Cienes y cienes de veces hemos escrito en Hispanidad que los llamados delitos de odio son una de las mayores tragedias que asola el Occidente cristiano así como un monumental embuste y un elemento discriminador, según el cual el Nuevo Orden Mundial (NOM) ha conseguido implantar la censura, especialmente en las democracias. En China no hay problema, no existe el delito de odio sino el deber de odiar a quien diga el Partido Comunista, y pasando de lo general a lo particular, Xi Jinping.
Ahora bien lo que me preocupa ahora es que este concepto estúpido, este truco de trileros, melodramático, de los delitos de odio, eso sí, penados hasta con cuatro años de cárcel, ha sido asumido, no ya por la derecha política que, como todo el mundo sabe, es capaz de asimilar cualquier estupidez por grande que sea. No, lo que me preocupa es que ha sido aceptado por la propia jerarquía eclesiástica, aquella que mejor debería saber que el odio no consiste en el bobalicón rechinar de dientes. El odio a una raza, a un credo o a un sexo, es una 'rara avis', sólo para gente de mente débil.
La plasmación del odio suele ser el resentimiento, el rencor, la pasión más venenosa del ser humano que, por lo general, no hace ruido, no se muestra, es más, se oculta, porque sabe que no podría justificar el deseo de hacer daño.
El verdadero odio no hace mohínes y si alguien debería saber esto son los moralistas, que no son malos compañeros para un cura o un obispo.
Por eso, y esta vez prefiero evitar nombres, me asombra la proliferación del concepto de delitos de odio, o simplemente de odiadores, en ambientes católicos: esto sí que es grave.
Y entonces, ¿por qué tanto legislar sobre los delitos de odio (en España, 510 del código penal)? Pues muy sencillo: la razón auténtica de esta moda viscosa de los delitos de odio no sólo es censurar a todo aquel que discrepe del poder o que no acepte, sin pensar antes, todos y cada uno de los tópicos del poderoso. No, los delitos de odio implican la imposición del pensamiento único y, con ello, la negación de la libertad.
La jerarquía eclesiástica no puede aceptar eso sin rebelarse.