Vivimos resignados a rememorar un pasado mejor. Un pasado con sus luces y sus sombras, pero, en muchas ocasiones, glorioso. España fue grande. Su influencia en el mundo fue incontestable y el sentimiento de orgullo patrio impregnaba todos los niveles de la sociedad.
Pocas son las cosas que hoy nos unen bajo ese paraguas, mezcla de orgullo y dignidad: tal vez los éxitos de nuestra selección de fútbol, la UME o la encomiable labor de miles de españoles que dejan de lado sus diferencias y egoísmos para entregarse desinteresadamente a ayudar a sus compatriotas en momentos de grandes catástrofes, o incluso mediante actos aparentemente menores, como donar sangre.
Todo ello es, sin duda, extraordinario y digno de admiración. Es también una muestra de los mejores valores del pueblo español. Pero, al mismo tiempo que esto sucede, hemos renunciado a creer que podemos desempeñar un papel de mayor relevancia en el contexto global.
Nos sentimos cómodos y somos capaces de heroicidades cuando jugamos en casa, pero nos invade un complejo de inferioridad cuando debemos enfrentarnos a un tablero mundial que, históricamente, nunca nos fue ajeno. Curiosamente, otras naciones con pasados igualmente convulsos y situaciones internas mucho más complejas no han perdido nunca la convicción de estar llamadas a un destino mayor: una suerte de chovinismo bien entendido, si se me permite la expresión.
Decía Ortega y Gasset que la nación es un proyecto sugestivo de vida en común. Una nación no puede vivir exclusivamente de su pasado: necesita una aspiración colectiva hacia el futuro, una visión, una misión o un destino superior que nos alinee y nos impulse en una misma dirección. En España invertebrada lo expresaba con claridad al afirmar: «La idea de grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional»; y, de manera más poética, pero igualmente brillante: «Un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy».
¿Y desde cuándo hemos perdido esa vocación de liderazgo y esa misión global compartida? Hay quien sitúa el origen en la pérdida de los territorios de ultramar a finales del siglo XIX. Sin embargo, sostengo que fue un proceso mucho más gradual, que trataré de explicar y que desemboca en la nefasta clase política de nuestro presente.
Sin duda, la crisis del 98 supuso un golpe demoledor para la conciencia nacional. Sin embargo, no significó el final de nuestras aspiraciones globales. Lo que podemos apreciar con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas es el final de un proyecto colectivo imperial que no desapareció únicamente como consecuencia de la derrota, sino que tenía su origen en una sociedad que, por entonces, ya había dejado de compartirlo plenamente.
Nos sentimos cómodos y somos capaces de heroicidades cuando jugamos en casa, pero nos invade un complejo de inferioridad cuando debemos enfrentarnos a un tablero mundial que, históricamente, nunca nos fue ajeno
Francisco Silvela describía en aquellos años, en un artículo titulado «España sin pulso», una sociedad pasiva, no una sociedad enfurecida por la derrota; una sociedad a la que, sencillamente, no se le encontraba el pulso. El proyecto imperial había dejado, por tanto, de ser verdaderamente colectivo antes incluso de desaparecer. La retórica oficial apelaba a conceptos como la patria, el honor y el sacrificio, pero la realidad es que una parte importante de la sociedad ya no sentía aquella guerra como una empresa propia.
En 1898 España no dejó de ser grande; dejó de saber en qué podía consistir su grandeza. Se inició entonces un proceso de búsqueda que marcaría a las generaciones siguientes. La primera respuesta fue principalmente intelectual. La Generación del 98 buscó la regeneración de España y, pese a estar sumida en el pesimismo, trató de convertirlo en un impulso movilizador, renunciando a identificar la grandeza de España exclusivamente con su pasado imperial.
La Generación del 14 tomó después el relevo y procuró sustituir la introspección dolorida del 98 por un programa de modernización que abarcaba la educación, la ciencia, la industria y la cultura. Perseguía, por tanto, una transformación completa de la nación que le permitiera alcanzar una forma de grandeza distinta de la imperial.
El testigo sería recogido por la Generación del 27, ya más ajena, por el paso del tiempo, al desastre del 98. Con la tranquilidad que permite la distancia, sus integrantes trabajaron con la convicción de que España todavía podía ocupar una posición central en la cultura universal.
