Hace ya unos años, cuando murió el periodista Jesús Hermida, yo tenía una gripe que me producía fiebre alta. Providencialmente, era el día que no tenía clases y me pude quedar en casa por la tarde. Tuve que dejar el libro que estaba leyendo, encendí la televisión, sintonicé la cadena generalista oficialmente católica y me tragué un programa de varias horas dedicado a recordar al comunicador fallecido. Tanto por el estudio como por el Tanatorio, desfilaron muchos de sus compañeros, sus discípulas -las “chicas Hermida”-, y personajes de diversa índole que lo habían tratado. Y a mí (que lo primero que hice cuando me enteré de la noticia fue rezar un responso por su alma, aunque no lo conociese personalmente) me extrañó y dolió sobremanera que, entre tantísimos comentarios, no hubiese ninguna referencia, ni por parte de los entrevistadores ni por parte de los entrevistados, a su destino eterno. Ni siquiera escuché un “Dios lo tenga en Su Gloria” o alguna frase parecida.
Tras el fallecimiento de otro afamado comunicador, Fernando Ónega, esta semana, he observado que siguen en sus trece en el tratamiento informativo. Si bien, al menos un presentador expresó el “descanse en paz”.
Ciertamente, uno no espera que en TVE y las demás cadenas al servicio de un poder político nihilista se haga la más mínima referencia sobrenatural, pero en emisoras de radio y una televisión oficialmente católicas…
Y esta ausencia de cualquier referencia a Dios, a la oración, se da al tratar cualquier tema. Ante un grave dilema, ante el sufrimiento de toda una población, ante una catástrofe… El mundo informativo da vueltas a ciegas sobre su vacua inmanencia. Y ni siquiera puede alegar que los ciudadanos exigen esa “neutralidad”, como demostraron los estupendos habitantes de Huelva ante la tragedia de Adamuz. Los cuales, como recordamos con agradecimiento, no aceptaron el silenciamiento de la fe por parte del Gobierno y los medios, y se apañaron para testimoniar, entre otras cosas, el valor de la oración a Dios y a Su Madre Santísima y Madre nuestra.
La ausencia de cualquier referencia a Dios, a la oración, se da al tratar cualquier tema
Como esa estupenda gente, sencilla y fiel, también cada uno de nosotros -incluso los periodistas bautizados- tendríamos que rechazar los actos oficiales del fariseísmo laico y masónico, o la indiferencia de los “minutos de silencio”, y comenzar o reanudar nuestro trato con Dios, no sólo en circunstancias penosas, sino en todos los momentos y ocasiones de nuestras vidas.
Y es que, a pesar de tanta propaganda ideológica antihumana, si todavía conservamos una conciencia recta y una buena voluntad, nos daremos cuenta de que la naturaleza y finalidad del hombre, distinta sustancial y cualitativamente de la de los animales, nos exige razonar y buscar la verdad y agradecer con obras los dones recibidos de Dios. Y entre esos dones está el de poder hablar con Él, para agradecerle, para adorarle, para alabarle, para pedirle perdón, para solicitarle ayuda…
En definitiva, el inmenso don de poder rezar a un Dios personal, a un Padre omnipotente, amoroso y misericordioso, que en Jesucristo nos ha redimido muriendo en la Cruz por cada uno de nosotros y nos ha abierto las puertas del Cielo si libremente lo amamos cumpliendo sus mandamientos, que no son otra cosa que los medios para alcanzar nuestra plenitud humana y nuestra felicidad.
Pues, si no rezamos, no sólo no estamos siendo fieles a nuestra naturaleza y finalidad, pues, como decía Chesterton, si no vivimos vida sobrenatural acabamos viviendo una vida animal, sino que también nos estamos jugando nuestra felicidad y nuestra salvación eterna y, además, la situación y el destino del mundo entero. Pues, como ya en la Biblia, leyendo la historia del pueblo de Israel, se comprueba fehacientemente, el apartarse de Dios y de Su Ley, es la causa principal de las opresiones y esclavitudes que los poderosos de este mundo infligen a sus pueblos. O, dicho de otra manera, y en consonancia con nuestro tema, una de las causas principales de tantos males y desastres que padecemos hoy en nuestro país y en casi todo el mundo es que cada vez hay menos gente que reza, y los que rezamos, por lo general oramos poco y mal.
Tendríamos que rechazar los actos oficiales del fariseísmo laico y masónico, o la indiferencia de los “minutos de silencio”, y comenzar o reanudar nuestro trato con Dios, no sólo en circunstancias penosas, sino en todos los momentos y ocasiones de nuestras vidas
En un artículo breve no me puedo detener a demostrarle con multitud de hechos históricos y actuales lo que acabo de afirmar. Además, estoy seguro que Usted, como tiene ojos en la cara, honestidad intelectual y cierta sensibilidad espiritual, puede verificarlo por sí mismo.
Tampoco puedo referirme a las causas de ese “olvido” letal, pues son muchas y variadas, aunque se puede resumir en que los católicos nos hemos mundanizado (en parte por la enorme dependencia de los medios de comunicación) y hemos dejado de considerar y de vivir las verdades fundamentales de nuestra fe y las exigencias de nuestra razón y de nuestro corazón.
Precisamente, una de esas verdades básicas y operativas que más debemos tener en cuenta, como todas las demás nos la dice Nuestro Señor Jesucristo cuando afirma: “Sin Mí, nada podéis hacer”. Así que, por ejemplo, eso de “dar la batalla cultural” en la que están empeñados algunos católicos bien intencionados y hartos de la hegemonía “regresista”, si no se da como base una “batalla espiritual”, es decir, si no se fundamenta en una intensa vida de oración personal y en una constante oración pública comunitaria, está abocada al fracaso.
El santo Padre Pío, además de tener una prodigiosa vivencia de la Santa Misa, y de recibir de Dios unos dones extraordinarios, llevaba siempre un rosario en la mano. Entre rezo y rezo, de vez en cuando lo aireaba mientras que con voz fuerte afirmaba: “este es el arma poderosa con el que venceremos”.
Evidentemente, no solo el rezo del Santo Rosario, sino toda forma de oración confiada de la inteligencia y del corazón es el arma poderosísima con la que contamos en la batalla diaria y final. Pues, como titulé mi último libro, que en su momento recomendó Eulogio López: “Aquel que se salva, sabe”. Amén.