Un cuarto de siglo después de su aparición vuelve a las pantallas la primera adaptación, primer libro, del amigo Harry Potter (‘La Piedra filosofal’) y el público se entusiasma de nuevo. Me parece que son siete, no me he leído ninguno y he visto las pelis a trozos sin lograr pasar de la primera, al menos completa. Servidor es de ‘El Señor de los Anillos’, que eso sí que es una epopeya. No tiene nada que ver con el pesadito muchacho mago.
¿Que por qué no me gusta Harry? Sencillo: porque la magia blanca no existe. La magia siempre es negra. Lo que existe es la gracia de Dios todopoderoso, el mismo que nos ha hecho libres y racionales... y así nos mantenemos hasta que nos hacemos socialistas o racionalistas.
Sin embargo, me gusta la obra de Joanne Rowling porque ella es de las que aún distingue entre el bien y el mal. Todavía tiene salvación. Ejemplo: Rowling asegura que mujer es la que nació mujer. ¡Bien por ella!
No se crean: la broma le ha supuesto a doña Joanne todo tipo de querellas aviesas y, sobre todo, querellas, que constituye la persecución favorita en la desgraciada civilización occidental actual.
Por el momento, se ha mantenido firme. Nacemos varón o hembra... y ni tan siquiera nos han pedido permiso para nacer. Simplemente somos nacidos, no podemos añadir un codo a nuestra estatura, mucho menos decidir qué sexo queremos tener.
Y decir algo que siempre pareció evidente le ha atraído a Rawling las iras furiosas de toda la legión de idiotas, numerosísima, que hoy pulula por el mundo.
Pero no: la magia blanca no existe, Harry Potter, por tanto, tampoco.