Algo tiene el islám, religión con más de 2.000 millones de fieles (24% de la población mundial), que provoca choques con comunidades de otros credos en casi todos los continentes del globo. Así, mientras el islám se moviliza intensamente para consolidar el proselitismo entre sus fieles, el relato de confrontación hacia el exterior (articulado a través de la yihad y el rechazo a los no creyentes) eclipsa con frecuencia las iniciativas de paz o la convivencia ecuménica dentro del pluralismo de la geopolítica actual.

Si otras grandes religiones del mundo han avanzado hacia la aceptación del laicismo y el ecumenismo tras siglos de conflictos, amplios sectores del pensamiento islámico más ortodoxo siguen anclados -desde nuestra perspectiva- en otros siglos bajo la idea de que la pureza religiosa debe defenderse frente al "infiel" mediante la presión ideológica o hasta incluso la coerción. Los conflictos regionales que ensangrientan Occidente (Europa y Norteamérica fundamentalmente), Oriente Medio, África y el sudeste de Asia alimentan esta percepción, mostrando que la diversidad y pluralidad religiosas rara vez es tolerada en pie de igualdad en los territorios donde impera el fundamentalismo islámico.

Algo tiene por tanto cuando no pocos países musulmanes mantienen desde hace largos años enfrentamientos sangrientos con naciones de fe distinta. Es el caso del histórico conflicto en el Oriente Medio que enfrentan al Estado de Israel (judaísmo) y las milicias de países con mayoría musulmana como Palestina, Líbano e Irán y sus brazos terroristas (Hamás, Hezbolá o los yutíes en Yemén). Es más, algunas de las consignas más radicales del islám abogan por la exterminación total de Israel y la comunidad judía en el mundo. La “solución final” de los judíos proclamada por el islám más radical recuerda a otros tiempos del Holocausto nazi. Y aún así Israel se tiene que justificar a menudo en medio mundo de su derecho a la defensa contra terroristas islamistas.

La comunidad de inmigrantes musulmanes en la Europa del cristianismo desde hace decenios asciende ya a unos 50 millones de individuos. Aunque muchos conviven pacíficamente, los conflictos de radicales contra los “infieles cristianos” a los que consideran apóstatas son un hecho evidente. La gran cantidad de atentados terroristas por parte de grupos fundamentalistas, células aisladas, ejecuciones, violaciones, agresiones y otros delitos cometidos contra los europeos o/y en suelo europeo casi a diario, ya no pasan inadvertidos por la opinión pública. En casi todos los países de la UE se observa con preocupación el radicalismo creciente de islamistas que acogidos con buena voluntad atentan contra los valores democráticos, principios y creencias cristianas.

En España, con casi 2,5 millones de musulmanes y la reciente agresión de emigrantes ilegales del Magreb en Ceuta, así como anteriormente en Melilla y Canarias, no es un hecho aislado. La invasión de casi 100.000 musulmanes procedentes de Marruecos en la ciudad autonómica española en un solo día tampoco es casualidad como pretenden hacernos ver desde Moncloa, cuando además portavoces oficiales de Rabat justifican la agresión reivindicando públicamente Ceuta y Melilla como territorio marroquí. Hay que recordar que se trata de la tercera agresión territorial de Marruecos contra la soberanía española tras el asalto de la isla Perejil (2002), invasión de Ceuta en 2021 y la actual en 2026.

La llamada de Marruecos a la “lucha" en Ceuta parece apelar al yihadismo. El ISIS acaba de amenazar a España con atentados terroristas en caso que se resistan a entregar Ceuta. Como denuncian varios medios, se han detectado a reclutadores yihadistas del Daesh entre los inmigrantes de la invasión en Ceuta.

Pese a todo, para ser un “ataque y una violación de la integridad territorial de España” como calificó el presidente español Pedro Sánchez, poco se ha hecho desde el ejecutivo consecuentemente para contestar a Marruecos al que también desde Moncloa califican de “socio fiable” en su guerra híbrida contra la nación española. Son tan de fiar estos socios como la mayoría de los autores del atentado del 11M en Atocha de origen marroquí.

Hay quien con razón afirma que el gobierno español al completo, al servicio de Su Majestad, el rey Mohamed VI, ha tolerado el segundo golpe más grave -después del procés catalán- contra la soberanía nacional y la integridad territorial en pocos años. A Pedro Sánchez y el PSOE solo le falta presentarse a las elecciones en Marruecos que promete sacar mayoría absoluta perpetua.

