En una semana a la que, en relación con la tragedia de Ceuta, desde una perspectiva ética natural, podríamos calificar, si nos fijamos en las declaraciones de Pedro Sánchez y de sus ministros, como la de “la apoteosis definitiva de la mentira gubernamental”, en todas sus formas y modalidades, comenzando por la negación de la evidencia y acabando por la enfatización de una promesa a la que ya se ha traicionado de antemano... también ha habido dos muy buenas noticias: que el pueblo español está despertando por fin de su largo letargo, y que en el PSOE, también, ¡por fin!, ha habido alcaldes y votantes que han desobedecido las directrices del Partido, sometido a la ignominia sanchista.
Y es que la mayor parte de los españoles, individual o institucionalmente, han tragado con leyes y disposiciones falaces, injustas y aberrantes sin apenas oponer resistencia y casi sin rechistar durante muchos años. Y ya era hora de que, ante otra flagrante violación de la verdad, la justicia y la libertad nos levantáramos. En parte, porque, eso sí, siempre hemos sido el pueblo más solidario con los necesitados de comprensión, apoyo y ayuda. Y éstos, ahora, son los hermanos y compatriotas de Ceuta.
En lo que respecta al PSOE, todos sabemos que muchos han sacrificado sus convicciones de otrora por cumplir con los caprichos del líder supremo. Ahora, varios de sus dirigentes locales se han rebelado contra la ignominia de prohibírseles solidarizarse con sus hermanos de Ceuta ante la calamitosa situación creada por la invasión marroquí. Han sido pocos, bien es verdad, pero los suficientes para que otros muchos socialistas, y en especial los parlamentarios que aún conserven un mínimo de conciencia tomen buena nota y obren en consecuencia.
En este sentido, lo primero que me viene a la cabeza es, cómo no, ese suceso que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles en el que, tras prohibírsele por el Sanedrín a Pedro y a otros apóstoles que no prediquen el nombre de Jesús, éste contesta que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Que, en el caso de los que desgraciadamente no crean en Dios, puede traducirse como “hay que obedecer a la propia conciencia antes que a las directrices injustas”.
También en el mismo sentido es lógico que recuerde la Carta del Cardenal Newman al Duque de Norfolk sobre el primado de la conciencia ante cualquier autoridad, cuya lectura les recomiendo encarecidamente.
Y he recordado también una escena de la magnífica película Escarlata y negro, protagonizada por el gran Gregory Peck y “antagonizada” por Christopher Plummer. En ella se narra la historia real y verdadera del Padre Hugh O´Flaherty, un sacerdote destinado en el Vaticano durante la Segunda Guerra Mundia, que recibió la encomienda del Papa de proteger y salvar a cuántos judíos y familiares de partisanos pudiera, en la Roma ocupada por los Nazis. Y que, gracias a Dios, a una astucia y valentía proverbiales, a la oración de Pío XII, y a la ayuda de un grupo de valientes, logró salvar a más de seis mil.
El prólogo de la escena es que uno de los colaboradores del Padre O´Flaherty, el Padre Morosini, es descubierto. Como, a pesar de la tortura que se le inflige por la Gestapo, se niega a dar los nombres de los otros colaboradores y de los pisos y mansiones donde escondían a las personas perseguidas, es condenado a ser fusilado ante un pelotón de ejecución compuesto por soldados italianos colaboradores de los nazis.
La escena es que el Padre Morosini está ante el pelotón de fusilamiento, con la dignidad propia de los hijos de Dios. El coronel Kappler, el Jefe nazi de Roma, ordena que disparen. Los soldados, cuyas caras reflejan una tensión y pesar grandes, pues sabían que era un ser inocente y hombre de Dios, o yerran los tiros a propósito o bajan las armas. Entonces, el Coronel Kappler, rabioso, dispara su arma contra el buen sacerdote.
El recuerdo de tan impresionante escena nos sirve para ver la importancia de que no obedecer ni un minuto más las órdenes de un Gobierno corrupto que internamente obedece a los intereses internos de los separatistas catalanes y vascos y, externamente, a los de Mohamed VI y de los Soros y del NOM en su afán por destruir la unidad, identidad y soberanía de España.
Y esto afecta a todos. Entre otros: al Rey, que sí puede y debe hacer cuanto antes, con prudencia y coraje, todo lo que el artículo 56 de la Constitución le exige; al pueblo español, que debería seguir manifestándose continuamente, una semana sí y otra también; a los Magistrados del Tribunal Supremo que mañana día 7 tienen la posibilidad de echar por tierra el inmenso fraude de ley que la inefable hermanita de Oscar Puente ha introducido en la ya por sí absurda y aberrante “Ley de Nietos”; a los demás jueces que están investigando las corrupciones y las traiciones de este Gobierno, que no deben dejarse intimidar por los mafiosos y aceleren los procesos; por los partidos políticos que amen a España, que, mejor mañana que pasado, deben presentar una nueva moción de censura en la que propusieran las medidas de regeneración que necesita España, independientemente de intereses partidistas…
Pero, sobre todo, afecta singularmente a los parlamentarios del PSOE que no hayan perdido completamente su dignidad. Los cuales, una vez presentada esa moción, deberían en conciencia dejar caer a los que están traicionando a España y, por ende, a las propias siglas de su Partido.
Si no lo hicieran, coadyuvarían significativamente a poner en gravísimo peligro a todos los españoles, no solo a los ceutíes, y el futuro de España como nación histórica.