Pues claro que se le puede dar la vuelta a toda la basura pagana que nos rodea y construir una sociedad cristiana. Lo conseguiremos si aceptamos el martirio y no caemos en la trampa del determinismo, que niega la grandeza del hombre por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Pero para que no nos atrapen los hijos de las tinieblas es necesario conocer el señuelo y al lacero.

El señuelo siempre ha sido el mismo a lo largo de la Historia y lo que sorprende es que a pesar de su tosquedad y de su insistencia repetitiva sea capaz de engañar a tanta gente. Todo el engaño consiste en propalar una concepción muy negativa de la condición humana, que niega a las personas su capacidad para ser protagonistas de la Historia. Se inventan entonces una fuerza invisible que, necesariamente, camina hacia el progreso, a cuyos lomos hay que subirse para cabalgar, si uno no quiere quedarse tirado en la estacada.

A los de mi generación nos tendieron ese señuelo hace cincuenta años; el nombre propio de aquella era el marxismo. Se generalizó la doble y falsa creencia de que el comunismo iba redimir de la pobreza al proletariado y que además esa ideología iba a perdurar por los siglos de los siglos; en consecuencia, no había más remedio que subirse a ese carro para no quedar fuera de la Historia, lo que en mi profesión equivalía a quedarte fuera del claustro docente de la Universidad. Y lo mismo ocurrió en otros sectores: en el periodismo, en el arte, en el cine…, y hasta dentro de la Iglesia, donde unos cuantos se alistaron en el regimiento de “Cristianos para el socialismo”, y se pusieron a hacer la instrucción como reclutas.

Para que no nos atrapen los hijos de las tinieblas es necesario conocer el señuelo y al lacero

Se murió Franco y años después se vino abajo el muro de Berlín. Surgió entonces la tendencia de unificar los depósitos, porque lo de “dar al César lo que es del César y a Dios los que es Dios”, decían que se había quedado anticuado. Había que dárselo todo al César para que reinase la armonía y el buen rollito. Nada de enfrentamientos, ¡Moderación! Fue así como surgieron los católicos moderaditos, que con las lluvias del posibilismo y el mal menor han proliferado como setas, bonitas de color y de buena presencia, pero letales porque son setas venenosas que han provocado una esterilidad de vocaciones, cuyo resultado es el deprimente y triste espectáculo de ver tantas jaulas vacías de pájaros.

Cuando el César reclama la parte que le corresponde a Dios, los cristianos no tenemos más remedio que negarnos a semejante pretensión, aunque en el empeño nos cueste la vida profesional y hasta la física. Por lo demás, nada de que sorprenderse porque desde hace dos mil años ya estábamos avisados: “lo mismo que a Mí me han perseguido, os perseguirán a vosotros”.

Para entrar en el catálogo de los santos de la Iglesia solo existe el camino del martirio, palabra que procede del griego, μάρτυς, que significa “testigo”. Todos los santos oficiales que están en los altares tienen el título de confesores, es decir de testigos, porque o han dado razón de su fe con una vida coherente o con el derramamiento de su sangre. Los santos son los justos, en el sentido bíblico de esta palabra, aquellos que dan a cada uno lo que le corresponde; es decir, dan a Dios lo que es Dios y al César lo que es del César.

No queda otra y no hay nada que inventar. Con tantas reuniones clericales, por más que ahora las bauticen con latines, como lo del jodido convivium del cardenal de Madrid, no vamos a ninguna parte. Y por aquello de que el mejor predicador es fray ejemplo, les cuento el fecundo martirio espiritual de uno de nuestros mártires de la Guerra Civil.

Domingo Campoy Galvano (1903-1936) fue un sacerdote de Almería que se comportó como mártir en la vida y en la muerte. Al comenzar la Segunda República en 1931, fue nombrado coadjutor de le parroquia de Santiago, precisamente en la que él había sido bautizado. Era muy extrovertido y muy conocido por toda la ciudad, por su valiente apostolado. Por este motivo fue detenido hasta en cuatro ocasiones durante la Segunda República. Cuenta uno de sus sobrinos, según está recogido en su proceso de canonización, que como el sacerdote vivía con sus padres: “Todas las mañanas aparecía, escrito con tiza en la puerta de casa, esta frase: Aquí hay un cura. Hay que matarlo. Mi abuelo cada mañana, muy temprano, quitaba con agua la frase para que la familia no supiéramos nada”.

