfonzo Zamora, que contó con información directa de los supervivientes, poco después de la Guerra Civil escribió lo siguiente en su libro Los mártires de Turón:
“No pudiendo salir de la prisión, sino para ir al trabajo, tenían que realizar las evacuaciones orgánicas en una pequeña habitación sin ventana ni respiradero, situada al fondo de la nave a la derecha del presbiterio. Esta habitación no tenía tampoco pozo ni desagüe alguno. De esta manera a las dos semanas de usarla como letrina quedó convertida en un lodazal inmundo espantosamente repugnante; para que el líquido infecto no invadiera la nave fue preciso cavar el suelo y levantar un lomo de tierra frente a la puerta. Con todo eso, los rojos que mal de su agrado, tenían que sufrir también la pestilencia que de allí salía, acordaron el remedio mandando hacer unos retretes con salida a un pozo negro abierto al exterior”.
En la iglesia no tenían agua, por lo tanto ni se podían lavar ellos ni sus harapos, que tampoco se los podían cambiar, porque llegaron con lo puesto y a sus familias no les permitieron llevarles ningún paquete. En la subida de la cuesta de la Amargura había una fuente con un pilón, y cuando iban a trabajar, si se lo permitían los milicianos, se mojaban la cara. Desde que llegaron a principios de mayo hasta el 30 de agosto no apareció un barbero por Turón, por lo que fueron invadidos por clase de parásitos que les tenían roída la piel. Hubo casos de presos que tuvieron gusanos en las llagas de su cuerpo.
En el campo de exterminio de Turon no existían las más mínimas condiciones higiénicas
La asistencia sanitaria en Turón era nula; no había médico, ni practicante, ni siquiera había un botiquín. Francisco Mingorance Sánchez, médico titular de la zona, declaró que las pocas veces que le llamaron, nada pudo hacer por los enfermos. Este doctor manifestó que asistió solo “a diez o doce enfermos en tal estado de agotamiento que fallecieron por enfermedades ocasionadas por los sufrimientos físicos y morales”. Ninguno de los supervivientes quedó sano. Hubo muchos casos de avitaminosis por hipoalimentación, lesiones de corazón, forúnculos y llagas de todo tipo, costillas rotas y lesiones en las piernas… Y todos tuvieron una pérdida de peso tal, que si se les hubiera hecho fotografías no se podrían distinguir de las de los prisioneros de los campos nazis.
Entre los presos comunes que hacían de capataces se estableció una carrera para demostrar cuál de ellos era el más cruel, para ganarse el favor de los milicianos. Por esta razón como divertimento ponían a unos ocho o diez presos políticos en pie totalmente desnudos, para que en esa farsa dos presos comunes representasen el papel de médico y prácticamente, pasando a los presos desnudos un “reconocimiento facultativo”. Algunas de las barbaridades que les hicieron me ha costado tanto acabar de leerlas en los papeles de archivo, que he decido no describirlas en este artículo.
“El manteamiento -ha escrito Alfonso Zamora- era otro de los recreos favoritos de lots milicianos. Cogían en vilo a un preso, lo echaban en una manta y comenzaban a voltearlo por el aire con grande algazara. El juego acababa siempre de la misma manera; lanzaban a la víctima en un último y brioso esfuerzo todo lo alto que podían y, hurtando la manta en su descenso, lo dejaban caer violentamente a tierra. Si el pobre manteado podía levantarse y escapar de sus feroces burladores no debía quejarse de su suerte. Pero si por causa del porrazo quedaba derrengado y sin fuerzas para levantarse, entonces la emprendían con él a patadas, y si con este heroico expediente no lograban reanimarle y hacerle correr, lo cogían de las piernas y lo llevaban arrastrando a un rincón, donde lo dejaban quebrantado y a veces sin conocimiento. Algunos de estos desgraciados, con la espina dorsal fracturada no volvían más a la vida”.
Con una crueldad inimaginable, el divertimento de los milicianos y los presos comunes pasaba por encima del más mínimo respeto a la condición humana de los presos. Cuando los presos comunes les repartían la comida a los presos políticos, el caldo caliente en lugar de echarlo en el recipiente, se lo tiraban encima de las manos, provocándoles quemaduras, lo que les divertía a los milicianos. Por otra parte, esto es lo que cuentan que le sucedió a uno de ellos: “En otra ocasión, llegó su sadismo y barbarie a introducirle por el ano unas matas duras y espinosas que le produjeron tremendo desgarro y hemorragia. Estuvo a la muerte y ya viéndolo tan grave fue cuando le dijeron que no fuese al trabajo”.
En esa carrera para ser el campeón de la crueldad sucedió que en una ocasión uno de los milicianos tuvo el capricho de asesinar a uno de los presos, pero quiso que fuera él mismo quien se cavara su propia sepultura. Un preso común que hacía de capataz, le pegaba con la vara de almendro para que hiciera el hoyo con más energía. Y cuando el miliciano consideró que la sepultura ya tenía un tamaño suficiente le ordenó que quitara del suelo de la fosa hasta el último grano de arena. Cuando el preso estaba agachado en esa operación, el miliciano se dirigió al capataz y le dijo:
-“Ahora es tuyo”.
