Eucaristía del miércoles 2 de septiembre, en una Iglesia madrileña. Nuestro oficiante aparece, emocionado, para comunicarnos que estamos en la 'Jornada Mundial de la Oración por el cuidado de la creación'. Y sin haberlo deseado me ha salido un pareado.
Resulta que estamos destruyendo el planeta y el culpable, no lo duden, es el ser humano, siempre malvado.
La verdad es que el día de la creación es el 1 de septiembre, no es una fiesta católica, Tanto es así que no figura en el calendario litúrgico: pero todos sabemos que el Papa Francisco tenía más buenas ideas que malas pero no se preocupaba de la ubicación de unas y otras. Y claro, hizo suya la iniciativa de Gaylord Nelson y convirtió una jornada por el medio ambiente en práctica eclesial. Sobre todo tras la emisión de la Laudato Si. Encíclica que no dice nada malo, por supuesto, pero que santifica, con dignidad eclesiástica, el cambio climático y no combate mucha de las estupideces de esa magnífica necedad que hemos llamado ecología.
El hombre no es culpable. Sometiendo y explotando la tierra, el hombre la fertiliza y multiplica sus frutos
Además, como el espíritu argentino es generoso, el Papa Francisco expandió lo que era una jornada, un sola, verde-laica, a 34 días, del 1 de septiembre hasta el 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís, santo del que toma nombre la encíclica Laudato si, aunque no estoy seguro de que tome el contenido.
Quiero decir que está muy bien eso de convertir el Poverello de Asís en el patrón del medio-ambientalismo, pero la ecología de San Francisco, no es sino una forma de reparar en la naturaleza creada para llegar al Creador, de admirar la creación para alabar al único. El Santo más popular no amaba a la naturaleza: la llamaba bendita por y para amar a su Hacedor.
El problema es que los tópicos verdes han crecido demasiado en número como para ser revisados en su totalidad pero algunos sí que me gustaría desmontarlos.
1.El planeta ha sido creado para el hombre, no el hombre para el planeta. El mandato bíblico es "henchid la tierra y sometedla. Y en cuanto al cuidado del planeta... por supuesto, la enseñanza papal ha sido siempre la misma: no podemos reducir la capacidad del planeta pero, ojo, pensando exclusivamente, en nuestro hijos, en las próximas generaciones de seres humanos.
2.El hombre no desertiza el planeta, todo lo contrario: sometiendo y explotando la tierra, el hombre lo fertiliza. Al menos eso es lo que siempre ha hecho la civilización cristiana. Insisto, con el Imperio romano, que sí, que fue civilización cristiana (Jerusalén, Atenas y Roma) el norte de África se convirtió en el granero del imperio, a costa, fíjense bien, de explotar la naturaleza: trigo, vid y olivo. En cuanto llegaron los musulmanes, que no cultivan la vid ni los pastos para el vacuno, que es cansino, y se conforman con cabras el desierto del Sáhara alcanzó el Mediterráneo.
Explotando al planeta, el hombre le hace rendir más. Comete errores, por supuesto, pero someted la tierra y a todas las plantas y a toda las hortalizas, y a todos los animales, no sólo es un inteligente mandato divino sino que, además, conlleva una buena economía... que es mucho más importante que un buena ecología.
Más rezar a Cristo y menos obsesión con la emergencia climática
3.Espiritualismo. Lo dejaría ahí, pero la filípica de nuestro mosén dio para mucho más. Lo peor de todo, aunque espero que no haya hecho mucho daño por su vaguedad expositiva, fue su agónica petición para que nos preocupemos más del 'joío' planeta par no caer, atención, atención, en el espiritualismo. ¡Toma ya! Al parecer hablar con Dios y no preocuparse por el planeta es espiritualismo.
4.Y así llegamos a la Pachamama, igualmente preocupante: asegura nuestro pater que todo lo que sea atentar -a ver qué entiende él por atentar- contra la naturaleza es pecado. El pirómano sí que comete un pecado pero es porque pone en peligro la vida y hacienda de los demás. No atenta contra la naturaleza, atenta contra el ser humano.
Mucho me temo que el Papa Francisco cayó en la práctica moderna que condenaba Clive Lewis: correr con mangueras a las inundaciones y con barcazas a los incendios: aconsejar justo lo contrario de lo urgente: bien está cuidar la naturaleza pero no dejarse esclavizar por ella.
Nuestro cura oficiante también nos abronca por otra vía: negar la emergencia climático no es propio de católico. Repitamos: ¿el cambio climático existe? Por supuesto ¿Los negacionistas existen? Por supuesto que no. A ver, muchacho, los tres principios de la cordura para no incurrir en locura:
1.El cambio climático siempre ha existido, es continuo y permanente y no todas sus consecuencias son negativas.
2.El hombre no es culpable ni tan siquiera puede modificar el cambio climático, ni aunque regresara a la caverna, porque nos enfrentamos a dimensiones y fenómenos que el hombre no es capaz ni de concebir, mucho menos de modificar. Así que no se me deprima. Más bien confíe en la Providencia, qeu sí puede arreglarlo.
3.El hombre no puede arreglar ni un 1% de las consecuencia del cambio climático. Pero lo eu sí puede hacer, y están haciendo millones de persona en el mundo, es amargarse la existencia intentando reparar lo que nunca podrán reparar.
La Pachamama. ¿Un católico al servicio del planeta? Hay que ser idiota. El cristiano sólo debe estar al servicio del hombre, de su prójimo.
En todo caso: lo que sí encuentro preocupante, y mucho, es la conversión, por mor de este ecología de sacristía es la conversión, del cristianismo en panteísmo, dos enemigos jurados desde que el hombre pulula sobre la faz de la tierra.
¿Un católico al servicio del planeta? Hay que ser idiota. El católico sólo debe estar al servicio de Dios y de su prójimo.
En suma, un cura verde. Con decirles que casi me gustaban más los curas rojos.