Al estallar la Guerra Civil, Domingo Campoy Galvano fue encarcelado en el buque-prisión Astoy-Mendi, anclado en el puerto de Almería, donde encerraron en su bodega a cuatrocientos presos hacinados en condiciones inhumanas. Por su parte, el acorazado Jaime I, uno de los buques en el que los marineros se habían amotinado contra sus mandos y los habían asesinado, vigilaba el paso del Estrecho, por lo que entre misión y misión repostaba carbón en los puertos de Málaga y Almería.

Y precisamente, tras el amotinamiento del Jaime I, fue nombrado comisario político de este buque el socialista Gabriel Pradal (1891-19625). Este personaje había sido diputado a Cortes por Almería, en las listas del PSOE, durante todas las legislaturas de la Segunda República. Y en una de las ocasiones en las que el Jaime I atracó en el puerto de Almería, sus mandos llevaron dos tandas de catorce presos cada una del Astoy-Mendi para hacerles trabajar en la bodega del carbón del acorazado Jaime I. Y esto es lo que sucedió en ese barco, cuando era comisario político del acorazado Jaime I el diputado del PSOE Gabriel Pradal:

“Cuando regresaron los presos dichos del Jaime I, venían extenuados y contaban escenas tremendas del trato que se les había dado por los marinos. El P. Santaella [sacerdote jesuita, beato Martín Santaella Gutiérrez (1873-1936] no regresó al Astoy, sino que murió víctima de los padecimientos y torturas a bordo del Jaime I. Los marinos quisieron obligar al sacerdote Sr. Campoy a que lo enterrase en el carbón y como se negara, le dieron tan descomunal paliza que volvía medio muerto y hubo que subirlo desde la bodega a la que los rojos llamaban la enfermería del buque en un colchón sujeto por cuerdas. Junto con él, fueron subidos otros dos presos que igualmente estaban materialmente agotados.

Al estallar la Guerra Civil, Domingo Campoy Galvano fue encarcelado en el buque-prisión Astoy-Mendi, anclado en el puerto de Almería, donde encerraron en su bodega a cuatrocientos presos hacinados en condiciones inhumanas

El dicente pudo hablar un gran rato con el sacerdote Sr. Campoy cuando regresó del Jaime I. Y recuerda con emoción la entereza y serenidad de ánimo de dicho Sr. Campoy, quien en todo momento exhortaba a todos a que si llegaba el caso de morir, lo hicieran como cristianos que eran. Que hicieran oración para mantenerse firmes en la fe, y oración también por los que les maltrataban y perseguían. Y que hiciesen oración por España para que Dios se apiadara de ella e hiciese que cesase pronto la persecución. Le refirió, y lo mismo a otros presos que allí estaban y cuyos nombres no recuerda, que así como Cristo padeció por nosotros, así nosotros debiéramos ofrecernos a Él, pero con la diferencia de que Él fue la pura inocencia y nosotros sufrimos por nuestras culpas. Les dijo también que la Iglesia había sufrido muchas persecuciones, pero que de todas había salido victoriosa y que de esta también saldría. Las palabras de aliento y de fe viva del dicho sacerdote hicieron su efecto, pues tanto el dicente como muchos presos más hicieron confesión general, preparándose a bien morir. La mayor petición, lo que querían a todo trance los milicianos y soldados rojos del Jaime I, según manifestó al dicente el Sr. Campoy, era que los sacerdotes blasfemasen y como no lo consiguieron de ninguno de los que fueron al buque dicho, les dieron grandes palizas, y agregó que el P. Santaella repetía con frecuencia: ‘Todo sea por Dios’. Que el P. Santaella trabajó muchísimo apaleando carbón hasta que cayó extenuado. Y ese fue el momento en que quisieron obligar al Sr. Campoy a que enterrase en el carbón al P. Santaella y como se negara, le dieron tremenda paliza”.

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Por otra parte, el sacerdote Domingo Campoy quedó en tan calamitosa situación que el  médico quiso llevarlo al hospital, pero el sargento guardián del Astoy-Mendi le respondió: “No hace falta, porque esta misma noche le voy a matar”. Así lo hizo en el pozo de La Lagarta, jactándose luego con estas palabras: “¡Qué buena puntería he tenido, le he dado una muerte cruel, descargándole todos los disparos por la cabeza que se la he hecho saltar!”. Los restos de Domingo Campoy Galvano reposan en la actualidad en el Valle de los Caídos. Domingo Campoy Galvano fue beatificado el 25 de marzo de 2017.

 

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá