Quién dijo que la historia no se repite. La democracia en España se está desmoronando a marchas forzadas y la principal característica es que el gobierno actual -más débil que nunca y asolado por los innumerables casos de corrupción que habrían hecho caer hace mucho tiempo a cualquier democracia en Occidente- se resiste a convocar elecciones generales por temor a que gane la derecha . 

Pero cuando aquí el adversario deja de ser un rival para convertirse en un enemigo existencial, sin querer, nos estamos viendo reflejados en el espejo de la España de la II República entre 1934-1936. Y todo sabemos cómo acabó la década: no solo con un enfrentamiento civil, sino con una contienda mundial en toda Europa algo más tarde, y la posterior guerra fría contra el comunismo. Las similitudes de aquellos años con los tiempos actuales son inquietantes.

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En los años 30, la izquierda española no era un bloque monolítico sino un avispero de socialistas radicales (caballeristas), moderados (prietistas), comunistas y anarquistas que se devoraban entre sí buscando quién era el "verdadero" representante del pueblo. Como actualmente la izquierda pretende revitalizar un nuevo Frente Popular (con los partidos comunistas Sumar, Podemos, ERC, HB etc a la que se sumaría finalmente el PSOE también) para contener a los “fascistas”, osea a toda la derecha conservadora (reformista, liberal y moderada) con argumentos que no se sostienen salvo en el relato y un discurso político narrativo de la ficción que han logrado, como entonces, la polarización de la sociedad española.

Nos estamos viendo reflejados en el espejo de la España de la II República entre 1934-1936

La fragmentación de ayer y hoy es similar. La sopa de siglas y las tensiones entre el ala más institucional y la más radical generan una política de gestos extremos. En ambos periodos de la historia, esa división interna empuja a los partidos hacia posiciones más radicales para no perder terreno frente a sus socios, eliminando cualquier incentivo para el consenso centrista.

Durante la República, la democracia sufrió una erosión interna donde la justicia y el resto de los poderes (incluidos la prensa) dejaron de  percibirse como árbitros neutrales y en su lugar se ensañaron como herramientas del poder político. Como la historia de España demuestra, la separación de poderes se ha tornado nuevamente borrosa y lo que es más grave las instituciones en el presente han perdido parte de su credibilidad aunque nos agarremos con respiración asistida esperando que mejore: desde la Casa Real (en especial por los escarceos sexuales a cargo del erario y fortunas amasadas sin declarar del Emérito), pasando por algunos mandos de las fuerzas de seguridad del Estado, la clase política, la justicia (Fiscalía, TC, TS, Abogacía del Estado, etc), sindicatos, administraciones y empresas públicas, etc. todo ellos por estar salpicados de innumerables casos de abusos, corrupción, malversación, enchufismo, lawfare, de forma similar a los vividos en tiempos del 36.

Uno de los puntos coincidentes clave de entonces y del presente es cómo la izquierda de los años 30 utilizó el término "fascista" de forma expansiva para deslegitimar a cualquier fuerza conservadora, incluso a las democráticas (como la CEDA) para justificar la acción directa y la violencia en la calle. La izquierda de la época, fragmentada en una lucha fratricida por la pureza revolucionaria, encontró la cohesión en un objetivo único: la exclusión total de la derecha y que no busca convencer al otro, sino anularlo. A algo nos recuerda el presente.

Tras las elecciones de febrero de 1936, la primera medida del gobierno del Frente Popular (con Azaña al frente) fue amnistiar a todos los implicados en la Revolución de Octubre de 1934. Sánchez para mantenerse artificialmente en La Moncloa emuló a Azaña e indultó primero y amnistió más tarde a todos los golpistas catalanes del 1-O del 2017, autores del procés catalán, pese a las reiteradas negativas previas.

Durante la República, la democracia sufrió una erosión interna donde la justicia y el resto de los poderes (incluida la prensa) dejaron de  percibirse como árbitros neutrales y en su lugar se ensañaron como herramientas del poder político

En un salto del tiempo, hoy estamos a salvo de miles de huelgas y paros sindicales que asolaron el país en aquellos años negros -pese a los motivos existentes- aunque gracias a los ungüentos recibidos en forma de subvenciones millonarias del gobierno socio-comunista de Pedro Sánchez a los mismos sindicatos implicados en fraudes y malversación de caudales públicos por sentencia judicial.

