La incorporación de Ceuta a España no fue resultado de una conquista española ni de una anexión impuesta por las armas. Fue la culminación de un proceso histórico singular, desarrollado durante casi un siglo, en el que la propia ciudad desempeñó un papel decisivo. Para comprenderlo es necesario remontarse a 1415, cuando una expedición dirigida por el rey Juan I de Portugal ocupó la plaza norteafricana. Ceuta, situada en la orilla meridional del estrecho de Gibraltar, poseía una importancia estratégica excepcional: dominaba una de las grandes puertas del Mediterráneo y constituía un punto fundamental en las rutas comerciales entre África, Europa y Oriente.
En aquel momento no existía el Reino de Marruecos entendido como el Estado nacional que hoy conocemos. Sobre buena parte del territorio del actual Marruecos ejercía una autoridad irregular y con frecuencia disputada el sultanato meriní, cuyo centro político se encontraba en Fez. Era una organización dinástica asentada sobre alianzas tribales, sometida a divisiones territoriales, y muy distinta del Estado marroquí contemporáneo. Ceuta se encontraba bajo autoridad meriní, pero no formaba parte de un inexistente Reino de Marruecos con fronteras nacionales semejantes a las actuales. Proyectar retrospectivamente el mapa político de nuestros días sobre el siglo XV constituye un anacronismo histórico.
Durante más de siglo y medio, Ceuta permaneció bajo soberanía portuguesa. Su conquista inauguró la expansión ultramarina de Portugal y anticipó las grandes navegaciones atlánticas que acabarían llevando a los portugueses hasta la India, Brasil y Extremo Oriente. La ciudad, sin embargo, era una posesión difícil y costosa. Rodeada por territorios hostiles y dependiente del abastecimiento marítimo, necesitaba una guarnición permanente y una comunicación continua con la península ibérica. El cambio decisivo se produjo en 1580. La muerte sin descendencia del rey Sebastián de Portugal y poco después la de su sucesor, el cardenal Enrique, provocaron una crisis dinástica. Felipe II, hijo de la emperatriz Isabel de Portugal y nieto del rey Manuel I, hizo valer sus derechos al trono portugués. Tras la intervención militar del duque de Alba y el reconocimiento de las Cortes de Tomar de 1581, Felipe II se convirtió también en Felipe I de Portugal.
No se produjo entonces una absorción de Portugal por Castilla, sino una unión dinástica. Un mismo monarca gobernaba los distintos reinos de la Monarquía Hispánica, pero Portugal conservaba sus leyes, instituciones, moneda, administración y posesiones ultramarinas. Ceuta continuó siendo jurídicamente portuguesa, aunque quedó integrada, como el resto del reino, bajo la soberanía del monarca que reinaba en Madrid. Durante sesenta años, los ceutíes sirvieron a Felipe II, Felipe III y Felipe IV como reyes de Portugal. La vida de la ciudad estrechó sus vínculos con Andalucía, especialmente con el entorno del estrecho, de donde procedían buena parte de sus suministros, refuerzos y relaciones comerciales. Sin desaparecer su herencia portuguesa, Ceuta fue incorporándose de hecho al espacio político, militar y económico de la Monarquía Hispánica.
En 1640 aquella unidad se quebró. Portugal se sublevó contra Felipe IV y proclamó rey al duque de Braganza con el nombre de Juan IV. La rebelión abrió una guerra que se prolongaría durante veintiocho años y obligó a las ciudades y territorios portugueses a tomar partido entre la nueva dinastía de Braganza y el soberano al que hasta entonces habían prestado juramento. Ceuta adoptó una decisión excepcional: permaneció fiel a Felipe IV.
La ciudad no siguió el levantamiento portugués ni reconoció al nuevo monarca. Mientras Portugal se separaba de la Monarquía Hispánica, las autoridades y los habitantes de Ceuta optaron por conservar su fidelidad al rey. Por tanto, no se trató de una plaza portuguesa conquistada posteriormente por un ejército español, sino de una ciudad que ante la ruptura de la unión peninsular, decidió permanecer dentro de ella. Esa voluntad explica la singularidad de su incorporación a España. En 1641, Ceuta solicitó su integración en la Corona de Castilla. Felipe IV reconoció su lealtad y le concedió el título de «Noble y Leal», distinción ampliada en 1656 con el de «Siempre Noble, Leal y Fidelísima». La ciudad conservó además numerosos símbolos de su pasado portugués. Su escudo, prácticamente idéntico al de Portugal, sigue recordando aquel origen, mientras que su fidelidad a Felipe IV explica la corona marquesal que lo remata.
La incorporación todavía debía recibir reconocimiento internacional. La guerra entre España y Portugal terminó con el Tratado de Lisboa, firmado el 13 de febrero de 1668. España reconoció la independencia portuguesa bajo la casa de Braganza y Portugal aceptó que Ceuta permaneciera bajo soberanía española. El acuerdo no creó una situación territorial nueva, sino que confirmó jurídicamente una realidad sostenida por la ciudad desde 1640. La documentación publicada por el BOE señala expresamente que Ceuta decidió continuar vinculada a España y que su situación quedó consolidada mediante aquel tratado internacional.
Hablar de la «anexión» de Ceuta exige, consecuentemente, una precisión fundamental. España no arrebató Ceuta al actual reino de Marruecos, porque ese Estado no existía en 1415 ni existía todavía, con su dinastía y configuración moderna, cuando la ciudad decidió permanecer unida a la Corona española. La dinastía alauí, de la que procede la monarquía marroquí actual, ni siquiera había alcanzado entonces el poder. Tampoco España conquistó la plaza a Portugal después de su independencia. Ceuta permaneció voluntariamente junto a Felipe IV, solicitó su incorporación a Castilla y vio reconocida su decisión por Portugal en un tratado.
Ceuta no llegó a España como un territorio conquistado a última hora, sino como una ciudad que eligió permanecer. Su españolidad nació de una fidelidad mantenida en medio de una ruptura dinástica, fue reconocida por la Corona y quedó ratificada por el derecho internacional. Marruecos no puede proyectar retrospectivamente sus actuales fronteras sobre una época en la que ni existía como Estado nacional ni ejercía la soberanía que hoy pretende atribuirse. Por eso la historia de Ceuta no puede reducirse a una simple anexión: fue, con mayor exactitud, una incorporación decidida, solicitada y finalmente consagrada por el derecho.