Una vez distanciado en el tiempo y del acaloramiento que provocan los primeros días desde las recientes elecciones en Aragón, me gustaría profundizar algo más allá de los enjuagues aritméticos para gobernar.
Para empezar, podríamos afirmar que hacer campaña un mero causa-efecto del miedo a la derecha, para tratar de movilizar a la izquierda, es un error de análisis cada vez más frecuente y, sobre todo, cada vez menos eficaz. Este es otro de los relatos, explotado durante años por el PSOE, ya no conecta con una parte decisiva del electorado, especialmente con las generaciones más jóvenes que, en el caso de la izquierda, sus bases cada vez están más viejas porque los jóvenes no militan en ellas. Se calcula que 15-20% según encuesta CIS, son votantes de entre 18-24 años; entre los 25-34 años es un voto moderado con tendencia a la baja; mientras que los adultos de entre 35-40 años, es algo más elevado que entre jóvenes, y solo el 50% de los votantes de partido socialista, tiene más de 55 años. Es decir, que ser de izquierdas es de viejos y casposos nostálgicos felipistas que nunca volverán a ver aquellos tiempos. Y de Podemos, ya ni hablamos, un partido de comunistas vividores en vías de extinción.
¿Por qué esta ruptura en las bases de izquierdas? La razón es doble. Primero, porque los jóvenes ya no buscan trincheras ideológicas, sino condiciones materiales de vida que hoy no tienen: acceso a la vivienda, estabilidad laboral, salarios dignos, expectativas reales en la vida. Segundo, porque la vieja dicotomía izquierda/derecha ha perdido sentido frente a preocupaciones reales y transversales a casi todos los votantes, sean de la tendencia que sean: inmigración ilegal desordenada, pérdida de soberanía política, crisis del campo y la ganadería, asfixia fiscal, y polarización identitaria impulsada desde la izquierda que enfrenta a los españoles entre sí.
Ser de izquierdas es de viejos y casposos nostálgicos felipistas que nunca volverán a ver aquellos tiempos. Y de Podemos, ya ni hablamos, un partido de comunistas vividores en vías de extinción
Reciénteme en Aragón y antes en Extremadura, el votante no ha reaccionado contra un adversario, que es la estrategia de la izquierda -divide y vencerás-, sino más bien frente a un sistema que no afronta sus necesidades, que actúa con proyectos globalistas que no solucionan los problemas de cercanía o locales, más bien los empeora. El miedo ya no ordena el voto; más bien lo hace la expectativa de una vida mejor.
A esto se suma un fenómeno más amplio: el giro internacional hacia una derecha liberal que, por ósmosis, también afecta a los españoles, es decir, a España. No es un fenómeno local ni improvisado. En buena parte de Occidente, el rechazo a un progresismo globalista que ha sustituido la política económica por la ingeniería social, y la gestión por el moralismo es una realidad, apenas sostenido en Europa por los partidos socialdemócratas -PP y PSOE-, que votan conjuntamente leyes en Bruselas.
Otros factores claves que desencadenan este cambio que parece irreversible, es el victimismo permanente del feminismo institucional, las ideologías de género y la defensa acrítica de minorías, es decir, las políticas woke. Y es que el sentido común, durante décadas, ha sido desplazado por culturas de laboratorio que no resuelven los problemas reales. Por eso, el eslogan de Vox, apelando al sentido común, cala de manera transversal en todos los núcleos sociales y profesionales. En este contexto, se demandan políticas claras que definan la convivencia, que protejan el trabajo, que garanticen seguridad jurídica y, sobre todo, un futuro estable y seguro.
No es casual que los partidos libertarios y las nuevas derechas hayan encontrado espacio en este escenario. En concreto Vox ha sabido capitalizar el vacío de ideas de un bipartidismo que gobierna, en gran medida, al dictado de Bruselas, así como de los grandes poderes financieros y de la élite globalista. Las políticas climáticas, el intento de la desaparición del dinero en efectivo, la vigilancia de las redes sociales y los acuerdos comerciales como Mercosur —que golpean directamente al primer sector—, son tomados como formas de control social que encarecen la vida y limitan la libertad. Y esto sí da miedo.
Mientras que Pedro Sánchez sigue lastrando al PSOE, él sigue con su estrategia particular de supervivencia política, aunque suponga tensionar (aún más) al Estado y degradar al propio socialismo del que es secretario general, tratando de colapsar el control orgánico del partido, último resquicio de poder cuando el político se acaba.
Vox se ha convertido en un factor imprescindible en las comunidades autónomas, y Aragón no es una excepción. Esto obliga al PP a una reflexión ineludible: revisar sus políticas de género heredadas de la socialdemocracia, redefinir su agenda social y, sobre todo, reconectar con los verdaderos productores del bienestar: pymes, autónomos, agricultores y ganaderos
Parece que la alternativa natural es el Partido Popular, que resiste como pilar del bipartidismo, pero ojo, porque esa resistencia muestra síntomas de fatiga. El PP no se hunde, pero se estanca. Quizá, carece de un proyecto ilusionante propio y parece fiar su suerte a la desaparición de Sánchez, confiando en que la corrupción y las traiciones internas del Gobierno hagan el trabajo que no termina de asumir la oposición. Así no alcanzará la mayoría suficiente para gobernar en solitario.
Y Vox se ha convertido en un factor imprescindible en las comunidades autónomas, y Aragón no es una excepción. Esto obliga al PP a una reflexión ineludible: revisar sus políticas de género heredadas de la socialdemocracia, redefinir su agenda social y, sobre todo, reconectar con los verdaderos productores del bienestar: pymes, autónomos, agricultores y ganaderos.
Aragón, y Extremadura, no son simples castigos coyunturales. Son un aviso alto y claro. España está cambiando de prioridades y castigando a quienes siguen hablando un idioma político que no describe la realidad. Quien no entienda que el voto se decide hoy más por la vida cotidiana y no por el relato ideológico.
Sinistrash (El viejo topo) Diego Fusaro. El autor denuncia que la izquierda posmoderna y neoliberal, todavía hegemónica, ha abandonado a Marx, Gramsci y a los trabajadores para convertirse en sostén del capitalismo global. Ya no combate al capital, sino que lo legitima mediante políticas identitarias que fragmentan a la clase y encubren, bajo el discurso del progreso y las minorías, una sumisión plena al neoliberalismo, rompiendo su vínculo histórico con el pueblo y renunciando a cuestionar el poder real.
La crisis espiritual de la democracia (Sekotia) vv.aa. Cuando la democracia se desconecta de la persona, pierde su razón de ser. Esta obra colectiva, coordinada por Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assunção y Paola Bautista de Alemán, plantea que la crisis democrática es ante todo espiritual. Más de treinta autores analizan polarización, relativismo y derivas autoritarias, y proponen renovar la política desde la dignidad humana, la verdad, la justicia y el bien común, más allá del simple cálculo de mayorías.
Manual de resistencia facha (La Esfera de los libros) Isaac Parejo. La nueva derecha ha roto con viejos complejos para convertirse en una corriente provocadora, incómoda y culturalmente combativa. Este libro explica el origen del movimiento con el que la derecha española disputa sin concesiones la hegemonía cultural. Isaac Parejo, conocido como InfoVlogger, narra su experiencia como actor y testigo de esta insurgencia generacional. Una guía práctica para desafiar el pensamiento único y resistir la censura ideológica desde la disidencia.