Podemos argumentar, por tanto, que no hubo una claudicación inmediata tras el 98, sino una búsqueda sucesiva de una nueva forma de grandeza. El verdadero fracaso español no fue perder el imperio, sino no haber sido capaces de convertir la regeneración posterior en un proyecto nacional colectivo. La ausencia de ese proyecto común contribuyó al deterioro de una convivencia ya profundamente fracturada, y la Guerra Civil terminó por interrumpir cualquier tentativa de construirlo.
Con la victoria del bando nacional en la Guerra Civil, España volvió necesariamente la mirada hacia dentro. El país había quedado devastado, dividido y con profundas heridas que tardarían décadas en cerrarse. La reconstrucción era una necesidad imperiosa y, durante aquellos primeros años, el aislamiento internacional y la debilidad económica hacían impensable que España pudiera aspirar a recuperar un papel relevante en el mundo.
Es cierto que el régimen mantuvo una retórica de grandeza, de misión histórica y de hermandad con las naciones hispanoamericanas. Pero esa retórica se apoyaba mucho más en el recuerdo de lo que España había sido que en la propuesta de una nueva empresa capaz de ilusionar y movilizar a los españoles. España conservaba la memoria de su grandeza, pero ya no parecía tener claro en qué debía consistir su futuro.
Con el paso de los años, el país fue dejando atrás el aislamiento, se desarrolló económicamente y recuperó cierta presencia internacional. Sin embargo, la prioridad continuó siendo fundamentalmente interior: reconstruir, estabilizar, modernizar y superar las consecuencias de la guerra. La vocación de grandeza no desapareció por completo, pero quedó reducida, en gran medida, a un discurso simbólico, con escasa traducción en una verdadera ambición política exterior.
Y esto nos lleva, finalmente, a la democracia. Nació como una empresa inmensa, aunque con una vocación fundamentalmente doméstica: reconciliar a los españoles, coser las heridas, construir instituciones comunes y llevar a España a la normalidad europea.
En aquel momento, los españoles respondimos a la pregunta de cómo queríamos convivir, pero no a la de qué grandes cosas queríamos hacer juntos. Europa, que debía haber sido el instrumento desde el que España recuperara su relevancia global, terminó convirtiéndose en el destino final de nuestras aspiraciones.
El drama es que España continúa cosiendo -o descosiendo, según se mire-, y eso ha impedido que pasemos de la reconciliación a la proyección. La nación permanece encerrada en una conversación interminable consigo misma, en la que parece que le hemos cogido el gusto a revisar una y otra vez nuestros propios demonios.
La ausencia de un proyecto colectivo, de una gran empresa nacional, ha tenido otra desgraciada consecuencia: la reducción a la mínima expresión de la estatura política. Una política dominada por hombres sin grandes horizontes hace inconcebible cualquier empresa nacional ambiciosa.
Los grandes proyectos no garantizan la aparición de grandes políticos, pero sí constituyen un caldo de cultivo favorable para que surjan. Cuando la política se reduce a gestionar presupuestos, controlar partidos e instituciones y ganar el siguiente ciclo electoral, deja de atraer y, lo que es peor, de necesitar a personas capaces de pensar a treinta años vista.
Nuestros políticos han renunciado a ordenar los esfuerzos colectivos, a abandonar la comodidad inmediata y a ponerse —y ponernos— al servicio de una empresa superior. Esa renuncia nos ha llevado, inevitablemente, a dejar de concebir España como un actor internacional relevante. Y cuando una nación deja de proyectarse hacia el exterior y de imaginar empresas de alcance universal, termina empequeñeciéndose también por dentro.
Quiero terminar con un mensaje de esperanza, porque la hay. España no ha perdido las condiciones necesarias para recuperar una ambición mayor. Conserva una posición geográfica privilegiada, una lengua y una cultura compartidas por cientos de millones de personas, profundos vínculos con Europa e Hispanoamérica y, sobre todo, una sociedad que sigue demostrando que, cuando encuentra un propósito en el que creer, es capaz de alcanzar metas extraordinarias.
Nuestro problema no es la falta de talento, de historia o de posibilidades, sino la ausencia de un proyecto común que vuelva a convencernos de que España todavía tiene grandes cosas por hacer.
Y, en última instancia, España puede sobrevivir sin aspirar a la grandeza; lo que no estaría claro, entonces, es que pueda seguir siendo plenamente España.