Ocurrió en el exquisito restaurante Zalacaín. El pasado miércoles 2, el general Félix Sanz Roldán saludaba efusivamente a uno de los empresarios más importantes y más silentes de España, a Demetrio Carceller, el hombre de Damm, de Sacyr, de la petrolera Disa, de Rodilla, el accionista caracterizado de Ebro, quién sabe si su futuro dueño, y uno de los patronos más discretos de la vida pública española, que mantiene sus convicciones en la intimidad y del que por sus hechos no pueden deducirse sus ideas -que guarda en sobre sellado- y, por tanto, de sus convicciones no puede deducirse su actitud.
Y esa es la noticia: ver que Demetrio Carceller, un hombre que no se moja ni en la ducha, desde luego, un desconocido, no en el mundo político, pero sí entre el gran público, tímidamente empieza a salir de la concha en la que ha vivido durante los últimos 25 años. Ahora que el grupo Damm cumple 150 años de vida, Demetrio empieza, no a subirse al escenario, creo que eso jamás lo hará, pero sí a incrementar, más que sus presencias públicas, sus relaciones públicas.
Carceller me recuerda aquello de Chesterton: Desear el dinero es más noble que desear el éxito. Lo primero, aunque cuando no se intente por un fin noble quedará en mera codicia, no tiene por qué degenerar en soberbia rockfelliana o Rothschiliana, el peor de todos los vicios.
Así que me ha sorprendido, ver a Carceller junto al ex director del CNI, el ubicuo general Félix Sanz Roldán, un carrerón militar, pero de la milicia de poder. Fue jefe de Estado Mayor, tanto con Aznar como con Zapatero, que ya es decir, y luego nada menos que durante 10 años, jefe del CNI, cargo que abandonó ya con Sánchez en el poder.
El Gato Félix, como se le conoce en los mentideros madrileños, ha sido el mejor guardaespaldas de imagen, el mejor experto en seguridad y comunicación con el que puede contar un hombre publico. Sólo José Bono, desde sus tiempos de ministro de Defensa, y con su cuñado, Alberto Saiz, al que nombró jefe del CNI entre 2044 y 2009, ha sabido utilizar con más provecho propio, la enorme información que proviene de dirigir a los espías españoles.
El general Sanz Roldán, alcanzó el cenit de su poder político con Soraya Sáenz de Santamaría como vicepresidenta del Gobierno de Mariano Rajoy. Pero el que tuvo, retuvo: Sanz Roldán ha sido clave, como ex-responsable de la inteligencia militar -no, no es una contradicción 'in terminis'-, par cuidar a importantes en dificultades, como un tal Juan Carlos I.
En todo caso, Carceller, cumplirá 65 años el próximo mes de marzo. Ha superado la leyenda negra sobre el origen de la fortuna de su familia, así como sus pasados, y muy duros, enfrentamientos con el Fisco. Su centro de operaciones continúa siendo Barcelona y ni en los peores momentos del 'Procés', pensó en abandonarlo. Y eso supone un reto para alguien de sus convicciones políticas.
Además, Carceller es de los que cree que cuanto más cerca del peligro más lejos del daño, y por ello no duda en rodearse de directivos de toda condición, incluidos indepes.
Y en su publicidad, Carceller se muestra, antes que nada, políticamente correcto. Que nadie le identifique con el pasado, ni tan siquiera con la historia: el está con la modernidad.
A todo esto, Carceller regenta un grupo empresarial que, con los necesarios altibajos, camina firme. Si una virtud tiene Demetrio como empresario es la paciencia. La misma Disa, Rodilla o Sacyr han pasado por malos momentos, pero él ha conseguido mantener el timón, y la matriz Damm continúa creciendo, a pesar de la nueva sociedad, que deplora las bebidas alcohólicas y, diversificando.
Así que uno comprende que ahora, en 2026, tocaba salir del cascarón. El sesquicentenario de Damm lo merecía. Pero cuidado, Demetrio, fuera siempre hace frio.