OTROS CONTINENTES, MAS CHOQUES

En otros continentes, tanto acusar del expansionismo globalista y no pocos musulmanes practican el expansionismo religioso. Un ejemplo, el choque de civilizaciones religiosas en Nigeria entre pastores fulani (musulmanes) y agricultores (cristianos), o las tensiones geopolíticas y divisorias históricas entre el norte de Sudán (musulmán) y el sur de Sudán (cristiano). También es conocido que grupos yihadistas (como Boko Haram o filiales de Estado Islámico y Al-Qaeda) mantienen ataques de forma sistemática a comunidades cristianas y pueblos con otras creencias en países africanos como Burkina Faso y Níger. Los enfrentamientos en zonas fronterizas y de diversidad religiosa, también se registran entre Etiopía y Eritrea (en el cuerno de África) donde la guerra no responde a un conflicto estrictamente religioso pero sí marcan las dinámicas de violencia de la región entre cristianos y musulmanes.

Otro punto de conflicto religioso se constata con el hinduismo: La disputa histórica y militar entre la India (mayoría hinduista) y Pakistán (mayoría musulmana) por la región de Cachemira. O las fricciones violentas en Myanmar (Birmania) de mayoría budista. En Tailandia las provincias del sur del país, de mayoría musulmana, enfrentan un conflicto separatista armado de larga duración contra el estado tailandés, de predominio budista.

Pese a los múltiples enfrentamientos sangrientos contra otros credos, hay que reconocer un atributo en el islám como es la evangelización y la educación coránica tanto en sus regiones de origen como en las diásporas. Todo ello aunque no haya el mismo trato de reciprocidad.

El objetivo pasa por fortalecer la identidad colectiva, frenar la secularización y garantizar que la comunidad crezca y se mantenga fiel a los dogmas establecidos. Para el creyente, pertenecer a esta hermandad ofrece un refugio espiritual y social de alto valor en un mundo globalizado y competitivo. Hasta aquí bien. No tan bien cuando se radicalizan y pregonan la Yihad, la intolerancia de otras religiones y culturas (sobre todo occidentales), impropias de una fe de paz, fraternidad y libertad como pregonan.

Algo tiene el islám cuando el 85% de los refugiados en el mundo según algunas fuentes son de origen musulmán. Curiosamente por alguna razón no piden asilo en Arabia Saudí, la cuna del islám, ni en ningún otro de los 50 países musulmanes del mundo. Solo hay que recordar el muro de contención de Egipto en su frontera contra los refugiados de Palestina para cerrar las puertas de entrada tras la huida de miles de palestinos de los ataques de respuesta a Gaza por parte de Israel.

¿Por qué una fe religiosa quiere, aspira y hasta mata por llegar a pisar Occidente que tanto demonizan ? Según la lógica racional cuando detestas algún lugar nos abstenemos de acudir. En la lógica islamista parece que rige el principo inverso. La paz y la convivencia se sacrifican por llegar a ser un mártir. Habría que preguntarse legítimamente en qué ha contribuido el islám en los últimos siglos al progreso de la humanidad en general. No puede ser que las Cruzadas contra las civilizaciones cristianas, judías, hinduistas o budistas (todas juntas o por separado) sean el último designio del Corán, en lugar de la convivencia pacífica y tolerancia ecuménica.

En otros tiempos fue posible, basta con recordar la época del “Al-Andalús”, donde pensadores, científicos y teólogos musulmanes, cristianos y judíos colaboraron en espacios como la Escuela de Traductores de Toledo o las cortes de Córdoba que contribuyeron a enriquecer notablemente todas las civilizaciones involucradas.

Tanta “convivencia” en el siglo actual ha llevado a extremos como el caso de la jugadora de la selección española de fútbol, Esther González, fichada recientemente por el equipo Al-Qadsiah Ladies, de la liga de Arabia Saudí, que ha borrado rápidamente de sus cuentas en redes sociales su condición de lesbiana e imágenes con su actual esposa, para evitar ser lapidada en el país árabe comodictamina el islám con otras muchas mujeres comunes de la calle.

Alguien en el mundo islámico con autoridad debería plantearse pues una campaña reputacional y de replanteamiento fundacional mirando con la óptica del actual milenio de la era digital. La separación entre la religión y la política en Occidente fue un proceso largo que comenzó a gestarse teóricamente a finales del siglo V (con el Papa Gelasio I) y se consolidó legalmente durante los siglos XVIII y XX. ¿Cabe pensar que el Islám algún día dará un paso similar?

Si hay algo que la mayoría de los creyentes de todos los credos y no creyentes secundan, es el deseo de vivir y dejar vivir en paz.