Cuatro meses y dos días. Es el tiempo transcurrido desde que se desencadenó la guerra de Irán tras los ataques de EEUU e Israel. Se dijo que iba a ser una contienda breve, pero…los pronósticos más favorables no se han cumplido, sino todo lo contrario.

Han entrado en escena los hutíes de Yemen que han lanzado un misil contra Israel, mientras seguimos encallados en el estrecho de Ormuz, con EEUU alargando los plazos de la negociación con Irán (está vez hasta el 6 de abril), y con Trump argumentando que todo va sobre ruedas, los mercados, una vez más, han dejado de creer en sus mensajes y…de que manera.

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La Bolsa cae, y el petróleo repunta hasta los 116 dólares. En los últimos 30 días, el Brent, de referencia en Europa, se ha disparado un 52%; el West Texas, roza los 102 dólares, y escala un 50% en cuatro semanas.

Las previsiones con las que comenzó 2026, se han puesto patas arriba. El año comenzó con expectativas de recortes de tipos, inflación a la baja y crecimiento razonablemente estable, pero, ha vuelto la presión sobre los bancos centrales, el dólar se fortalece, el oro decepciona y la renta fija no es sinónimo de ‘refugio automático’.

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“El arranque de 2026 había sido, en términos generales, razonablemente constructivo para los mercados”, explica Antonio Castelo, analista de iBroker Global Markets. “En la Eurozona, el BCE constató que la tasa general de inflación había bajado al 1,7% en enero, desde el 2,0% de diciembre, mientras que el crecimiento cerraba 2025 con una expansión del 0,3% trimestral en el cuarto trimestre. No era un escenario brillante, pero sí lo bastante estable como para sostener la expectativa de un 2026 más benigno: menos presión sobre los precios, más calma monetaria y una economía evitando la recesión”.

Ahora, el mercado ha cambiado de registro. “Ya no habla sólo de crecimiento, valoración o beneficios empresariales; vuelve a hablar de suministro energético, inflación importada y daño macro…y de una lógica que Europa conoce bien y teme: energía cara, crecimiento más frágil y bancos centrales con menos margen del que se creía hace solo unas semanas”.

Y si el repunte del crudo es alarmante, el gas natural europeo acumula avances en torno al 70% durante, atención, solo el mes de marzo.

“El petróleo repercute casi de inmediato sobre combustibles, transporte, logística y costes industriales a escala global. El gas, en cambio, tiene un impacto especialmente sensible en Europa, por su mezcla energética y por el peso de sectores intensivos en consumo. Para Estados Unidos, un shock de esta naturaleza es incómodo; para Europa, es potencialmente más dañino porque golpea al mismo tiempo la inflación, el consumo y la competitividad industrial”, señala Castelo.

Y cuidado con que la guerra no siga deteriorando infraestructuras importantes…porque las cosas se podrían complicar aún más.

De momento, que no es poco, inflación y crecimiento se han convertido en el epicentro de las preocupaciones macro, otra vez.

La OCDE ha revisado su escenario y ahora proyecta un crecimiento global del 2,9% en 2026, con una inflación del G20 del 4,0%, claramente por encima de lo que se esperaba antes del repunte energético.

En España, los precios ya reflejan el impacto belicista y en marzo se han disparado un 3,3%, según el último avance del Índice de Precios al Consumo.

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El problema de fondo no es sólo que los precios de la energía suban; es que lo hacen en un momento en el que la economía mundial tampoco tiene un colchón de crecimiento holgado. Eso obliga a revisar muchas previsiones.

Por eso ha reaparecido, (aunque todavía con matices), el temor a un entorno estanflacionista (crecimiento débil, inflación lanzada), no necesariamente en el sentido clásico de una gran crisis prolongada, pero sí como una combinación preocupante: energía cara, menor visibilidad sobre la actividad y bancos centrales que no pueden permitirse bajar la guardia.

Ha reaparecido, (aunque todavía con matices), el temor a un entorno estanflacionista (crecimiento débil, inflación lanzada), no necesariamente en el sentido clásico de una gran crisis prolongada, pero sí como una combinación preocupante

La confianza del consumidor se ha deteriorado en varios países europeos y el BCE teme, con razón, que un shock inicialmente energético termine filtrándose al resto de precios de productos y servicios.

Es más, Christine Lagarde tiene claro que la inflación va a dar un salto en los próximos meses.

Éste es probablemente el gran cambio del año hasta ahora: en enero el debate giraba en torno a cuándo empezarían los recortes de tipos; a finales de marzo, la pregunta ya es otra. La Reserva Federal mantuvo los tipos el 18 de marzo en el 3,50%-3,75% y dejó claro que vigilará el impacto del conflicto sobre inflación y actividad. En Europa, el tono ha sido todavía más explícito: Joachim Nagel ha llegado a decir que una subida del BCE en abril “es una opción”, y el mercado vuelve a valorar un escenario de nuevas alzas si el shock energético se prolonga

"Ya se ha producido demasiado daño", asegura Lagarde en una entrevista con The Economist , y, «no hay manera» de que el suministro energético perdido en el Golfo se pueda restablecer a corto plazo. El colapso podría durar "años". "Nos enfrentamos a una verdadera conmoción... que probablemente vaya más allá de lo que nos podemos llegar a imaginar, ahora".