El capataz entonces cogió el pico y del terrible golpe que le dio en la espalda le atravesó hasta el pecho.
En homenaje a todos aquellos españoles que fueron torturados en el campo de exterminio de Turón, cedo la palabra a uno de sus supervivientes. Esto es lo que contó José Cantón Moreno:
“Referir paso a paso el calvario de Turón es cosa poco menos que imposible. Todo cuanto la imaginación más exuberante pueda concebir es pálido ante la realidad trágica de Turón, en donde la vida de un hombre estaba a merced y capricho de cualquier desalmado. El dicente fue reconocido por un miliciano de alguna edad, paisano suyo, quien por rara casualidad en aquella fauna de fieras le ayudó en lo poco que allí que cabía hacerlo, pero dándose cuenta los demás milicianos le prohibieron que se acercara más al dicente. Dicho miliciano le comunicó que allí el secreto era trabajar, y que quien no lo hacía por estar agotado, ese agotamiento era su sentencia de muerte. Pero no se tenía en cuenta que trabajar diez horas con la alimentación escasísima y a base de habichuelas verdes cocidas, y teniendo que subir al tajo por pendiente agudísima, a toda prisa, con las herramientas al hombro y casi todos los presos agotados y víctimas de una persistente disentería, que en el caso del dicente llegó a tener hasta veinte deposiciones de sangre. Pues nada de eso contaba para aquellos bárbaros: enfermos y agotados, el que no trabajaba a buen aire las diez horas, era quitado de en medio con grandes burlas y chacotas. Y se daban casos tan curiosos como el que le ocurrió al que habla, porque habiendo visto un miliciano una de las deposiciones de sangre, le dijo que no trabajara y se tendiera, y además le dio un jarro de leche. El hecho era insólito y cuando al día siguiente, después de una noche atroz por el continuo avance de la enfermedad y sin fuerzas para moverse, el mismo miliciano que le dio la leche le golpeó furiosamente con una vara de almendro, hasta conseguir que se levantara y marchara al trabajo.
Hubo, incluso, casos de canibalismo entre aquellas bestias. Recuerda el caso de un preso de Tabernas, que después de asesinado le arrancaron las orejas, y el que hacía de cocinero que era un preso común, apellidado Jiménez Llorca, que había sido policía rojo, asó las orejas que fueron comidas con grande algazara, y además invitaron a los presos políticos a que las probaran.
La distribución del rancho era injustísima, porque los presos comunes echaban en las escudillas de los políticos solamente el caldo, y ellos se quedaban con los garbanzos o con lo que fuera. Los comunes eran los que se reunían por las noches y acordaban quiénes de los presos políticos habían de ser asesinados al día siguiente y daban la lista a los milicianos, quienes ejecutaban la consigna en el acto.
De trescientos que salieron de Almería fueron muertos, quizás la mitad, incluyendo los que se morían de inanición que no fueron pocos. No era infrecuente acostarse regularmente de salud y a la mañana siguiente aparecer dos o tres cadáveres, sin que nadie se diera cuenta de cómo murieron, porque ni hablaban ni pedían socorro, que tal era el grado de agotamiento.
El dicente tiene la impresión de que fueron llevados a Turón precisamente para ser asesinados todos. Y en un principio comenzaron los crímenes a gran marcha, luego vieron que en ese plan se acababan pronto los presos y fue cuando idearon matarlos conforme iban quedando inútiles para el trabajo.
Hubo un cambio en la guardia. Los nuevos no mataba ya a tiros, sino a palos, aunque también hubo asesinatos en toda regla a tiro limpio.
Cuando ya había tendidos en la iglesia, que hacía de cárcel, más de ochenta presos totalmente imposibilitados incluso de moverse, fue providencial el traslado de todos a Albatera (Alicante), donde había un campo de concentración de presos.
Tres días duró el viaje en tren desde Guadix. Los presos fueron metidos en vagones de transporte de ganado, los que fueron precintados. Y así estuvieron los tres días que duró el viaje, sin que durante ellos se diese a los presos de comer ni de beber. Tan solo algunos guardias de asalto consintieron que las familias que tenían noticia del viaje, diesen algo de comer a sus presos y eso poco se distribuía entre todos.
Había tal hambre en Turón que los presos comían cuántas hojas de árboles encontraban, las cáscaras de las frutas que comían los milicianos, aunque estuvieran pisadas y manchadas de tierra. Higos apenas cuajados, y muy verdes, etc., y todo esto producía trastornos gástricos tremendos. El dicente que normalmente pesa 62 kg , llegó a pesar 32 cuando salió de Turón”.
El 29 de septiembre de 1938 trasladaron a los presos políticos de Turón. De los 265 que habían llegado a este campo de exterminio en el mes de mayo, cinco se quedaron allí porque sus carceleros consideraron que todavía podían seguir trabajando y 147 que ya no les servían para trabajar continuaron su cautiverio en Albatera. El resto, 113, habían sido asesinados.
Pero para el gobernador civil de Almería del PSOE, Eustaquio Cañas Espinosa, tratándose de fascistas, eso tenía un fácil remedio: “Cuando se te acaben, pide más”. El 3 de octubre de 1938 llegaba al campo de extermino de Turón la segunda expedición, compuesta de 202 presos.
Javier Paredes
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.