En un pub de Fleet Street, por aquel entonces la calle londinense de la prensa, el plumilla Gilbert Chesterton escribió un ripio autobiográfico, en un sobre, y se lo leyó a su compañero de cerveza, el cagatintas William Titterton:

"Príncipe, chantajeaste, mentiste, has sobornado...

tus vicios horrorosos te han echado a perder.

Pero una cosa aún justifica el oficio,

fue en Fleet Street donde aprendí a beber".

El periodismo ha sido una profesión de vicio pero jamás de nostalgia, el periodista puede ser canalla pero no aburrido, chivato pero no melancólico, traidor pero no cobarde, trapacero pero no mezquino, hasta grosero... mientras se mantenga políticamente incorrecto.

Por eso digo, sin temor a error, que el periodismo sobrevivirá hasta el fin de los tiempos.

Aún más, vencerá a sus tres enemigos actuales. El primero es la inteligencia artificial IA. Sin entrar en honduras, la IA me recuerda aquella anécdota en la que Miguel de Unamuno escuchaba a un conferenciante, un hombre tan culto que no dejaba de recordar citas de autoridad: como dice fulanito, como asegura menganito, como responde zutanito... Hasta que Unamuno, que no se caracterizaba por su paciencia, le espetó:

-¿Y usted tiene algo que decir?

La IA periodística, sobre todo la del venenoso Google, catedrático del pensamiento único global, resume -cita- lo que hacen los demás, los periódicos. La IA resume una antagonía, o 1.000 antagonías y contradicciones, en décimas de segundo, pero siempre a partir de unos axiomas peligrosos, para introducir la realidad y los análisis en el vaso de su previa deformación.

Ejemplo, acabo de escribir las palabras Hispanidad y FIV. Atención a lo que enhebra la IA de Google: Hispanidad analiza la FIV desde un punto de vista ideológico, contrario al técnico. ¿Y eso quién lo dice? El humano que ha hecho la IA de Google, tan sectaria ella, tan poderosa que dice lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdad y lo que es mentira.

En todo caso, si los chicos de Google, el ladrón y expropiador del periodismo, esquilmador de las empresas periodísticas, a las que ha robado, no sólo su información sino también su publicidad... te resume en diez líneas la información de decenas de periódicos, gratis, no será fácil que ningún interesado entre en la web de ningún periódico.

Pese a todo esta injusticia en origen, una majadera jueza norteamericana, ligeramente majadera, acaba de consagrar el monopolio y Google, que además de un robo, impone un pensamiento único mediante la censura de todo lo que resulte políticamente incorrecto. Por ejemplo, el pensamiento cristiano.

Pese a todo, el periodismo derrotará a la IA y a Google, ya lo verán.

Segundo enemigo de la profesión: el periodismo ciudadano, las redes sociales como seguidoras de la actualidad. Es un enemigo mucho más noble que la IA y que Google, porque no es otra cosa que el periodismo de calle, periodismo local, el que cualquiera puede ejercer con un móvil.

Pero como profesional, sí, lo eres, pero también mucho más cercano a la realidad que el periodista con contrato de periodista que apenas pisa la calle y se guía por Internet.

Además, el periodismo ciudadano tiene menos prejuicios que el profesional, aunque el periodismo profesional sea más profesional que el aficionado.

Pero también le venceremos. Uno es optimista por naturaleza. Basta con que los periodistas seamos menos pedantes y tengamos menos prejuicios.

Pero el enemigo más letal del periodismo ahora mismo es la melancolía. Chesterton escribió su artículo en un pub, y allí nacieron algunas de sus mejores epopeyas y novelas de detectives, las más divertidas, pues tratan de los dos temas que subyugan a la humanidad: el amor y la muerte.

El periodismo siempre ha sido, hasta ahora, una profesión alegre. Sin embargo, ahora percibo la obsesión por el rigor, que provoca una tristeza inconmensurable en quien la práctica.

No digo que la precitada obsesión por el rigor por encima de la verdad sea la única responsable de la aflicción que invade el periodismo actual, pero ayuda, ya lo creo que ayuda.

Cuando yo daba clases de redacción en una facultad de periodismo -creo que ninguno de mis alumnos aprendió absolutamente nada- ponía a mis alumnos el siguiente ejemplo: llega un comunicado de una empresa en la que se dice que la compañía ha ganado 122 millones de euros el pasado año. Si alguien titula con la proposición más riguroso de todas, esa misma, la de que ganó, no 121 ni 123 millones, sino exactamente 122, probablemente esté en la cumbre del rigor, pero también en los bajos de la mentecatez.

122 millones de beneficio no dicen nada y, probablemente, el resto del comunicado tampoco. Hay que saber si los 122 millones son muchos o pocos, cómo los ha ganado, como los distribuye... todo ello provocará afirmaciones poco rigurosas, pero no por ello menos ciertas.

Porque lo que importa, en periodismo y en otros muchos campos, no es el rigor, sino la verdad y el sofisma de anteponer rigor a verdad, o de disimular la verdad tras el rigor, ha crecido tanto en este mundo viejo que a veces pienso que verdad y rigor son antónimos.

Pero olviden todo lo anterior: el verdadero mal del periodismo es el mismo que el de la sociedad: que Dios no existe en el quehacer de la canallesca. Recuerden la sentencia del Pío de la Pietralcina: "La sociedad de hoy no reza, por eso se está desmoronando". Al periodismo le ocurre exactamente lo mismo que a la sociedad.

Oiga, y el padre Pío ya murió en 1968.

Pese a todo, el periodismo sobrevivirá a Google, a la IA, a las redes sociales y a la melancolía... hasta el fin de los tiempos.