No hace falta que les diga que, desde la visita de Benedicto XVI en el 2011 hasta hoy, España ha empeorado de tal manera que se puede hablar, como escribió nuestro director el miércoles, de una situación “irrespirable”.
La España que se encuentra el Papa León está, en su mayor parte, políticamente destrozada; económica y culturalmente empobrecida; moralmente anestesiada; socialmente fragmentada, polarizada y desorientada; y llena de incertidumbre por su futuro. Pero aún conserva un importante resto fiel a su esencia católica, y hay también un esperanzador renacer del Espíritu en ciertos ámbitos, aunque aún minoritario.
De ahí que sea providencial su visita. Pues necesitamos como el comer que el Vicario de Cristo venga a recordarnos en vivo y en directo, con gestos y palabras claras, que alcemos la mirada a un Dios Omnipotente que, a su debido tiempo, podrá con todo y con todos, y a un Dios Providente, que nos ama y que está dispuesto a favorecer nuestros anhelos de conversión y regeneración; nuestros deseos de justicia y de paz, si confiamos en Él.
Un Papa que nos haga ver, de nuevo y con fuerza, la necesidad del arrepentimiento y de la confesión de nuestras culpas; la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana y, por tanto, la necesidad de recurrir con confianza al Corazón de Cristo escondido en la sagrada Forma, a través del Corazón Inmaculado de Su Madre Santísima y Madre nuestra.
Cuando el premier húngaro se dirigió al español para manifestarle su asombro y preguntarle por cómo habían hecho para que en un país “tan católico como España” se hubieran introducido las leyes y costumbres “progresistas” tan rápida e impunemente, y que fueran aceptadas por la población. A lo que Rodríguez Zapatero contestó lacónicamente: “los guionistas de la serie de televisión”
Estoy seguro que así lo hará. Y que también recordará, en el lugar adecuado, que las leyes humanas no pueden contravenir la Ley natural, y que toda política humana tiene como fin el Bien Común.
Y otras tantas cosas que todos los españoles, aunque la mayoría no podamos asistir presencialmente por las diversas causas que lo impiden, podremos ver y oir, gracias a la televisión.
Como usted sabe, salvo la lavadora, el frigorífico y alguno más -que sólo tienen un buen y necesario uso- los inventos técnicos creados por el hombre -desde la electricidad a la IA- puede utilizarse para el bien o para el mal. Y un ejemplo paradigmático de esa ambivalencia antitética ha sido y es la televisión.
Desgraciadamente, en España sobre todo a partir de los noventa del pasado siglo, una gran parte de los programas de las principales cadenas de televisión han sido instrumentos perversos de los poderes mefistofélicos que han corrompido a gran parte de la sociedad.
Ahora que está en la palestra pública uno de esos personajes dañinos, por el descubrimiento de sus oscuras andanzas, les narraré una anécdota que me contó hace años un diplomático que fue testigo accidental del suceso, que refleja y avala mi anterior afirmación.
Érase que los primeros ministros de los países de la Unión Europea estaban esperando entrar en la sala donde se iban a reunir para sus deliberaciones, cuando el premier húngaro se dirigió al español para manifestarle su asombro y preguntarle por cómo habían hecho para que en un país “tan católico como España” se hubieran introducido las leyes y costumbres “progresistas” tan rápida e impunemente, y que fueran aceptadas por la población. A lo que Rodríguez Zapatero contestó lacónicamente: “los guionistas de la serie de televisión”.
En efecto, debido a mi labor docente e investigadora en la Universidad en el área de la Ética de la Comunicación durante años, no he tenido más remedio que analizar esas series con la colaboración de mis alumnos y para educar su sentido crítico y ético. Y con enorme tristeza, debo decirle que esta vez el ex Presidente del Gobierno español no mintió. Como me dijo uno de mis alumnos, tras el análisis de una de esas series, “¿cómo hemos podido tragarnos esa bazofia durante años?”
Pero la corrupción social por parte de la televisión se ha producido también por los formatos de los programas de entretenimiento, algunos de ellos con un altísimo grado de zafiedad y desvergüenza. Y, como colofón, por los informativos en sus diversas modalidades, muchos de ellos dedicados a desinformar y manipular a la Opinión Pública hasta extremos inimaginables.
Sin embargo, la televisión ha tenido y tiene un uso magnífico, pues también ha habido series enriquecedoras cultural, moral e, incluso, espiritualmente (la semana anterior, por ejemplo, ante la noticia de la muerte de Josefina Molina, hemos podido recordar la estupenda serie que esta buena mujer dirigió sobre Santa Teresa de Jesús); ha habido y hay series de cine clásico con excelentes comentarios; etc.
En fin, todos los momentos de la visita son ocasiones magníficas para alzar la mirada a Dios con confianza plena en Él. De hecho, hoy he soñado con que la visita del Papa supondrá también una explosión de oraciones desde millones de hogares, que contribuirá a que el Señor del mundo y de la historia se compadezca de este país al que Su Madre tanto quiere
Pero en lo que la televisión ha hecho y hace un bien maravilloso e insustituible es en la retransmisión de grandes acontecimientos que, de otra manera, no podríamos presenciar. Los que nos gusta el deporte no podemos olvidar el partido de fútbol en que España ganó el campeonato del mundo en Sudáfrica, o las hazañas de Indurain en el Tour de Francia; los amantes de la música clásica, los conciertos de Año Nuevo… Y los católicos debemos estar agradecidos a los inventores de la Televisión por habernos permitido seguir los acontecimientos más importantes de nuestra Iglesia, especialmente en relación con los últimos Papas.
Pues bien, parece ser que podremos presenciar desde cualquier punto los actos de la visita del Papa a España. Y yo les animo a seguir todos los que podamos, con una mirada activa (el peligro de la recepción televisiva es la pasividad intelectual) y alzada al Cielo, es decir, aprovechando las imágenes para rezar por el Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que sean pastores a la medida del corazón de Cristo; por todos esos jóvenes que van a acudir físicamente y que alegrarán nuestros ojos al contemplarlos, para que el Señor suscite vocaciones matrimoniales sólidas con deseos de fecundidad, o para que otros decidan entregarse a Dios en el Sacerdocio; para que las familias cristianas encuentren esperanza y consuelo en sus dificultades; para que… ¡Hay tantas necesidades en esta España rota!
Además, como la oración no consiste sólo en pedir, además de meditar las palabras de León XIV, tenemos que alzar la mirada para que, por ejemplo, mientras contemplamos cómo el Papa alza la Sagrada Hostia o durante su recorrido en la Custodia por las calles de Madrid, hagamos muchos actos sentidos de adoración y entrega de nuestro corazón. Entrega que podremos hacer también a la Virgen mientras estemos viendo que el Papa ofrece la Rosa de Oro a Nuestra Señora de la Almudena.
En fin, todos los momentos de la visita son ocasiones magníficas para alzar la mirada a Dios con confianza plena en Él. De hecho, hoy he soñado con que la visita del Papa supondrá también una explosión de oraciones desde millones de hogares, que contribuirá a que el Señor del mundo y de la historia se compadezca de este país al que Su Madre tanto quiere.