Las escasas movilizaciones sindicales desde que gobierna Sánchez se deben a causas de dudosa valoración y casi siempre contra el PP/Vox (aunque no manden en La Moncloa) o contra Trump (sic). De ahí proviene la deshumanización del rival, los embustes y las descalificaciones infundadas contras las fuerzas legítimas del ala centro, derecha y derecha extrema, como si no tuvieran potestad y legitimidad democrática como alternancia de poder.

La retórica de confrontación social que a menudo detectamos en la II República se escucha también actualmente contra el empresario al que siguen descalificando de "explotador" y provocador del paro más elevado de la UE, y al que hay que crujir (sea IBEX, pyme o autónomo) a base de cada vez más impuestos para costear la sopa boba. Hay ex-políticos del gobierno Sánchez que aclamaron sin rubor que el paro se combate contratando más funcionarios y empleados públicos. O que el origen del paro está en las empresas privadas; si se acaba con ellas se acaba con el desempleo.

Tales doctrinas económicas parecen originarias de la Escuela Satírica de Piongyang en Corea del Norte por lo menos. La España de los nietos y biznietos de la guerra civil, casi 90 años después, que presume de tener la generación mejor preparada (no será por estar a la cola en el informe PISA) habría esperado un coeficiente intelectual entre la clase política actual como mínimo igual al de aquellos años del parlamentarismo de los años 30. 

España sigue sin haber aprendido la lección de la historia y vuelve a caminar sobre los mismos pasos dados

La tensión entre el Gobierno y las organizaciones empresariales, sumada a una burocracia asfixiante y reformas laborales que a menudo ignoran la realidad del mercado, crearon y siguen creando por otro lado un clima de inseguridad jurídica que nos resulta familiar. En ambos casos de la historia, el populismo económico de entonces y ahora prima sobre la estabilidad a largo plazo. España sigue sin haber aprendido la lección de la historia y vuelve a caminar sobre los mismos pasos dados.

La corrupción, que en los años 30 socavó la confianza en las élites, vuelve hoy a ser el combustible de la desafección ciudadana sin que los poderes y contrapoderes actúen con diligencia y contundencia. En los años previos a la Guerra Civil, la mentira política y la agitación callejera ya eran herramientas habituales en la prensa de la época para justificar el asedio a la propiedad privada y la inversión. 

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Las urnas de aquellos años 30, como bien dan cuenta diversos historiadores que recogen en el libro: “Fuego Cruzado”, estuvieron rodeadas de irregularidades y un clima de coacción en muchas provincias que alteró la legitimidad del resultado. Hubo una mezcla de caos administrativo, coacción física y manipulación del recuento y el censo.

El PSOE de Sánchez –sin ir más lejos— ha manipulado no sólo unas primarias en su partido, sino hasta hay serias sospechas de haberlo hecho en distintas elecciones  para restar votos al contrincante (véase la polémica por ejemplo con los votos  por Correos, el recuento de votos irregulares de Indra, actas falsificadas etc) y la actual regularización masiva del millón largo de migrantes en marcha para buscar el beneficio electoral.

La corrupción, que en los años 30 socavó la confianza en las élites, vuelve hoy a ser el combustible de la desafección ciudadana sin que los poderes y contrapoderes actúen con diligencia y contundencia

No conforme con todo ello, se plagia el recurso a las campañas de bulos, fakes y mentiras por ambos bandos así como ciertas movilizaciones partidistas para deslegitimar al adversario político frente a las masas amorfas de la sociedad civil. Es curioso que de las múltiples crisis desatadas en la España actual, la coalición PSOE-Sumar y resto de fuerzas progresistas que conforman la coalición de investidura, nunca hayan ejercido la autocrítica y en su defecto buscado “responsables” externos,  ajenos a la acción del gobierno. En la II República se dieron muchos casos similares de falso relato y tergiversación de la realidad para justificar acciones impunes. 

