Dos años después de que Mario Draghi presentara su famoso informe para mejorar la competitividad europea, que no deja de perder puestos respecto a Estados Unidos y que se está convirtiendo en un satélite de China, la mayor tiranía del mundo, en Bruselas, donde manda ese personaje nefasto llamado Ursula Von der Leyen -derecha progre-, Europa tira la toalla.

El Banco de España asegura que en dos años no se han cumplido ni el 20% de las medidas que el ex primer ministro italiano apuntó para mejorar Europa, pero ni el Banco de España ni la propia Comisión Europea parecen preguntarse por qué el informe Draghi -y algo parecido ha ocurrido con el otro gran informe sobre el futuro de Europa, el del también italiano Enrico Letta- ha fracasado.

Y así, habrá que plantearse si la alemana Ursula Von der Leyen acabará por enterrar el proyecto de Unión Europea, algo más que una probabilidad, lo que, además, conllevaría la penosísima tarea de indemnizar a la legión de burócratas en que se ha convertido Bruselas, dos ciudades en una sola ciudad: el centro para los funcionarios europeos, que carecen de alma, y los suburbios para una población musulmana, en buena parte de alma homicida con el cristianismo y que, en parte aún mayor, odia a la civilización europea, cristiano-occidental.

Pero volvamos al Informe Draghi: ¿cómo no iba a fracasar si hablaba de mejora de la eficiencia en una Europa decadente y perezosa, donde la indolencia se ha convertido en norma?

Los europeos de hoy no se atreven, ni tan siquiera se plantean, la necesidad, cada día más urgente, de finiquitar el Estado del Bienestar, ese sector público que cuida de ti desde la cuna a la tumba pero que cada vez te cuida menos y cada día homologa más el esfuerzo con la laxitud.

Una Europa que necesita energía pero no se atreve a producir más energía, como hacen China y Estados Unidos, porque eso contaminaría al planeta. Una Europa que ha renunciado a las energías fósiles y, sobre todo, a la energía nuclear, en una sociedad que cada día reclama más energía... que no puede ser otra que la energía nuclear de fusión.

Ojo, que Europa no sólo ha renunciado a la fusión nuclear, es que está desmantelando la fisión nuclear, que debería ser tan sólo la puerta de entrada hacia la fusión.

La Europa agónica también ha renunciado a reducir lo público -cuna de todas las desigualdades- y asegura que el Estado del Bienestar constituye uno de los valores europeos. Lo cierto es que lo público es injusto por naturaleza -lo que es de todos no es de nadie, salvo de los ladrones- y que no puede perder su carácter colectivo -en ocasiones necesario, pero siempre transitorio-. La actual Europa, en resumen, es incapaz de reconocer que donde mejor está el dinero es en el bolsillo de quien lo ha ganado honradamente. Una sociedad justa sólo puede construirse sobre el respeto a la propiedad privada convenientemente repartida, es decir, fomentando lo pequeño, sobre todo la pequeña propiedad, frente a lo grande, sea público o privado.

Europa, asimismo, se niega a prescindir del fardo ecológico, que ha convertido la economía europea en una tela de araña de normas de imposible cumplimiento, que está acabando con millones de vocaciones de emprendedores, de aquellas que quieren fabricarse su propia nómina sin depender de terceros, sea el Estado o una gran corporación.

Con ser importante, todo los 'defectos' anteriores de la Europa de 2026 son menos que nada frente a la impostura de una Europa de origen cristiano que ha rechazado a Cristo. Ya saben, lo de San Juan Pablo II, hace ya 44 años, en l catedral de Santiago de Compostela, dónde mejor: "Europa, sé tu misma, recupera tus raíces cristianas". Y como ha abjurado de Cristo, Europa se muere. Ursula von der Leyen parece ser la encargada del sepelio.