Como he sido un europeísta entusiasta durante décadas me cuesta reconocer que he cambiado y que ahora expongo lo siguiente: la Unión Europea actual no debe, no puede, caminar hacia un único Estado sino hacia un derecho internacional común sobre la dignidad de la persona, mientras se mantiene la soberanía nacional de cada país miembro.
Sí, derecho internacional, un término que ya lo saben, no me gusta mucho por pedante. El derecho internacional que tanto exhiben los progresistas de hoy no es más que el viejo derecho natural, que nos recuerda que el hombre procede de Dios, por tanto, acreedor a una dignidad inigualable. Ahí sí hay un factor de unidad entre los 500 millones de habitantes de Eurolandia. Es la unidad en la que se apoyaba el inventor de la Unión Europea, Robert Schuman, el mismo factor común de Arsène Heitz, asimismo franco-alemán, que dibujó la bandera europea... que no es otra que la bandera de la Virgen María, de fondo azul con una corona de doce estrellas sobre su cabeza, la misma idea que recalcara Karol Wojyla en Santiago de Compostela. Europa, sé tú misma, recupera tus principios cristianos... y si los recuperas, el pobre Donald Trump, que tan solo lidera una colonia europea -hispano-británica-, se vería obligado a mendigar el origen de Europa... que es el suyo propio, tomado de prestado.
Forjar un sólo Estado con españoles, ingleses, alemanes, franceses, italianos, etc, cuando encima lo único que les unía es su hoy difuminada esencia cristiana... bueno, es una quimera. A lo que puede aspirar Europa, y no es poco, es a una sola Constitución común, por supuesto cristiana, que exponga una idea común del hombre y manteniendo la soberanía nacional de los países que han forjado el mundo.