En los nefastos años revolucionarios del 34-36 se cometieron reiteradas salvajadas con el gatillo fácil cobrándose miles de vidas de “oponentes” sin que la Ley de Memoria histórica actual haga justicia a los abusos criminales de los integrantes del Frente Popular, antes y durante la guerra civil. Hoy en día, han fallecido más de 150.000 vidas inocentes españoles durante la pandemia del Covid, en la DANA, mineros en Asturias en pozos ilegales, enfermos de ELA, el gran apagón, accidente de Adamuz y sin embargo nadie se siente responsable. Al contrario, las culpas son de otros ajenos a la acción de gobierno con reproches constantes a la oposición anti-natural, el enemigo existencial.  

La beneficencia se universaliza 

Por si fuera poco, otra similitud de las dos Españas de entonces y hoy tiene que ver con el marco geopolítico mundial del momento. Si en los años 30 el mundo miraba con miedo el ascenso de los totalitarismos y se extendía poco después el belicismo de la II Guerra Mundial, hoy vivimos en una era de incertidumbre geopolítica que nos puede arrastrar a una tercera contienda mundial: La guerra de Rusia contra Ucrania, la inestabilidad y los ataques en Oriente Medio, China, Trump, la invasión musulmana en Occidente y el relato de un nuevo orden global etc, crean un ruido de fondo similar al de mediados del siglo pasado. 

Como entonces, reina hoy la sensación de que el orden establecido se está quebrando por la pérdida de valores democráticos sin que nadie sepa qué vendrá después. Peor aún, se está extendiendo como una mancha de aceite el axioma siguiente: “O estás conmigo o estás contra mí”. No se cuenta suficientemente por ello que la democracia de la II República no murió solo por las armas, sino por la previa demolición del consenso. Cuando la convivencia se basa en el "nosotros o ellos", la política deja de ser gestión para convertirse en trinchera. Y desde todas esas trincheras se disparan contra la esencia del mismo país.

Y como no todo tiene que ver con actos violentos, el último decreto del gobierno Sánchez para universalizar la sanidad pública, en especial de los irregulares sin papeles –explosionando los costes de la SS y provocando el efecto llamada de cualquier extranjero que venga a España a operarse gratuitamente–, trae a la memoria la ley de Beneficencia de la sanidad que permitía a los pobres en la época de la España de Azaña acceder a médicos y hospitales pagados por los ayuntamientos y diputaciones. 

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Los pobres de entonces son los nuevos MENAS e irregulares de ahora, que están y vendrán de todas las partes del mundo a colapsar aún más las listas de espera de urgencias y atención primaria a cambio del favor del voto. Del turismo de sol y la playa que caracteriza España, mutaremos al turismo sanitario de hospitales e intervenciones quirúrgicas gratuitas en vuelos charter.

Las intenciones pueden ser  muy buenas, pero en ambos casos adolecen de  la falta de presupuestos tanto entonces como ahora también. Erigirse con esa medida populista de Sánchez en centro hospitalario del Tercer Mundo, a ver con qué impuestos se sostiene, mientras la clase médica y sanitaria en la España contemporánea anda desde hace tiempo de movilizaciones y protestas por el agobio de sus actuales condiciones laborales, falta de personal y de calidad sanitaria prestada. 

Del turismo de sol y la playa que caracteriza España, mutaremos al turismo sanitario de hospitales e intervenciones quirúrgicas gratuitas en vuelos charter

Somos tan generosos que negamos a los nacionales determinadas terapias curativas contra el cáncer por presunta falta de recursos. Eso sí, los progresistas de siempre ponen el grito en el cielo cuando grandes empresarios (“explotadores” por cierto como se denominaban en el 36) realizan donaciones millonarias de maquinaria costosísima para la sanidad pública que no puede costearse por sí misma.

Nunca hay que juzgar por las intenciones, pero el Gobierno en La Moncloa acaba de validar el DNI digital para votar sin las verificaciones que exige la Policía. En los años 30, los caciques de barrio y comités de partido eran los que emitían las “células de vecindad” (un DNI de cartón) sin foto para ejercer el voto (interesado) a cambio de comida.

De la censura de la prensa en la República hemos pasado a la censura de los “discursos de odio” en las redes sociales por medio de la herramienta HODIO.

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La España de hoy, en medio de tantas trincheras y con sus costuras institucionales tensadas al límite, parece ensayar pasos de baile que ya se ejecutaron hace noventa años. Hay quienes dudan si habremos aprendido de la historia o si por el contrario, vamos camino de repetir los mismos errores. Con tantas coincidencias nos tememos lo peor.