Vaya por delante que no siento el menor interés en defender a Julio Iglesias, que él ya sabe defenderse solo. Mis preferencias van por defender al débil del fuerte. Pero voy a romper la regla, porque me fastidia esta caza del hombre, que incluso convierte a un poderoso en un paria y probablemente a los presuntos verdugos en víctimas.

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Lo de Julito suena todo muy raro. Primero, la tardanza en la demanda. Luego, porque como aseguraba, con mucho siendo común, su amigo, Ramón Arcusa, el superviviente del Dúo Dinámico: si a una empleada del hogar le hacen sufrir aquello de lo que se acusa a Julio Iglesias, sale corriendo de aquella casa por muchas dificultades económicas que afronte.

Y tampoco me basta con la petición de respeto a la inocencia del denunciado. Eso es jugar a mínimos. Que un hombre sea declarado culpable o inocente por un tribunal no significa que, necesariamente, sea culpable e inocente. Primero, porque los jueces se equivocan. El único juez inapelable, el único que nunca yerra, es Dios. 

Segundo, porque los jueces, aún contando con toda su ecuanimidad y su rectitud de intención, y dado que no son dioses, resultan influenciados por los tópicos al uso. Uno de esos tópicos habituales en el siglo XXI, consiste en que el varón, por el hecho de haber nacido varón, es un ser despreciable, un depredador y un canalla. Y siempre miente. Por contra, la mujer, por el hecho de haber nacido mujer, nace también santa canonizable, toda ella bien, sin mezcla de mal alguno. 

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Y como ningún hombre, ni ninguna mujer inteligente, puede aceptar tamaña estupidez, pues las resistencias ante la justicia feminista, se manifiesten o no externamente, crecen.

Esto genera otro problema: el anonimato, siempre cobarde. Testigos protegidos son las dos denunciantes de Julio Iglesias, porque dar su nombre supondría re-victimizarlas -desconfíen siempre de las palabras largas-. Lo malo es que si convertimos la acusación anónima en norma, que es exactamente lo que estamos haciendo en la sociedad actual, se impondrá la impunidad.

Y luego está el amenazado sentido de las proporciones, que en el presente caso y en otros muchos casos de acoso sexual, también chirría. Es decir, los medios. ¿Quién paga esto? Oiga, desde República Dominicana, no es tan fácil presentar una querella ante la Audiencia Nacional, ni conseguir que la Fiscalía se movilice en tu favor, ni que los medios se pongan a tu servicio para arremeter contra una celebridad. Para eso se necesita poder y dinero.

Hay muchas piezas que no encajan y, dada la atmósfera dominante, el presunto poderoso puede no ser Julio Iglesias, sino sus perseguidores. Entre otra cosas, porque, ¿cómo te defiendes de una acusación así? Y a lo peor, las denunciantes no son sino el último eslabón de esa cadena de perseguidores de una celebridad.

No defiendo a Julio Iglesias, defiendo la justicia.